Tras haber permanecido 41 años encarcelado en Texas por un crimen que no cometió, más de 20 de ellos bajo un régimen de confinamiento solitario estricto, y haber sido deportado a México en 2020, la historia del juarense César Fierro representa no sólo un emblema del fracaso judicial, sino una lección de supervivencia psicológica e integridad humana.

El origen del caso se remonta a 1979, cuando elementos de la Policía Municipal de Ciudad Juárez, en colusión con agentes estadounidenses, detuvieron de forma arbitraria a la madre y al padrastro de Fierro para amenazarlos y torturarlos, obligando a César a firmar una confesión impuesta por el homicidio de un taxista en El Paso, Texas. Fierro enfrentó, sin perder la cordura, múltiples fechas de ejecución por inyección letal programadas.

Hoy, en medio de la controversia legal sobre las reparaciones pendientes que el Estado mexicano aún le debe, su testimonio y los documentales del cineasta Santiago Esteinou ponen de relieve la dimensión existencial y los retos diarios de reconstruir una vida destruida por el encierro.

Al evocar sus dos décadas de aislamiento absoluto en la Unidad Polunsky de Texas, Fierro, de 70 años de edad, explicó la aparente simplicidad del método que le permitió mantener intacto su estado mental en un entorno diseñado para quebrantarlo.

“Muy sencillo: yo no hice nada, no tenía por qué preocuparme, pero eso sí, me trataron muy mal”, recordó Fierro, quien detalló que durante ese extenso período “lo único que hacía era lo que podía: hacer ejercicio y cantar, porque no tenía nada de nada”.

A pesar de estar a tan sólo cuatro horas de ser ejecutado en su primera fecha de sentencia y de atestiguar el envío de sus compañeros de celda al corredor de la muerte, aseguró que la certeza absoluta de su inocencia disipó el miedo.

“A mí no me lastimó que me estuvieran dando fechas y fechas y fechas, porque pues no hice nada, no me van a hacer nada. Ese era mi pensar”, expresó con entereza.

Sin embargo, el tránsito de más de 40 años de privación extrema de la libertad hacia una emancipación intempestiva trajo consigo un impacto psicológico de una naturaleza muy distinta.

Al ser liberado e internado de vuelta en territorio mexicano en plena contingencia sanitaria en 2020, cruzar la frontera significó un choque desorientador.

“Lo primero que me dio como un shock porque no sabía dónde estaba en realidad, nomás me apuntaron para un puente y que lo siguiera derecho y pues seguí derecho y no sabía qué iba a hacer sin dinero y sin nada, y pues completamente espantado”, relató sobre su llegada.

De forma paralela, el choque con la modernidad hiperconectada continúa representando una barrera diaria.

“Lo que a mí me da muchos problemas es la tecnología, porque yo agarré un celular que me regaló Santiago y en realidad no sabía nada y hasta la fecha sigo casi igual”, admitió.

Para el realizador Santiago Esteinou, quien registró el caso primero en los documentales “Los años de Fierro” y posteriormente en “La libertad de Fierro”, el desarrollo de la obra supuso pasar de la denuncia jurídica remota a la documentación de una reconexión humana profunda.

Explicó que durante el encarcelamiento “lo más complejo era que realmente podíamos tener muy poco acceso a César porque la prisión únicamente nos permitía verlo durante 45 minutos cada tres meses”, mientras que tras la liberación la cámara atestiguó cómo “él poco a poco tenía que ir reconquistando su propia libertad”.

Pese a que la acción de las autoridades policiales representó “un proceso de colusión policiaca que condujo a que una persona perdiera su proyecto de vida durante 40 años”, el vínculo construido entre el cineasta y el protagonista se transformó en un espacio de acompañamiento cotidiano.

“A mí por lo general me gusta estar solo, me gusta mi compañía, paso tiempo solo y me doy unas vueltas ahí por donde vivo y Santiago me visita”, compartió César entre risas.

Al reflexionar sobre cómo percibe su propia imagen proyectada en la pantalla ante las audiencias universitarias y de los medios de comunicación, Fierro dejó en claro que su prioridad actual es preservar la tranquilidad interior. “Me veo en la pantalla y pues en realidad no me impresiono mucho y pues cuando estoy ahí con el público, pues contestarle lo mejor que se puede y pasarla lo mejor que se puede y pues olvidarse ya de los malos pensamientos y estar en paz”, aseveró.

No obstante, tanto él como Esteinou coincidieron en que la paz individual de la víctima no exime a las instituciones de su responsabilidad.

Al recordar que la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) formalizó la Recomendación 146VG/2024 para exigir la restitución de sus derechos, Esteinou enfatizó que “una recomendación que se queda nada más en el papel es justicia de papel”, concluyendo que el único camino aceptable es que “la justicia se vuelva material para las víctimas y que se vuelva algo que sea tangible en su propia vida”, garantizando que César pueda vivir en libertad con la dignidad que le fue negada durante casi medio siglo.