La frase cayó como una losa sobre el mundo: “toda una civilización morirá esta noche”. Es la advertencia directa de un presidente en funciones, Donald Trump, en medio de una escalada militar que ya sacude ciudades, infraestructuras y vidas.
¿Qué quiere decir eso? “Terminar con una civilización” implica borrar redes culturales, lenguas, memoria colectiva y formas de vida. La civilización es también identidad. Cuando esa identidad se destruye bajo bombardeos, desaparece una continuidad histórica construida durante generaciones.
La historia ofrece precedentes. La caída de Cartago a manos de Roma implicó el arrasamiento total de la ciudad. La aniquilación de comunidades indígenas en América tras la llegada europea eliminó cosmovisiones completas. En el siglo XX, el Holocausto mostró el exterminio sistemático de un pueblo y su cultura.
Hoy, la amenaza se formula en un contexto de alta capacidad militar. Bombardear plantas eléctricas, destruir puentes y paralizar un país, como ha sugerido Trump, apunta a un colapso social generalizado que afectaría a millones de personas.
La retórica del mandatario estadounidense ha escalado en tono y alcance y sus declaraciones sobre posibles ataques y su desinterés ante señalamientos de violaciones al derecho internacional han encendido alertas sobre el impacto de sus decisiones.
El Congreso de Estados Unidos debería impulsar una revisión formal de la salud mental de Donald Trump, ante la preocupación creciente por la naturaleza de sus amenazas y la posible afectación de su juicio en decisiones que comprometen la seguridad global.
