Aprender a usar las copas adecuadas para tomar vino es básico, ahora que México anda cosechando premios internacionales y hablando de taninos. El vino dejó de ser cosa solemne de señores europeos y se volvió tendencia entre jóvenes que descubrieron que una copa mejora fotografías y hasta puede lograr una cita.
Nuestro país no solo posee el clima ideal para el tequila, también para producir vino; así que parte de la economía nacional debería caminar feliz entre viñedos, vendimias y etiquetas.
Pero toda gran industria comienza con dominar el producto. Por eso es muy importante saber que la copa de vino tinto es amplia, de tallo largo y con una pancita orgullosa. Necesita espacio para que el vino respire, se oxigene y libere aromas que nos hacen cerrar los ojos y decir frases profundas como: “Detecto notas de madera”, aunque en realidad solo pensemos en que huele delicioso. Ese milagro aromático se llama buqué, palabra francesa que nos hace parecer expertos.
Las copas de vino blanco o rosé son más pequeñas. En cambio, la copa del espumoso —o champaña— es alta y delgada, tipo flauta, diseñada para que las burbujas asciendan con gallardía, pero no terminen mojando sus dedos.
La copa de agua, por su parte, es más robusta y honesta. Hoy se coloca junto a la del vino porque las nuevas generaciones quieren disfrutar la noche sin arrepentirse al amanecer. Beber agua entre copas es sabiduría social.
La copa se sostiene del tallo. Nada de sujetarla por el cáliz como si fuera chocolate caliente y esté usted moqueando una pena, envuelto en una cobija de ositos. La cosa es que no queremos que el vino suba su temperatura y pierda su función de refrescarnos.
Hace poco vi la película Maridaje perfecto, filmada en unos viñedos australianos espectaculares. Todo parecía correcto hasta que la protagonista, presentada como sommelier de fama mundial, tomó la copa por el cáliz. Confieso que sufrí más por eso que por el drama. Era mujer de mundo, sí, pero evidentemente no del mundo del vino.
Y fíjese usted, amable lector o lectora, que en la novela que actualmente escribo aparece una escena relacionada con este delicado tema. La protagonista mantiene un romance con un hombre obsesivo de la etiqueta, quien, durante una reunión, descubre horrorizado que ella ha servido el vino en una copa de agua. Se la arrebata, la rompe en la esquina de la mesa y la amenaza con cortarle la cara si vuelve a equivocarse.
Al final, la chica lo abandona, claro que por otro tantito menos loco —soy realista, no escribo novelas rosas— y, por cierto, nunca se equivocó de copas.
¡Salud! Búsqueme en mi página Del vino y otros amores, y le invito un vinito.
