En Chihuahua, la violencia contra niñas, niños y adolescentes dejó de ser un dato aislado para convertirse en una señal de alerta. Las cifras de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) colocan al estado en el sexto lugar nacional, con 524 menores víctimas de delitos tan solo en enero. Detrás de ese número hay historias fragmentadas, entornos que fallaron y una constante que se repite: la vulnerabilidad de la infancia.
Es muy grave que los delitos sexuales encabecen la lista, seguidos por el incumplimiento de obligaciones familiares y la violencia dentro del hogar. La mayoría de las víctimas son mujeres. Estos datos evidencian que el problema no está únicamente en las calles, sino en espacios donde debería existir protección. Casos como el de Eitan Daniel, que sacudió a Ciudad Juárez, muestran hasta dónde puede escalar esta realidad cuando no hay intervención oportuna.
El fenómeno no puede atenderse únicamente desde la reacción institucional. Requiere una estrategia integral, ya lo hemos escrito, que parta de la prevención. Incrementar las políticas públicas enfocadas en la infancia es una urgencia. No basta con contabilizar delitos, es necesario intervenir en las causas. Ahí es donde el tejido social cobra relevancia.
Una ruta posible está en el fortalecimiento de centros comunitarios en colonias con mayor incidencia. Espacios donde niñas y niños encuentren alternativas a la violencia a través de talleres culturales, deportivos y educativos. Pero también donde madres, padres o tutores reciban acompañamiento, formación y herramientas para construir entornos más seguros. La prevención no se logra sin la familia.
A esto se suma la necesidad de impulsar colonias productivas, donde el acceso a oportunidades reduzca los factores de riesgo. Programas que integren empleo, educación y cultura pueden marcar una diferencia en contextos donde la violencia se normaliza.
El reto es complejo, pero el mensaje es claro. La infancia no puede seguir siendo una estadística. Atender este fenómeno implica actuar antes de que el daño ocurra. Porque cada cifra, al final, representa una historia que pudo haber sido distinta.
