En su primer mandato, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva en la que instruía a las agencias federales a defender a Estados Unidos de un tipo inusual de ataque nuclear que sus asesores advirtieron podría destruir la red eléctrica, aniquilar la infraestructura crítica y llevar a un colapso nacional.
Un ataque de este tipo, causado por la detonación de una ojiva nuclear a kilómetros sobre la Tierra, no tendría el poder de matar personas directamente. En cambio, podría crear una enorme sobrecarga de energía, conocida como pulso electromagnético, o PEM, capaz de dañar cualquier cosa eléctrica en el suelo debajo.
Detonada a la altura y ubicación correctas —digamos, a 402 kilómetros sobre Omaha— el impacto podría inutilizar las computadoras de todos los autos y aviones modernos, arruinar el suministro de alimentos de la nación, provocar un cortocircuito en todas las telecomunicaciones, acabar con el sistema bancario y sumir al país en una oscuridad indeterminada.
Durante más de una década, un movimiento —en gran parte entre los conservadores— generó conciencia sobre dicha amenaza, lo que culminó en la orden ejecutiva de 2019 de Trump. Muchas de las voces más fervientes de ese movimiento ahora son miembros del gobierno actual, incluyendo a Pete Hegseth, el secretario de Defensa; JD Vance, el vicepresidente; John Ratcliffe, el director de la CIA; y Mike Huckabee, el embajador de Estados Unidos en Israel.
Esos mismos funcionarios del gobierno que durante mucho tiempo advirtieron sobre el PEM y lo vincularon a una bomba iraní también asesoraron a Trump sobre ir a la guerra con Irán.
Pero, sorprendentemente, en ocho meses de conflicto y muchas explicaciones sobre las razones para atacar a Irán, ningún funcionario ha mencionado públicamente el PEM ni lo ha invocado como justificación.
Cuando se le preguntó si el gobierno discutió la posibilidad de un ataque de PEM iraní antes de iniciar la guerra, la Casa Blanca no respondió directamente a la pregunta.
“El presidente Trump nunca permitirá que Irán represente una amenaza nuclear para Estados Unidos”, dijo Anna Kelly, una portavoz de la Casa Blanca, en un comunicado. “El presidente nunca permitirá que un régimen terrorista que ha coreado ‘Muerte a Estados Unidos’ dañe nuestro país”.
Pero para los científicos y otros expertos, el PEM plantea una pregunta diferente: ¿es real la amenaza?
Los expertos en seguridad nacional a menudo desestiman las alarmas del PEM como alarmismo. Consideran que un ataque de este tipo es poco realista dado que un agresor muy probablemente enfrentaría la perspectiva de una represalia mortal. Y los científicos advierten que, aunque técnicamente plausible, un ataque exitoso requeriría no solo una bomba mucho más avanzada de la que los iraníes parecen haber estado buscando desarrollar, sino también una detonación de precisión alineada con una maraña de factores ambientales.
Newt Gingrich, un expresidente de la Cámara de Representantes y padrino del movimiento del PEM, se burla de ese tipo de escepticismo, habiendo trabajado durante décadas para llamar la atención del público sobre la amenaza.
En una entrevista, Gingrich dijo que los activistas del PEM no eran alarmistas sino realistas que entendían que una sola bomba de PEM podría convertir instantáneamente a Estados Unidos en un territorio devastado.
Cuando se le preguntó si Trump comprendía el tema, Gingrich respondió: “Él lo entiende”.
Inutilizar la vida moderna
Como fenómeno, el PEM se materializó por primera vez en 1962 cuando el ejército de Estados Unidos anunció que, en plena noche, muy por encima del océano Pacífico, detonaría una bomba de hidrógeno. En Honolulú, los hoteles celebraron fiestas en las azoteas para que la gente pudiera observar la prueba. Las personas llenaron parques y playas, muchos preparados para brindar por la lejana explosión. En la hora cero, el cielo se iluminó en exhibiciones surrealistas de rojos, verdes y azules.
Inesperadamente, la explosión también apagó parte del alumbrado público y de las líneas eléctricas de la ciudad. La naturaleza exacta de la fuerza fue incierta, porque un tratado Este-Oeste pronto prohibió los ensayos de armas nucleares en el espacio exterior. En general, el efecto nuclear siguió siendo más teórico que experimental, más una extraña posibilidad que una certeza predecible.
Los expertos nucleares llegaron a verlo como algo similar a una onda de radio, solo que millones de veces más fuerte. Descubrieron que cualquier objeto de metal —vías de tren, tuberías, fuselajes de aviones, líneas eléctricas— podría funcionar como una antena para captar la energía del PEM y convertirla en corrientes mortales.
Con el tiempo, determinaron que las sobrecargas eléctricas podrían inutilizar no solo los delicados microcircuitos, sino, por extensión, toda la infraestructura tecnológica de la vida moderna. Sin trenes, aviones ni autobuses. Sin bancos ni tarjetas de crédito. Sin luces, televisores ni refrigeradores. Sin agua corriente.
Los expertos solían creer que una bomba rudimentaria de PEM era relativamente fácil de fabricar. Cualquier Estado nuclear con misiles de largo alcance podría lanzar una de sus armas nucleares a una altitud de entre decenas y cientos de kilómetros, detonarla y generar un pulso. Cuanto mayor sea la elevación, más amplio será su impacto.
Pero Stephen M. Younger, un físico jubilado que dirigió la investigación sobre bombas en el laboratorio de armas de Los Álamos en Nuevo México, dijo que un ataque eficaz de PEM requería, como mínimo, la detonación de una bomba de hidrógeno. Eso fue cierto para la prueba estadounidense sobre el Pacífico. También podría explicar por qué Corea del Norte no lanzó amenazas de PEM durante sus pruebas de bombas atómicas y, en cambio, esperó años hasta haber logrado el difícil paso de fabricar una bomba de hidrógeno, que puede ser miles de veces más potente que una bomba atómica.
Un ataque de PEM exitoso requiere tanto una bomba inusualmente poderosa como la alineación precisa de sus rayos gamma, que emiten todas las armas nucleares. En la Tierra, estos alimentan la bola de fuego, lo que ayuda a crear la fuerza mortal que destruye ciudades.
En el vacío del espacio, sin embargo, los rayos gamma no crean ondas de choque ni un hongo nuclear. En cambio, impactan la atmósfera superior del planeta, lo que produce una reacción en cadena que crea algo similar a un transmisor de radio superpotente.
Los rayos gamma chocan contra las moléculas de aire y desprenden electrones que giran alrededor de las líneas del campo geomagnético de la Tierra, creando ondas de energía electromagnética tan poderosas que pueden inutilizar circuitos a miles de kilómetros de distancia.
Los expertos atómicos de las agencias de inteligencia de la nación han vigilado de cerca durante mucho tiempo qué países tienen la capacidad de fabricar y desplegar ese tipo de arma.
Construir un movimiento
Las preocupaciones sobre el PEM aumentaron en 2008 luego de que se informara que Irán había acumulado una cantidad suficiente de uranio enriquecido para construir una bomba atómica.
Esos temores fueron potenciados por Henry Schwartz, un empresario lechero en el norte del estado de Nueva York, cuyo negocio le dio los medios, y cuya política a favor de Israel le dio el motivo para iniciar un movimiento.
En 2009, fundó EMPact America, un grupo de defensa que buscaba hacer sonar las alarmas sobre el PEM. Una sola bomba iraní, advirtió su equipo, representaba una amenaza existencial tanto para Israel como para Estados Unidos.
Su organización, en la que gastó millones de dólares, llegaría a desempeñar un papel descomunal en el reclutamiento de conocidos conservadores para la causa. También ayudaría a popularizar los dos principios principales de los activistas estadounidenses del PEM, los cuales los principales científicos consideran infundados.
En primer lugar, argumentó el grupo, un arma rudimentaria de PEM —es decir, una bomba atómica rudimentaria fabricada por un estado rebelde o un grupo terrorista— bastaría para desencadenar un pulso devastador. En segundo lugar, el pulso mataría a la mayoría de los estadounidenses, ya que el colapso de la red eléctrica de la nación y de las cadenas de suministro daría paso a un panorama infernal de disturbios y plagas, hambrunas y justicieros.
Las muertes eventuales, advirtió EMPact, podrían ascender hasta el 90 por ciento de la población de Estados Unidos, o más de 300 millones de personas. Eso es aproximadamente cuatro veces el número estimado de personas que murieron en la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más mortífero en la historia de la humanidad.
“Nueve de cada 10 estadounidenses estarían muertos”, dijo Frank Gaffney, un exfuncionario del Pentágono, en la primera gran reunión de EMPact, celebrada en 2009. Otros oradores incluyeron a Gingrich y Huckabee.
Julie Senko, una portavoz de Schwartz, de 92 años, dijo que no estaría disponible para hacer comentarios.
En 2012, mientras el presidente Barack Obama comenzaba negociaciones con Teherán para limitar el programa nuclear de Irán, Schwartz argumentó que un acuerdo con Irán aumentaría aún más el riesgo de un ataque de PEM contra Estados Unidos.
Estados Unidos “debe actuar militarmente para detener a Irán”, declaró Schwartz en una reunión de EMPact en 2013 en Washington, y advirtió que un ataque de PEM iraní “acabaría con nuestra civilización”.
En esa reunión, John Bolton, un exembajador ante la ONU, se hizo eco del llamado de Schwartz a la acción militar. Posteriormente se desempeñó como asesor de seguridad nacional en el primer mandato de Trump y jugó un papel central en la redacción de la orden ejecutiva del PEM.
A principios de 2014, David Bellavia, un veterano de la guerra de Irak recién nombrado por Schwartz para dirigir EMPact, unió fuerzas con un compañero veterano, Pete Hegseth. Juntos promovieron una reunión de EMPact en Washington, titulada “La seguridad estadounidense y la bomba iraní”.
Hegseth, entonces escritor en The National Review, ya había pedido una posible acción militar para “destruir el programa nuclear iraní”. Una publicación de blog que escribió en ese momento se hizo eco de la visión de los activistas del PEM, y advirtió que “incluso un arma de pulso rudimentaria” iraní podría poner a Estados Unidos de rodillas.
Con el tiempo, el mensaje de EMPact llegó a los legisladores federales. John Ratcliffe, ahora director de la CIA pero en ese entonces congresista republicano por Texas, se unió a muchos de sus colegas de la Cámara a finales de 2015 para impulsar mejores protecciones de la red eléctrica. La amenaza del PEM a la atención médica, los suministros de alimentos y la ley y el orden, escribieron los legisladores, podría conducir a la “pérdida de vidas a gran escala”.
Cuando el Partido Republicano adoptó su plataforma nacional en 2016, convirtió la amenaza del pulso en un tema principal. “El PEM ya no es una preocupación teórica”, declaró el punto de la plataforma. Nombró a Irán como una amenaza potencial.
Para cuando el senador JD Vance se convirtió en el candidato republicano a la vicepresidencia en julio de 2024, el PEM se había transformado de un asunto de “nerds” propio de especialistas a un tema omnipresente de seguridad nacional para un subgrupo de conservadores estadounidenses.
Vance advirtió sobre la vulnerabilidad de los transformadores de la red, como lo habían hecho Schwartz y su equipo años antes. Los dispositivos gigantes, de los cuales hay miles, pueden tener más de dos pisos de altura y pesar varios cientos de toneladas. Cada uno sube y baja los voltajes para que la energía eléctrica pueda viajar a toda velocidad por la red de líneas aéreas de la nación.
En octubre de 2024, cuando Vance habló en el pódcast de Joe Rogan sobre los transformadores, transmitió muy malas noticias.
Todas las iniciativas políticas, en particular la orden ejecutiva sobre el PEM de Trump, así como los planes estatales, federales y privados destinados a fortalecer las protecciones de la red, esencialmente habían quedado en la nada. La nación, observó Vance, tenía pocos transformadores de respaldo, si es que tenía alguno, para reemplazar los que una ráfaga invisible de energía del PEM inutilizaría.
“En realidad es un escándalo”, dijo.
Más adelante en el programa, llamó a Irán “la mayor amenaza de política exterior que enfrentamos en Medio Oriente”.
Más difícil de lo que parece
A pesar de las olas de alarmas públicas, los científicos nucleares que estudian el PEM describen a los activistas como perdidos en una niebla de imposibilidades físicas.
“El tipo de bomba que Irán podría fabricar no va a cortar todas las comunicaciones”, dijo Younger, el físico de Los Álamos. “No va a apagar la red eléctrica”.
En una entrevista, dijo que un intento de ataque de PEM tendría un inconveniente aún más básico: el pulso por naturaleza es estocástico, un término científico que significa aleatorio. Esa volatilidad, agregó Younger, socavaba su utilidad militar.
“A veces produce un efecto y a veces no”, dijo. “Una de las desventajas del PEM como arma es que no puedes depender de él”. Los expertos estiman que las probabilidades de éxito, incluso para un Estado nuclear muy desarrollado, son iguales a las de lanzar una moneda al aire.
Un atacante con PEM que, no obstante, buscara maximizar las posibilidades de éxito necesitaría información de las redes de satélites y estaciones terrestres que monitorean el clima espacial del planeta, que fluctúa en escalas que van desde segundos y minutos hasta días, años y décadas. Como saben los observadores habituales del cielo nocturno, tales cambios en el entorno cercano a la Tierra pueden enviar las luces resplandecientes de la aurora boreal muy hacia el sur.
Países como Irán y Corea del Norte tienen poco acceso a dicha información en tiempo real, a diferencia de Estados Unidos, China y otras naciones desarrolladas, que rastrean de cerca el clima espacial, en parte porque los picos de radiación pueden poner en peligro a los satélites y a los astronautas.
Más específicamente, las variables conocidas que pueden frustrar un ataque de PEM incluyen una altura de explosión insuficiente y una mala alineación del arma al explotar con las líneas del campo geomagnético de la Tierra, así como los vientos, las erupciones y las tormentas solares.
Otras variables, dicen los expertos, son clasificadas, como muchos aspectos del diseño y uso de armas nucleares.
“El PEM se ha convertido en una pequeña industria”, dijo Younger, quien solía dirigir la Agencia de Reducción de Amenazas de Defensa, un brazo del Pentágono que busca contrarrestar las armas de destrucción masiva.
“Se puede ganar dinero asustando a la gente en Washington”, agregó. “Así es como funciona. ¿Es posible el PEM? Sí, lo es. ¿Necesitamos tener cuidado? Sí, debemos tenerlo”.
Pero Younger dijo que, en la lista de amenazas existenciales para Estados Unidos, un ataque de PEM iraní exitoso ocupaba un lugar tan bajo que justificaba poca, o ninguna, atención.
“Es extraordinariamente improbable”, dijo.
