A fines de la primavera de 2024, recibí un mensaje de texto inesperado de una prima. En la adultez, nuestros caminos rara vez se cruzan; ella vive a unos 2400 kilómetros de mí. Me preocupaba que me estuviera escribiendo con malas noticias, pero me aseguró que no pasaba nada malo. Cuando hablamos esa noche, preguntó qué pensaba de los médiums psíquicos.
Sentí curiosidad, aunque era escéptica. Había hablado recientemente con una médium, dijo. En la sesión, nuestra abuela en común y mi hija de 14 años, Orli, quien había muerto un año antes, habían —¿de qué otra manera decirlo?— enviado mensajes. La médium le preguntó a mi prima: “¿Quién es Sarah?”. Orli, dijo, quería que yo dejara de sentirme culpable. Preguntó por mi hija menor, usando su nombre.
Mi prima y yo nos quedamos un rato al teléfono, tratando de evaluar si esto podría ser un engaño; después de todo, yo he escrito mucho sobre mi familia. Y, sin embargo, mi prima y yo no compartimos el apellido. Que yo sepa, ella nunca ha publicado nada sobre mí ni sobre Orli en redes sociales. Nunca hemos vivido en la misma ciudad.
Además, en realidad no quería desmentirlo.
Es fácil, lo sé, descartar el alivio que una madre en duelo podría encontrar al sentir la presencia de su hija perdida como algo, en el mejor de los casos, imaginado, o irreal.
Pero en años recientes, los investigadores han dedicado un esfuerzo considerable y serio a examinar el impacto psicológico de percibir a un ser querido perdido después de su fallecimiento, y el papel positivo que eso puede tener en lo que los terapeutas del duelo describen como nuestra relación continua con quienes hemos perdido. El contacto, a falta de una palabra mejor, puede ser sensorial, auditivo, visual, una sensación de presencia, o un olor. Puede ser espontáneo, alcanzarse a través de la meditación o de terapia dirigida o incluso, a veces, a través de médiums que, como esta, ofrecen un conocimiento inexplicablemente específico. Las referencias a tales experiencias se remontan casi tan atrás en la literatura como la palabra escrita y no están limitadas por la geografía ni por la cultura.
Algunos estudios sitúan la proporción de personas que han percibido la presencia o las señales de sus seres queridos perdidos en torno al 60 por ciento. Los psicólogos comprensivos las llaman experiencias sensoriales y cuasisensoriales de los fallecidos o incluso “comunicación post mortem”. (Otros —quizás menos comprensivos— las llaman “alucinaciones de duelo”). Los terapeutas con los que hablé para este ensayo no están tratando de determinar la veracidad de lo sobrenatural. Están intentando aprender cómo percibir la presencia de los que ya no están puede ayudar a una persona en duelo a salir de sus momentos más oscuros.
Resulta que preguntar si algo de esto es real o no, no es necesariamente la pregunta correcta. Una mejor pregunta podría ser: ¿Qué hacen estas experiencias preternaturales por las personas en duelo?
En un estudio tras otro, la sensación de contacto con un ser querido fallecido desempeña un papel bastante notable en el alivio del duelo. En una revisión de 14 estudios psicológicos publicada recientemente que abarcó siete países y más de 1900 participantes, los investigadores hallaron que la mayoría de quienes informaron haber sentido a su ser querido perdido habían tenido algún tipo de “experiencias emocionalmente reparadoras que contribuyeron a sobrellevar su duelo”. Eso no me sorprende. Es la desoladora sensación de que todo ha terminado lo que deja al doliente sin saber cómo recomponerse.
Aunque la experiencia generalmente suele reportarse como abrumadoramente positiva, muchas personas en duelo sienten una especie de vergüenza. En realidad, no quieren hablar de ello por miedo a que los desestimen o a que alguien disipe ese pequeño alivio —incluso esa pequeña alegría— que puede aportar la experiencia. Al menos un estudio halló que los profesionales de la salud mental podrían socavar lo bueno que proviene de tal sensación al trivializar la experiencia.
El estudio de estas ocurrencias y su impacto en el duelo ha estado durante mucho tiempo condicionado por exactamente lo que uno esperaría: la certeza de científicos y escépticos de que todo esto —médiums, sensaciones, señales— podría ser tan real como una tabla güija de tienda de baratijas, una sesión de espiritismo del siglo XIX o, peor aún, un episodio psicótico momentáneo. William James, el filósofo y psicólogo, quien simpatizaba con la idea, publicó un estudio sobre individuos mentalmente sanos en 1890 y notó la peculiar insistencia de las “alucinaciones de los cuerdos”. Sigmund Freud lo llamó alguna vez “psicosis alucinatoria de deseo”. El DSM-5-TR, la biblia diagnóstica de la psicología, también categoriza este fenómeno como “alucinación”, lo que, por definición, parece descartarlo.
Sin embargo, los investigadores han reconocido desde hace tiempo cuán generalizada es la experiencia. En 1971, William Dewi Rees realizó un estudio con 227 viudas y 66 viudos en Gales en el que casi la mitad —¡la mitad!— reportó lo que se denominó “alucinaciones” de su cónyuge perdido. La mayoría de ellos no se lo había contado a nadie. Rees notó que los episodios se consideraban “normales y útiles” y aludió a una experiencia similar entre las viudas de Japón.
J. Kim Penberthy, profesora de psiquiatría y ciencias neuroconductuales en la escuela de medicina de la Universidad de Virginia, me habló de un paciente que ella trató, quien atravesaba un duelo profundo e intratable tras la muerte de su esposa. Lo atormentaba la idea de que ella no lo había amado. La terapia de conversación no le había ofrecido consuelo. Penberthy enseña meditación en su terapia. Después de una sesión, su paciente informó que había experimentado lo que describió como una visita de su esposa. (Él se había mostrado reacio al principio, dijo ella, a probar la meditación “porque pensaba que era charlatanería”. Era abogado y su esposa había sido una católica devota). El hombre de pronto informó sentir una profunda sensación de paz, un íntimo sentido de tranquilidad; ofrecido, le dijo a su terapeuta, por la propia esposa fallecida.
Le pregunté si ella pensaba que la visita era real. Mi pregunta, dijo, era irrelevante. Lo que importaba era su impacto en la capacidad de este hombre para seguir adelante. “Vi un cambio casi inmediato en su relación con su duelo”, dijo.
Permitir que tal experiencia tenga lugar sin insistir en su verificación es un buen ejemplo de los cambios recientes en el pensamiento terapéutico, me dijo Pablo Sabucedo, un psicólogo radicado en el Reino Unido. “No le estamos diciendo al paciente si esto es verdad o no. Somos escépticos al respecto y solo hacemos todo lo posible para ayudarles con lo que están atravesando”.
Algunos van un poco más allá. El año pasado en Adelaida, Australia, 43 participantes en un estudio controlado recibieron dos sesiones de 90 minutos de una terapia dirigida a corto plazo derivada del tratamiento de trauma conocido como Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares, o EMDR (por su sigla en inglés), llamada Comunicación Post Mórtem Inducida. (Reconozco que solo este nombre podría invitar al escepticismo). Los participantes recibieron estimulación dirigida, lograda mediante golpecitos alternos, o sosteniendo timbres vibratorios, o siguiendo movimientos de mano dirigidos, y se les pidió que evocaran sus momentos más profundos de tristeza en relación con sus seres queridos perdidos. Casi el 80 por ciento de los pacientes informaron que durante estas sesiones sintieron la presencia de los muertos, y casi todo ese grupo reportó posteriormente una notable disminución de la tristeza. Tom Nehmy, el investigador principal, me dijo que era la herramienta más poderosa en términos de velocidad y acción contra el duelo profundo que había visto en 20 años de trabajar con personas en duelo.
Un psicólogo italiano, Fabio D’Antoni, me escribió por correo electrónico que ha observado que entre un 75 por ciento y un 79 por ciento de quienes prueban la IADC (por su sigla en inglés), o su siguiente versión, algo llamado Terapia de Duelo Basada en la Experiencia Reparadora, han sentido la presencia de un ser querido durante su sesión, y se han sentido mejor gracias a ello. D’Antoni notó que la experiencia se trata menos de encontrarse con algo paranormal y más de nuestra relación con la muerte. Surge de una teoría terapéutica que postula que no terminamos una relación en la muerte; la alteramos.
D’Antoni me dijo que la primera vez que informó a sus colegas de cómo un paciente describió sentir la presencia percibida de un ser querido perdido, la experiencia fue “minimizada, ridiculizada o relegada a la categoría de un ‘brote psicótico transitorio’”. Esa reacción hizo que en un principio no quisiera volver a examinar la idea. Ahora se pregunta por las oportunidades terapéuticas perdidas. Las “discusiones dominantes” en su campo, escribió, “frecuentemente reducen estos encuentros extraordinarios a una opción binaria estéril: o bien deben ser una prueba objetiva de la vida después de la muerte, o son meramente ‘fantasías cerebrales’ o ‘alucinaciones de duelo’”.
Él piensa que más psicólogos deberían invertir en ver el poder clínico de los eventos emocionales que ofrecen resolución, y una sensación de paz, sin tratar de justificarlo o insistir en que cada experiencia de este tipo es el producto de un cerebro en cortocircuito.
Aunque Bob Ginsberg se describe a sí mismo como completamente de “hemisferio izquierdo”, cuando su hija de 15 años, Bailey, murió en 2002, él comenzó a investigar a los médiums y la comunicación post mortem. Pero cuando él o su esposa preguntaron por primera vez sobre tales cosas, fueron silenciados por terapeutas y coordinadores de grupos de duelo. Los Ginsberg establecieron más tarde la Forever Family Foundation, la cual ofrece tanto comunidad para otras personas en duelo, como una lista de médiums que han evaluado.
En una conversación, Ginsberg me dijo que, aunque sospecha que un gran porcentaje de los médiums no pueden ofrecer lo que prometen, ha tenido demasiadas experiencias inexplicables como para no creer en alguna forma de comunicación continua con su hija, tanto a través de médiums como por su cuenta. Eso hace que su pérdida sea un poco más fácil de sobrellevar.
Después de que Ginsberg me habló de una serie de ocurrencias inexplicables, le ofrecí una mía. Una vez, estaba sentada en una cafetería, describiendo a un amigo la falta de resolución que sentía ante la muerte prematura de Orli. Cuando me levanté, la letra de la canción que sonaba mientras entraba al baño era “Encuentra la manera de hacer las paces / con cómo termina la historia”. Era una canción de The Midnight que nunca había escuchado. Se sintió como magia.
Les conté a varios de los investigadores con los que hablé sobre instancias como esta que se sienten peculiarmente trascendentes. Podría ser encontrarme con un zorro —el animal que más asocio con Orli— cuando más quiero ver uno, o si las luces del techo parpadean en un momento muy específico de una conversación. Cada experiencia individual suena mundana, o por lo menos fácilmente descartable. Y sin embargo, al igual que los participantes en estos estudios, yo me siento reconfortada cuando suceden. Sentir a Orli, como sea que lo defina, si lo permito sin prejuicios, me permite sostener los pensamientos sobre mi hija con más alegría que dolor, el sentimiento de que hay algo más allá de la conclusión definitiva que supone la pérdida. Un vínculo continuo, como dirían los terapeutas.
Pero incluso al escribir esas palabras, dudo en decírtelo.
“Hay una interconexión entre todos nosotros en formas que son verdaderamente mágicas”, me dijo Laura Lynne Jackson el otoño pasado. Jackson es una conocida médium psíquica y autora superventas. “Y creo que se nos enseña a no creer en ello, ¿verdad?”.
En su libro más reciente, Guided, Jackson les dijo a los lectores que las personas en duelo pueden observar y escuchar en busca de señales o de una presencia continua, sin necesidad de un médium.
“Creo que muy a menudo, cuando piensas en psíquicos y médiums, te imaginas la típica bola de cristal, turbantes y letreros de neón”, dijo.
Yo pensaba: seguramente hay gente que explota a sabiendas las vulnerabilidades de las personas en duelo. Así como en el siglo XIX y principios del XX, debe haber estafadores modernos, vendedores de promesas, que se alimentan de la desesperación de quienes anhelan sentir que su vínculo con el ser querido no ha terminado.
Y sin embargo, dijo Jackson, eso no debería negar el trabajo de quienes operan de buena fe. Tampoco invalida la idea de que todos nosotros podríamos investigar una relación continua con los fallecidos y beneficiarnos de ello.
“He conocido personas aquí que estaban atrapadas en el duelo y el trauma porque no habían tenido una conversación final que necesitaban con un ser querido, o había asuntos pendientes, o sentían que necesitaban el perdón de esa persona. Y he visto sus vidas transformarse porque han decidido abrir esa puerta en su interior y estar en comunicación con sus seres queridos”.
El representante de prensa de Jackson me dijo que cuando ella da una entrevista normalmente no ofrece también una lectura. Una parte de mí esperaba que lo hiciera de todos modos. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Justo antes de que termináramos nuestra llamada, me preguntó: ¿Orli tenía un muñeco de peluche extraño? “No como un osito”, agregó. Me reí. Orli tenía un oso hormiguero de peluche del tamaño de una almohada, dije. Todavía está en su cama. Jackson mencionó que sus propias señales espirituales son armadillos, cerdos hormigueros y osos hormigueros. Recibir una señal de un animal tan inusual como este, dijo, era un guiño para ambas por parte de Orli. Dijo que yo recibiría tal señal y llegaría como una imagen.
No le conté a nadie sobre esta conversación.
Unas semanas después, uno de mis viejos amigos de la universidad me envió un mensaje de texto de la nada. Resultaba ser el cumpleaños de Orli. “Acabo de ver esto”, escribió. Adjuntó una imagen de una hebilla de cinturón que dijo que planeaba comprar. Comentó que lo había hecho pensar en nosotras.
En ella había un armadillo de latón.
