Cd. de México.- Michael Haneke, el autor de varias de las películas más incómodas, gélidas y confrontativas con el espectador del cine reciente, como Amor, La Pianista o La Cinta Blanca, no volverá a filmar.
El adiós de uno de los más grandes realizadores de finales del siglo 20 e inicios del 21 lo confirmó su discípulo y amigo, el también director austriaco Markus Schleinzer. "Pronto cumplirá 85 años. Se jubiló tranquilamente, sin anunciarlo. Sigue siendo una persona divertida cuando nos reunimos y resulta muy interesante conversar con él. "Hizo una gran cantidad de películas y, simplemente, quiso retirarse, lo cual está bien", reveló en entrevista Schleinzer, quien trabajó por mucho tiempo con Haneke como director de casting. Formado en filosofía, psicología y teatro, Haneke debutó tardíamente en el cine, a los 47, con El Séptimo Continente (1989), donde disecciona la autodestrucción de una familia burguesa. Ello no le impediría construir una obra de 12 largometrajes, todos anticomplacientes, con la que ganó dos veces la Palma de Oro en Cannes, el Óscar a Película Internacional, el Bafta y el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Entre las señas distintivas de su cine destacan una violencia perturbadora, pero fuera de cuadro, carencia de sobreexplicaciones, largos planos fijos y la ausencia de música incidental. "¿Cuál es su legado? Su legado es que es posible realizar películas que invitan a la reflexión. No hace falta recurrir a trucos. No hay por qué ser condescendiente con el público. "Tampoco es necesario abrumar a los espectadores con un exceso de distracciones. Puedes confiar en la historia. No hace falta venderla mediante una banda sonora grandilocuente o artificios", consideró Schleinzer. Se adelantó al meditar en temas como el espectáculo de la violencia y la complicidad del público en él (Funny Games, 1997), así como en la forma en que las imágenes insensibilizan ante el dolor o la muerte (El Video de Benny, 1992). Aunque su última película fue Happy End (2017), hay unanimidad en considerar Amor (2012) como su verdadera gran coda, un retrato ascético de una relación de ancianos marcada por un derrame cerebral. Schleinzer recordó que, en cuestión del llamado séptimo arte, el francés Robert Bresson es el máximo ídolo de Haneke, cuyo lenguaje cinematográfico su maestro siempre abrazó. "Ya sabes, como un ritmo pausado que brinda al espectador espacio para sus propias reflexiones y un montaje contenido que ofrece al público calma para observar a los personajes mientras se desarrollan las historias", enumeró.No subestimar al espectador
Schleinzer, autor de Rose, una de las películas europeas más aclamadas de este año, comenzó a trabajar con Haneke durante el rodaje de La Pianista (2001), su célebre cinta sobre represión y deseo frustrado.
"Nuestra relación se extiende hasta una amistad hoy. Fui para él una suerte de asistente. En La Cinta Blanca (2009), no sólo hice el casting, también dirigí a los niños a cuadro. "Un día me dijo: 'Se siente como si me estuvieras robando. Haces mi trabajo y lo haces de maravilla. Deberías irte'. Fue un empujón para hacer sólo mis propias cosas", recordó. Al intentar reducir su aprendizaje con Haneke a ideas básicas, Schleinzer eligió un par: uno, "ser el primer soldado de tu propio proyecto" y "trabajar incansablemente por él". "Por eso, cuando a veces él se mostraba inflexible, nunca era algo personal. Siempre lo hacía para lograr el máximo, lo mejor para la película", valoró. "Y la segunda lección es que es perfectamente posible dirigirse al público de igual a igual. No hay que pensar que tu audiencia son personas estúpidas a las que hay que tratar como a niños".
