Mi colega Raymond Zhong ha estado en muchos lugares. Ha cubierto la India desde Delhi. Ha escrito sobre atolones desde las Maldivas. Fue corresponsal en Pekín hasta que China lo echó a él y a otros periodistas estadounidenses. Ahora radica en Londres, pero casi nunca está allí. Cubre la Tierra y la relación de la humanidad con ella.
Su tarea más reciente fue reportar desde un buque rompehielos en la Antártida, donde los científicos han estado estudiando uno de los glaciares más importantes y de más rápido deshielo del mundo: el Thwaites. Espero que encuentres las reflexiones que Ray plasma a continuación tan hermosas y aleccionadoras como a mí me lo parecieron. Me hizo sentir pequeña, pero también asombrada de nuestro planeta y del esfuerzo humano por comprenderlo.
La Antártida sacude tu mundo
POR RAYMOND ZHONG
Durante la mayor parte de los dos últimos meses, he estado viajando con científicos en un buque rompehielos en la Antártida, rodeados de agua helada que podría ahogarnos en segundos y de glaciares tan vastos que se tragan el universo.
Chang W. Lee, mi colega fotógrafo, y yo hemos estado documentando los esfuerzos de los científicos por estudiar el glaciar Thwaites, que se derrite rápidamente.
El Thwaites es algo así como un corcho en una botella. Los investigadores temen que, si se desprende demasiado hielo, podría permitir que una mayor parte de la vasta capa de hielo de la Antártida Occidental que tiene detrás empezara a deslizarse rápidamente hacia el mar. Esto podría inundar comunidades costeras de todo el mundo con hasta cinco metros de agua adicional en los próximos siglos.
Ahora volvemos a casa. Pero a lo largo del viaje, hemos recordado con qué ferocidad se resiste la Antártida a cualquier intento de reducirla.
Primero, el hielo marino ralentizó nuestro barco. Luego, las nubes bajas retrasaron los vuelos en helicóptero de la expedición. Después, los vientos azotadores enterraban una y otra vez el equipo en la nieve.
‘Una conmoción para el sistema’
Sabíamos que las condiciones serían difíciles. Lo que no esperaba era que ir a los extremos de la Tierra podría hacer que mi hogar pareciera extraño y poco conocido en comparación. Es un testimonio de la adaptabilidad humana, o de la falta de visión humana, no sé cuál de las dos.
Nunca olvidaré, por ejemplo, nuestra vista aérea del Thwaites después de que los investigadores instalaran un campamento en el gigantesco glaciar y perforaran un agujero de un kilómetro en el hielo para estudiar las corrientes oceánicas que había debajo. Desde un helicóptero, los científicos parecían totalmente insignificantes comparados con el hielo que los rodeaba, como hormigas en una manta de picnic.
Sin embargo, para mí, una visión aún más asombrosa apareció cuando dejamos la Antártida el 7 de febrero e iniciamos el largo viaje de regreso a Nueva Zelanda.
Era un cielo nocturno oscuro, el primero que habíamos visto en más de un mes.
No había pensado mucho en las 24 horas de luz diurna mientras estuvimos en la Antártida. Nuestros camarotes tenían cortinas que la opacaban y, de cualquier modo, los científicos trabajaban a todas horas. Aun así, no me di cuenta de hasta qué punto había interiorizado un sol que nunca se ponía hasta que desapareció. De repente, sentí lo que debieron sentir los humanos antiguos al presenciar su primer eclipse solar: qué aterradora es la oscuridad. Qué impía.
Seguro que habrá más experiencias extrañas como esta, ahora que estamos de vuelta en tierra. Scott Polfrey, ingeniero mecánico del British Antarctic Survey, recordaba su regreso a casa después de su primera temporada de campo en la Antártida, en 2018. Él y un equipo pequeño habían acampado en el hielo durante unos 90 días para extraer un núcleo de hielo de más de 650 metros de longitud, que revelaría la historia profunda de los glaciares de esa zona.
“Cuando volví, fue como una conmoción para el sistema”, dijo Polfrey. “Entré en el supermercado, en Tesco’s, y me sentí un poco abrumado”.
El equipo de este año, por el contrario, acampó en el Thwaites durante menos de dos semanas. (Seguía sin haber supermercado, pero en la tienda de campaña sobre el hielo había té, queso y pan fresco).
‘Un mundo más pequeño y frágil’
Para mí, lo que más me desorientó de la Antártida fue la falta total de puntos de referencia visuales. Los glaciares y los icebergs que nos rodeaban eran enormes, por supuesto. ¿Pero qué tan enormes? Con solo otros bloques gigantes de hielo para compararlos, podían medir nueve metros o 90 metros. Era difícil estar seguro.
En tierra, nuestro entorno está repleto de señales visuales: coches, casas, edificios. Estas cosas nos aseguran que pertenecemos a ese lugar, que nuestros espacios están diseñados a escala humana. Por eso puede ser tan poderoso alejarse de esos espacios, adentrarse en montañas, desiertos y otros paisajes que te obliguen a recalibrar tu comprensión del tamaño y la importancia relativos en el mundo, y quizá incluso la escala del propio mundo.
David Holland, matemático y científico polar de la Universidad de Nueva York, dijo que había experimentado este tipo de cambio radical de escala cuatro veces en su vida.
La primera fue cuando era un niño en Terranova y vio aquellas fotos icónicas del Apolo 8 de la Tierra en las que se asomaba por detrás de la Luna. La segunda vez fue en la escuela de posgrado, cuando aprendió que las proporciones del océano son como las de una hoja de papel, miles de veces más anchas que profundas. El tercer momento llegó cuando Holland se trasladó a Nueva York y descubrió la finitud de una ciudad que, en las visitas que hizo de niño, le había parecido casi infinita.
La vez más reciente fue durante el primer viaje de Holland a la Antártida, en 2007.
Mientras contemplaba las llanuras heladas, se dijo a sí mismo: “Esto es todo lo que hay; no hay más”. En otras palabras, puede que la Tierra no sea plana, pero tiene un final, y a él había llegado.
Aquel día, dijo, perdió parte de su inocencia respecto al planeta. A partir de entonces, el mundo le pareció más pequeño, más vulnerable a todo lo que le estamos haciendo.
