Hoy en día, las relaciones de género son tensas hasta la hostilidad. Los hombres y las mujeres heterosexuales están divididos en lo político y lo cultural. Estamos en un mundo de Andrew Tate y OnlyFans, trad wives e incels. Poco más de la mitad de los hombres y mujeres solteros se muestran pesimistas sobre la posibilidad de encontrar una pareja con la que sean felices. Nuestras posibles medias naranjas, dicen las mujeres de los hombres, son, en el mejor de los casos, despistados y emocionalmente inmaduros y, en el peor, activamente tóxicos. Entre los hombres, las mujeres solemos ser vistas como románticamente mimadas, plagadas de opciones de las que somos demasiado egocéntricas para elegir, si es que merecemos su tiempo. No es de extrañar que no tengamos mucho sexo.

Y si aún no te has dejado convencer por esta narrativa de desesperación, hay un diluvio constante de ensayos, reels de Instagram y pódcasts que nos dicen que los hombres y las mujeres están irrevocablemente divididos. No se trata de la inveterada narrativa de que las mujeres son de Venus y los hombres de Marte, ni de la mentalidad de “no se puede vivir con ellos, ni sin ellos”: se trata de que nuestros deseos para nuestras vidas ya no son compatibles. Ese es el evangelio del heteropesimismo, neologismo acuñado por el académico Asa Seresin en 2019. Pero no te lo creas.

Voy a arriesgarme y decirlo: nunca ha habido un momento mejor en la historia de la humanidad para perseguir la heterosexualidad de forma feliz y exitosa, si es que es lo tuyo, como es lo mío. Los estadounidenses heterosexuales nos encontramos en medio de un periodo de libertad sexual, social y romántica sin precedentes. Tenemos más libertad que nunca para convertirnos en quien queramos y para salir con quien queramos. Y con eso debería venir un optimismo lo suficientemente fuerte como para hacer que las guerras de género sean irrelevantes.

En esencia, el heteropesimismo no es más que un estado de ánimo negativo respecto a ser heterosexual. Es la sensación generalizada de que la heterosexualidad es fundamentalmente defectuosa e insatisfactoria, incluso estructuralmente insalvable. A veces, los heteropesimistas argumentan que no es estrictamente la heterosexualidad lo que resulta insatisfactorio, sino el género opuesto en sí mismo. Como señaló Seresin, el heteropesimismo tiende a implicar “un fuerte enfoque en los hombres como raíz del problema”. El heteropesimismo es el sentimiento deprimente de que las relaciones que los seres humanos han mantenido durante miles de años se encuentran ahora en un estado de total deterioro, y que el simple hecho de intentar aceptarlas solo nos predispone a la decepción. El sexo opuesto es una trampa que es mejor evitar.

Al presentar el heteropesimismo, Seresin escribió que a menudo es más performativo que fáctico, más una especie de desahogo alimentado por las redes sociales que una desvinculación real de la pareja. En última instancia, es una racionalización, una forma de atribuir nuestros fracasos y miedos románticos a algo incrustado en las estructuras políticas. Y por supuesto, en muchos aspectos, puede que así sea. Las mujeres son cada vez más liberales; los hombres, cada vez más conservadores. Esta disparidad es, de hecho, algo más amplio que una primera cita incómoda, una brecha cada vez mayor entre la generación más joven.

La performatividad no ha desaparecido del todo, pero en el último año más o menos, el heteropesimismo se ha convertido en una bestia diferente. Ensayo tras ensayo se ha hecho crónica del “problema de desear a los hombres”, como escribió Jean Garnett el verano pasado, y de la “retirada” de los hombres de la intimidad, como escribió Rachel Drucker por las mismas fechas. Drucker quiere que los hombres “vuelvan”, pero ¿cómo podemos instarles a que lo hagan cuando las mujeres están tan dispuestas a enmarcar la atracción hacia los hombres como un “problema” desde el principio? El pasado octubre, Chanté Joseph escribió en Vogue que tener novio es socialmente “vergonzoso”. Es “fundamentalmente pasado de moda ser una chica con novio”, escribió. ¿Por qué querrían los hombres estar con mujeres que no los quieren?

Se ha convertido en una ideología autocumplida. Ahora, casi el 70 por ciento de los solteros con estudios universitarios tienen una opinión negativa sobre la posibilidad de encontrar una pareja que sea adecuada para ellos.

Propongo algo nuevo: el hetero-optimismo, en el que uno no rehúye los males (reales e imaginarios) de la heterosexualidad, sino que considera nuestro propio potencial para sortearlos, creyendo aún que existe alguna esperanza para nuestro futuro romántico.

Gran parte de la decepción de la heterosexualidad tiene como origen expectativas dispares. Según el Survey Center of American Life, algo más de la mitad de las mujeres solteras creen que ellas y sus pares son más felices que las casadas. Se equivocan, al menos de media: las mujeres casadas tienen más probabilidades de declararse “muy felices” con su vida que las solteras, y lo mismo ocurre con los hombres, según la Encuesta Social General.

Muchas mujeres culpan al ego masculino de los conflictos en las relaciones. Algunos hombres, sin duda, aún desean ser el sostén de la familia y el patriarca, aunque la sociedad cambie. Pero, ¿en realidad quieren eso la mayoría de los hombres? Más parejas casadas que nunca declaran ganar más o menos lo mismo en ingresos, y aunque la plena igualdad aún es difícil de alcanzar, los datos de la Oficina de Estadísticas Laborales indican que los hombres realizan más tareas domésticas que nunca. A pesar de lo que oirás en las redes sociales, las relaciones son cada vez más igualitarias, no menos.

Michael J. Rosenfeld, catedrático de Sociología de la Universidad de Stanford, quien estudia las citas e internet, me dijo que, aunque tenemos más libertad que antes en las citas, a menudo siguen pareciendo más difíciles. El propio proceso de dedicar tiempo a encontrar pareja, de acudir a citas aparentemente interminables, es en sí mismo una libertad: ya no se espera que las mujeres encontremos el apoyo de un hombre en el momento en que salimos de la casa de nuestros padres. Rosenfeld relacionó una mayor edad promedio al contraer matrimonio por primera vez con una mayor satisfacción conyugal. La gente, sobre todo en las comunidades más pequeñas, antes tenía pocas opciones y prácticamente tenía que casarse con una de esas opciones, dijo. “Si no funcionaba bien, era una mala jugada”, me dijo. “¿Quién dijo que tenías que ser feliz?”.

El heteropesimismo no es solo cosa de mujeres. Hombres como el nacionalista blanco Nick Fuentes y los hermanos Tate —influentes acusados de tráfico de personas y violación— también promueven una forma de heteropesimismo. Su argumento básico es que las mujeres no merecen la pena o son algo que dominar y desechar, que hay algo malo en ellas y que los hombres están mejor solos. Estas figuras de la manosfera son mucho menos reflexivas y mucho más odiosas en su lenguaje que las heteropesimistas feministas, pero su argumento es funcionalmente equivalente. Ambos grupos sostienen que la otra mitad es simplemente mala. Ríndete, nos dicen. Ambos están dispuestos a dejar que continúe el ciclo de soledad y atomización.

Pero ni siquiera a la mayoría de los hombres jóvenes —el grupo demográfico al que Fuentes y los Tate pretenden atraer— les interesa lo que promueven. Los hombres jóvenes aún tienen opiniones más positivas sobre la igualdad de género que los hombres de otras generaciones: una encuesta realizada en 2025 por YouGov entre hombres del Reino Unido reveló que los hombres más jóvenes eran más propensos a mantener actitudes progresistas en materia de género que sus pares de más edad, y que el 71 por ciento de los hombres jóvenes tenían una opinión negativa de los Tate. Solo el 6 por ciento de los hombres jóvenes “tienen una opinión negativa de las mujeres”, la mitad de los que declararon tener una opinión negativa de los hombres. A nivel mundial, según una reciente encuesta de Ipsos, más hombres que nunca se identifican como feministas, siendo la generación Z la que representa el mayor porcentaje.

Por supuesto, la heterosexualidad no está exenta de auténticos problemas. Hemos visto cómo los ataques a la libertad reproductiva ganaban terreno en los últimos años; aunque la mayoría de las mujeres estadounidenses tenemos ahora acceso a opciones más eficaces, accesibles y seguras para protegernos de las infecciones de transmisión sexual y de los embarazos no deseados que cualquier generación anterior, esas libertades están amenazadas. #MeToo desenterró una oscuridad que impregnaba nuestra cultura y nunca se fue del todo. Las mujeres aún realizan más tareas domésticas y de crianza que los hombres, al tiempo que ganan menos en el trabajo. Las mujeres siguen siendo la mayoría de las víctimas de la violencia doméstica y las agresiones sexuales. Quizá por estas razones las mujeres parecen sentirse mucho peor respecto a los hombres que los hombres respecto a las mujeres.

Pero estas cuestiones no son en sí mismas motivo para abstenerse totalmente de la heterosexualidad. El argumento a favor del hetero-optimismo no es ignorar los problemas, sino poner de relieve que, a pesar de lo que el heteropesimismo pueda hacerte creer, estos problemas disminuyen con el tiempo. El heteropesimismo consiste en abandonar el progreso; un optimista, en cambio, trataría de resolver los problemas y seguir creciendo.

Un problema del heteropesimismo es su tendencia a vincular estrechamente las opciones personales con la política. Rebecca L. Davis, historiadora y autora de una historia del sexo en Estados Unidos, dijo que el lema feminista de la segunda ola “lo personal es político” había calado demasiado hondo en la conciencia pública. El lema, me dijo, insiste en que muchas cosas que antes se consideraban fracasos personales deben verse como resultados de problemas estructurales. El feminismo de los años 70 hizo hincapié en que el problema no estaba en “el sexo masculino”, sino en que la sociedad en su conjunto era defectuosa. Las heteropesimistas toman “lo personal es político” como un axioma literal y estrecho, y devuelven la responsabilidad al individuo, en lugar de centrarse en las presiones sociales.

Para feministas como Andrea Dworkin, eso significaba considerar que salir con hombres era un fracaso de la política personal. Es el mismo tipo de pensamiento que lleva a las jóvenes contemporáneas a preguntarse: “¿Por qué tener novio se siente republicano?”. Davis no cree que ese marco sea del todo correcto. Los “grandes problemas estructurales” pueden perpetuar las desigualdades, explica, pero considerar la heterosexualidad “como un problema”, y como algo que “te condena a cierto tipo de decepción”, no aborda la raíz del problema. De hecho, puede crear nuevos problemas en sí mismo.

Es tentador renunciar a la búsqueda del amor. Pero aquí también confundimos nuestra libertad de elección con una carencia.

Hace tres años, sostuve que todos necesitamos “tener más sexo”. Eso era, en parte, literal. Pero, sobre todo, se trataba de perspectiva. Nuestra sociedad se está atomizando, cada vez está menos conectada. Al fin y al cabo, hay una recesión sexual. Lo que necesitábamos entonces, y necesitamos ahora, es un renovado énfasis cultural en la conexión humana, incluidos el sexo y el amor. Son bienes sociales. La belleza de la heterosexualidad contemporánea es que las mujeres tienen la opción de comprometerse con ella o no. Olvidamos que el pesimismo es una actitud. Puede tener un origen material, pero no es en sí la realidad. Esta también es otra de las libertades de las que podemos disfrutar: podemos elegir evitar el pesimismo en favor del optimismo.

Las mujeres ya no estamos atadas económica ni legalmente a los hombres; tenemos libertad para buscar el amor y el sexo como nos plazca, y con quien nos plazca (no solo con hombres), de formas con las que nuestras madres y abuelas solo podían soñar. Hemos hecho que las consecuencias habituales del sexo consentido y recreativo sean esencialmente opcionales. Todo esto puede asustar a algunos hombres: también en este caso tenemos la libertad de buscar en otra parte. Pero no desperdiciemos esa libertad, renunciando a todo en favor de pasar más tiempo enfadándonos en internet. Estamos más educadas e informadas que nunca, y eso conlleva un nivel de elección sin parangón, si somos lo bastante valientes para aprovecharlo.

Claro que existen hombres que lanzan ideas odiosas. Los veo en mi trabajo de escritora todos los días. Sin embargo, tenemos el privilegio de ignorarlos en favor de hombres que no lo hacen: este verano me caso con uno de esos hombres. Lo conocí en la universidad, hace 10 años. Apoya mis ambiciones, tanto profesionales como familiares. Yo también apoyo las suyas. Él lava los platos. Yo barro el suelo. A menudo le digo que me siento la chica más afortunada del mundo, y porque lo tengo a él, es verdad.

Soy hetero-optimista porque estoy enamorada. Pero también sé que nuestra relación es producto de la intención —de un compromiso seguro el uno con el otro— tanto como de la suerte. Estos sentimientos están al alcance de cualquiera. Quiero que otras personas tengan lo mismo que nosotros. Tenemos todas las opciones del mundo, incluida la de no volver a casarnos, ni salir con alguien ni tener relaciones sexuales. Tenemos la opción de salir con alguien más joven, con alguien mayor, con varias personas o con una sola para siempre. Estas deberían ser nuestras elecciones personales, basadas en nuestras propias experiencias, no el producto de la presión política o de la retórica en internet.

Olvidemos las guerras de género: avancemos con la ilusión y la diversión que nos merecemos. Ahora es el momento de ser hetero-optimistas.