El presidente Donald Trump, quien se considera a sí mismo un maestro negociador, nunca ha ocultado su creencia de que el secreto para ganar en una negociación es mantener a la otra parte desconcertada.
Pero un año después de haber iniciado su segundo mandato, su actuación está comenzando a cansar tanto a aliados como a adversarios, algunos de los cuales están empezando a considerarlo tan voluble y poco fiable que parecen dispuestos a contemplar la posibilidad de esperar o alejarse de él, en lugar de soportar los bruscos arranques, interrupciones y humillaciones que pueden acompañar al trato con él.
En política exterior, aranceles, inmigración y su campaña de presión sobre las universidades, las amenazas, retrocesos, giros y vueltas de Trump han hecho que las personas con las que negocia sientan a veces que se les está utilizando para ganar puntos políticos y que tiene poco sentido tratar cuestiones de fondo cuando su estado de ánimo y sus exigencias pueden cambiar en un instante.
“Lo que Trump identifica como imprevisibilidad es en realidad ansiedad por sus perspectivas electorales”, dijo Timothy O’Brien, biógrafo de Trump.
“Es consciente de que se enfrenta a unas elecciones de mitad de mandato posiblemente desalentadoras y está lanzando estos pases de Ave María para intentar atraer a los votantes, demostrar que está al mando, buscar represalias contra quienes percibe como enemigos, pero no creo que tenga nada que ver con la imprevisibilidad al servicio de la consecución de grandes negociaciones”, dijo.
Después de desbloquear aparentemente las negociaciones con la Universidad de Harvard, que llevaban mucho tiempo estancadas, Trump cambió de rumbo de manera brusca y retiró su acuerdo de no pedir una multa de 200 millones de dólares a la universidad; en su lugar exigió el pago de 1000 millones de dólares. La Casa Blanca lo calificó como parte del vaivén normal de las negociaciones, pero reforzó la posición de aquellos en Harvard que afirman que la universidad no debería acceder a las exigencias del presidente.
Después de amenazar con quitarle el control de Groenlandia a Dinamarca, Trump se echó atrás repentinamente, pero no antes de que los aliados enfurecidos sugirieran que ya era hora de dejar de pensar en Estados Unidos como un socio fiable.
El mes pasado, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, viajó a China para una visita de Estado histórica, durante la cual él y el presidente chino, Xi Jinping, anunciaron que recortarían drásticamente los aranceles.
“En cuanto a la forma en que ha progresado nuestra relación con China en los últimos meses, es más predecible, y se ven resultados de ello”, dijo Carney.
Después pronunció un discurso en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, donde dijo que se había producido una “ruptura” en el orden mundial. No nombró a Trump, pero estaba claro que lo culpaba de las hostilidades.
“Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción”, dijo Carney en Davos.
Los funcionarios de la Casa Blanca afirman que el estilo de negociación de Trump ha dado resultados, y señalan los nuevos acuerdos comerciales y de paz que consiguió el año pasado. También alaban los esfuerzos del presidente por conseguir precios más bajos de los medicamentos para los estadounidenses y los acuerdos que ha alcanzado con siete instituciones de enseñanza superior.
“Lo único que no cambiará en 2026 es que el presidente Trump, el negociador en jefe, demostrará constantemente a los detractores que se equivocan sobre su capacidad para aprovechar los poderes de la presidencia y el poderío de Estados Unidos para conseguir mejores acuerdos para el pueblo estadounidense”, dijo en un comunicado Kush Desai, portavoz de la Casa Blanca.
Sin embargo, incluso algunos aliados de Trump reconocen en privado que su afición a la imprevisibilidad tiene inconvenientes, sobre todo para la economía. El presidente insinúa guerras comerciales con frecuencia, y cuando se enfada, los aranceles se reparten a menudo como amenazas en las redes sociales. Por eso, incluso cuando se llega a un acuerdo, las otras partes nunca están totalmente seguras de que Trump no intentará cambiar las condiciones.
Especialmente en materia de comercio, puede parecer que la escalada —o la relajación— de las tensiones está sujeta simplemente a los caprichos del presidente. Este planteamiento ha hecho que los países confíen menos en que Estados Unidos hará lo que dice que hará, y eso los acerca los unos hacia los otros y, sobre todo, hacia China.
Como suele decir Trump: “No descarto nada”.
