Primero fue el Golfo de México. Ahora le tocó al lago Ontario. Al ritmo que lleva Donald Trump, la Tierra podría despertar cualquier mañana convertida en “Planeta América” y la Luna necesitaría consultar las órdenes ejecutivas de Washington antes de saber cómo debe llamarse.

Trump firmó este jueves una orden para que Estados Unidos denomine “Lago América” al lago Ontario, compartido con Canadá. La decisión llega en medio de sus fricciones comerciales con Ottawa y tiene un límite evidente. Canadá no está obligado a utilizar el nuevo nombre. La Casa Blanca ya había hecho algo similar en 2025, cuando ordenó que las dependencias federales estadounidenses llamaran “Golfo de América” a la porción correspondiente del Golfo de México. También restituyó oficialmente el nombre Mount McKinley para Denali.

El asunto tendría material suficiente para una comedia si las decisiones presidenciales no fueran también mensajes políticos. Los accidentes geográficos compartidos existen mucho antes que los gobiernos y sus disputas comerciales. Cambiarles el nombre dentro de una administración nacional no modifica fronteras, tratados ni la soberanía de los países vecinos.

Ontario forma parte del sistema de los Grandes Lagos y sus aguas pertenecen tanto a Canadá como a Estados Unidos. Convertir su nombre en instrumento de confrontación política añade otro episodio a una presidencia que utiliza símbolos geográficos para alimentar su discurso nacionalista.

¿Qué sigue después del golfo, una montaña y un lago? ¿El río Bravo, las cataratas del Niágara, la Luna? L Trump puede ordenar cómo deberán escribir los mapas las agencias estadounidenses, pero afortunadamente no puede cambiar con su firma la geografía del planeta ni obligar al resto del mundo a aceptar sus ocurrencias.