En el último año, el gobierno de Donald Trump ha recurrido a la diplomacia no convencional, a la diplomacia de cañoneras y, en las crisis más delicadas, a la diplomacia sin diplomáticos.

El martes, el gobierno probó las tres tácticas a la vez. En Ginebra, los enviados de mayor confianza del presidente Trump —su amigo del sector inmobiliario Steve Witkoff y su yerno Jared Kushner— se entrevistaron con los iraníes por la mañana, y luego con los rusos y los ucranianos por la tarde.

Fue un claro ejemplo de la convicción de Trump de que es mejor dejar al margen al Departamento de Estado y al Consejo de Seguridad Nacional, las dos instituciones que han coordinado las negociaciones sobre las crisis mundiales durante casi 80 años. Así, el dúo Witkoff-Kushner ha estado en el centro de los recientes esfuerzos para poner fin a una crisis nuclear en Irán que se ha prolongado durante dos décadas, y a una guerra en Ucrania que está a días de entrar en su quinto año.

Según todos los indicios, Trump confía en su enfoque, reforzado por sus negociaciones del año pasado para conseguir un alto al fuego en Gaza y la devolución de todos los rehenes israelíes retenidos por Hamás. Y países como Rusia, Turquía y los Estados árabes del Golfo han acogido con satisfacción la llegada de los dos hombres, con su enfoque transaccional nacido de las negociaciones inmobiliarias de Nueva York, especialmente dada la mayor flexibilidad ofrecida por Witkoff y Kushner.

Hablan el lenguaje de los negociadores, y no dedican mucho tiempo a dar lecciones sobre derechos humanos o construcción de la democracia. Además, no es infrecuente que sus interlocutores en temas diplomáticos estén estrechamente vinculados a los negocios de las familias Trump y Witkoff.

“Algunos países acogen con verdadera satisfacción esta estructura informal de la Casa Blanca de Trump”, dijo Asli Aydintasbas, miembro de la Institución Brookings de Washington. Pero, añadió, “no he visto a nadie muy impresionado con las habilidades diplomáticas del equipo actual”.

Una persona cercana al Kremlin dijo que los funcionarios rusos apreciaban la calidez y el entusiasmo de Witkoff por las negociaciones, aunque a veces dudaban de su fiabilidad como mensajero. Sin embargo, quedó claro que al principio no conocía los temas que dividen a Washington y Moscú, y al comienzo de su gestión no trajo a ningún otro experto estadounidense a las negociaciones.

Más recientemente, los rusos se han alegrado de la participación de Kushner, dijo la persona cercana al gobierno ruso, debido a su enfoque más organizado y estructurado.

Algunos rusos han empezado a llamar al dúo “Witkoff y Zyatkoff”, porque zyat es yerno en ruso. Los iraníes también tienen un apodo para Kushner, utilizando la palabra persa para yerno: Damad Trump, definiendo de nuevo la influencia de Kushner en virtud de su matrimonio con Ivanka, la hija del presidente.

Los medios de comunicación iraníes han dedicado coberturas y columnas a la participación de Kushner. Ahmad Zeidabadi, destacado analista político y columnista, escribió en el periódico Asr Iran que la participación de Kushner en las conversaciones era algo “positivo”.

“Representa el lado pragmático y más suave de Trump”, dijo.

Kushner, en una entrevista concedida en octubre del año pasado, dijo que su enfoque de la diplomacia y el de Witkoff se basaba en ser “tipos de tratos” que “tienen que entender a la gente”. Witkoff era conocido en los círculos inmobiliarios por grandes transacciones, como la compra en 1998 del edificio Woolworth, en su día el rascacielos más alto de Nueva York. Kushner siguió los pasos de su padre, el promotor inmobiliario Charles Kushner, en el negocio y más tarde se expandió al capital privado.

Kushner no tiene ningún cargo oficial en el gobierno ni percibe salario alguno, mientras que Witkoff es un “enviado especial” de Estados Unidos.

En el primer mandato de Trump, Kushner lideró los Acuerdos de Abraham, que normalizaron las relaciones entre Israel y varios países árabes, aunque sus esperanzas de traer a Arabia Saudita a bordo aún no han fructificado. El año pasado, sus esfuerzos por negociar el alto al fuego en Gaza suscitaron elogios incluso de algunos demócratas, por acercarse a poner fin a una guerra que el presidente Joe Biden no pudo.

Los partidarios del gobierno ven a Witkoff y Kushner como negociadores ideales, en parte porque dicen que su riqueza personal hace que sean más resistentes a las influencias corruptoras. Pero ambos hombres se enfrentan a cuestiones sobre aparentes conflictos de intereses.

Zach, el hijo de Witkoff, es el director ejecutivo de World Liberty Financial, la empresa de criptomonedas de la familia Trump. El año pasado, una firma de inversión vinculada a los Emiratos Árabes Unidos compró casi la mitad de la compañía por 500 millones de dólares.

Antes del segundo mandato de Trump, Kushner recaudó varios miles de millones de dólares de inversores extranjeros, entre ellos fondos públicos de Arabia Saudita, Catar y los Emiratos Árabes Unidos, países con los que había trabajado cuando fue asesor principal de la Casa Blanca durante el primer mandato de Trump.

Sin embargo, mientras se relacionan con Witkoff y Kushner, los rusos y los iraníes comparten una estrategia: retrasar.

En la Conferencia de Seguridad de Múnich, celebrada el pasado fin de semana, varios participantes al margen de las negociaciones sobre Ucrania —país que las fuerzas rusas invadieron en febrero de 2022— dijeron repetidamente que Rusia tenía todos los motivos para participar en las negociaciones y pocas razones de peso para firmar un acuerdo.

El presidente Vladimir Putin cree que está ganando, dijeron en los últimos días funcionarios militares y de inteligencia de varios países occidentales. Y está convencido de que, aunque tarde entre 18 meses y dos años en completar su dominio sobre la región de Donbás, cada día de lucha y cada noche de lluvia de misiles y drones rusos sobre infraestructuras energéticas y edificios de apartamentos le aseguran más influencia.

Para los iraníes, el retraso es la última estrategia de supervivencia del régimen. El secretario de Estado Marco Rubio, quien estuvo en Eslovaquia y Hungría a principios de esta semana pero no participa en ninguna de las negociaciones de Ginebra, abogó por el pesimismo.

“Va a ser difícil”, dijo a los periodistas. “Ha sido muy difícil para cualquiera llegar a verdaderos acuerdos con Irán, porque estamos tratando con clérigos chiitas radicales que toman decisiones teológicas, no geopolíticas”.

Pero los puntos en común terminan ahí. En el caso iraní, Trump está respaldando su diplomacia con una amenaza de acción militar bastante inminente si no hay avances, quizá en días, quizá en semanas. En el caso de Rusia-Ucrania, ha frenado la presión militar, deteniendo el suministro directo de armas a Ucrania que tuvo lugar —con fuerte apoyo del Congreso— en los años de Biden.

El presidente también ha tomado medidas enérgicas contra la “flota fantasma” rusa que vende petróleo, exacerbando los crecientes problemas económicos de Putin, incluso mientras el gobierno de Trump hace flotar ideas sobre la inversión estadounidense en Rusia si puede anunciarse un acuerdo, casi cualquier acuerdo.

Dada esa dinámica, algunos analistas predijeron que Putin aún podría llegar a un acuerdo para detener los combates en Ucrania, especialmente si conseguía un acercamiento de gran alcance con Estados Unidos y una retirada de las fuerzas ucranianas del resto del Donbás.

Las negociaciones con Irán se ven ensombrecidas por el tamaño de la fuerza naval estadounidense —una “gran armada” en palabras de Trump— que se está reuniendo en el mar Rojo, claramente posicionada para atacar si el presidente así lo decide. Pero los iraníes no están calmándose. Han cerrado temporalmente el estrecho de Ormuz debido a los ejercicios de fuego real iraníes, un recordatorio no muy amable de la capacidad del país para sumir en el caos a los mercados energéticos.

El ayatolá Alí Jamenei, líder supremo de Irán, no contribuyó mucho al espíritu de encontrar una solución no militar cuando se le preguntó por la presencia de un grupo de portaaviones estadounidense y la llegada, dentro de una semana aproximadamente, de un segundo, una enorme concentración de potencia de fuego.

“Un portaviones es una máquina peligrosa, pero aún más peligrosa que eso es el arma capaz de enviarlo al fondo del mar”, dijo al conmemorar el levantamiento de 1978 que derrocó al proamericano Sha de Irán. (El hijo del sha, Reza Pahlavi, estuvo en Múnich el fin de semana, en una de las muchas grandes protestas en todo el mundo que se hicieron eco de sus llamados al derrocamiento del gobierno iraní).

Trump, por su parte, se ha quejado episódicamente de que Putin lo está “manteniendo a raya”, y a lo largo del último año ha culpado en varios momentos a los ucranianos, luego a los rusos y de nuevo a los ucranianos por ser demasiado inflexibles en las conversaciones.

Ahora vuelve a responsabilizar a Ucrania y a su líder, sugiriendo que no han reconocido que Rusia es una nación más grande y con armas nucleares.