Ciudad de Panamá.- Llegaron a la frontera de Estados Unidos procedentes de todo el mundo, con la esperanza de solicitar asilo. En vez de eso, el Ejército estadounidense los detuvo y los encadenó para trasladarlos en avión hasta Panamá.

Estas personas aseguran que les quitaron sus pasaportes, la mayoría de sus celulares y después los encerraron en un hotel. Además, les prohibieron ver a sus abogados y les dijeron que pronto los enviarían a un campamento improvisado cerca de la selva panameña.

En el hotel, al menos una persona trató de suicidarse, según dijeron varios migrantes. Otro se rompió una pierna intentando escapar.

Cuando el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, asumió el cargo el 20 de enero, su plan de deportaciones masivas se enfrentó a un gran desafío: qué hacer con los migrantes de países como Afganistán, Irán y China, donde no se puede enviar fácilmente deportados, ya sea porque esas naciones no los aceptan o por otras razones.

La semana pasada, el nuevo Gobierno encontró una solución: exportarlos a un país dispuesto a acogerlos.

Funcionarios estadounidenses comenzaron a trasladar por avión a cientos de personas migrantes -incluidas las de países asiáticos, de Medio Oriente y africanos- a Panamá, que está bajo intensa presión para apaciguar a Trump, quien amenaza con tomar el control del Canal de Panamá.

El Presidente panameño, José Raúl Mulino, comentó que el plan es enviar a la gente de vuelta a sus países de origen. Pero si Estados Unidos ha encontrado obstáculos para regresar a los deportados a ciertos países, no está claro cómo lo harán.

Muzaffar Chishti, investigador principal del Migration Policy Institute, un grupo de investigación sin fines de lucro, calificó el plan como parte de "una era totalmente nueva de aplicación de la ley", en la que Washington coacciona a otros países para que formen parte de su "maquinaria de deportación".

Los abogados de Panamá afirman que es ilegal detener a personas sin una orden judicial durante más de 24 horas.

Sin embargo, cerca de 350 migrantes deportados en tres aviones militares estadounidenses llevan casi una semana encerrados en un hotel de grandes ventanales en Ciudad de Panamá llamado Decápolis, mientras las autoridades preparan un campamento cerca de la selva.

Guardias armados impiden que los deportados salgan del hotel. Varios de ellos son niños.

En una ventana visible desde una acera situada debajo del inmueble, Artemis Ghasemzadeh, de 27 años, migrante de Irán, escribió "ayuda" con lápiz labial en el cristal. Dijo que abandonó Irán en diciembre, con la esperanza de construir una nueva vida en Estados Unidos.

Sabía que Trump deporta a migrantes, pero pensó: "No soy una delincuente, tengo estudios, les mostraré mis calificaciones".

Tras pasar cinco días bajo custodia federal, según Ghasemzadeh, las autoridades estadounidenses ataron las manos y los pies a todos los deportados, excepto a los niños.

Su grupo fue llevado a un avión militar gris: más de 100 personas procedentes de Irán, Pakistán, Afganistán, Turquía, Uzbekistán, China y otros países, según el Gobierno panameño.

Ghasemzadeh indicó que ella y otros nueve iraníes, entre ellos tres niños de 8, 10 y 11 años, han pasado los días en el hotel tratando frenéticamente de conseguir ayuda del exterior.

El vicecanciller de Panamá, Carlos Ruiz-Hernández, explicó que los migrantes son retenidos en el hotel como una medida provisional porque el Gobierno de Trump le pidió a su país que los aceptara rápidamente.

Según un alto funcionario de las Naciones Unidas que pidió mantener su anonimato, la Agencia para los Refugiados de la ONU proporciona apoyo humanitario y técnico, pero Panamá es el que gestiona a los deportados.