Jesús Antonio no portaba un arma ni disputaba territorios. Su trabajo estaba ligado a la protección ambiental dentro de una industria históricamente compleja, lo que vuelve aún más inquietante su muerte. Cada vez que ocurre una tragedia de esta naturaleza, la pregunta reaparece con más fuerza: ¿hasta cuándo un sistema de justicia debilitado seguirá permitiendo que el secuestro y el asesinato sean delitos de bajo riesgo para quienes los cometen?
Vizsla Silver expresó su consternación y condolencias a las familias de las víctimas, mientras las autoridades confirmaron el hallazgo de los cuerpos tras los operativos desplegados en la zona. Durante la búsqueda, fuerzas federales aseguraron armamento, artefactos explosivos y campamentos presuntamente utilizados por la delincuencia organizada, elementos que dan cuenta del nivel de control criminal en la región.
El caso obliga a una reflexión más amplia. No basta con lamentos institucionales ni con operativos reactivos. La repetición de estos crímenes empuja a sectores de la sociedad a plantear la necesidad de endurecer las penas, revisar a fondo la política criminal e incluso abrir debates profundos, largos y responsables sobre sanciones extremas, en un país donde la impunidad sigue siendo la regla y no la excepción.
México enfrenta no solo a grupos criminales, sino a un sistema judicial corroído que rara vez garantiza castigo. La muerte del chihuahuense Jesús Antonio de la O Valdez no es solo una cifra más: es el recordatorio de que la violencia ya no distingue oficios, vocaciones ni fronteras, y de que la urgencia de transformar la justicia es cada vez más inaplazable.

