El Mundial 2026 será recordado por el nivel futbolístico, por estadios llenos y por una afición que volvió a convertir al futbol en una celebración global. Pero también dejará una pregunta incómoda: ¿quién cuida al futbol cuando quienes deben protegerlo parecen dispuestos a entregarlo al poder político? La FIFA vuelve a marcharse con la sensación de haber ganado millones, mientras pierde una parte de su credibilidad.
Primero fueron los precios de los boletos, inaccesibles para buena parte de los aficionados. En muchos partidos, asistir al estadio dejó de ser un sueño deportivo para convertirse en un privilegio reservado a quienes podían pagar cifras que, en algunos casos, alcanzaron cientos de miles de pesos. El futbol volvió a pertenecer, por unas horas, más a las tarjetas de crédito que a las tribunas populares que le dieron identidad durante décadas.
Después llegaron los episodios que alimentaron la polémica. Ninguno tan delicado como la decisión de la FIFA de levantar la suspensión de un partido al delantero estadounidense Folarin Balogun, luego de la intervención del presidente Donald Trump. La determinación provocó una oleada de críticas de la UEFA, dirigentes deportivos y funcionarios europeos, quienes advirtieron que la medida compromete la autonomía del deporte y abre un precedente de enorme gravedad.
Las palabras fueron inusualmente duras. La UEFA sostuvo que la FIFA había cruzado "una línea roja". El expresidente del organismo, Sepp Blatter, cuestionó públicamente el rumbo de la institución, mientras autoridades de la Unión Europea, Italia, Bélgica y Alemania coincidieron en que la política no debe influir en las decisiones arbitrales ni disciplinarias de una competencia internacional.
La controversia no surgió de la nada. Durante este Mundial, Gianni Infantino cultivó una cercanía evidente con Donald Trump, al grado de entregarle un reconocimiento por la paz, un gesto que muchos consideraron ajeno al espíritu deportivo. Cuando días después la FIFA revocó la sanción a Balogun, las sospechas encontraron un terreno fértil para crecer.
El torneo demostró que el futbol sigue siendo capaz de emocionar al planeta. Pero también recordó que el mayor riesgo para este deporte ya no está únicamente en la violencia dentro de las canchas, sino en la posibilidad de que los intereses políticos y económicos terminen dictando decisiones que deberían pertenecer exclusivamente al reglamento. Esa sería una derrota mucho más profunda que cualquier marcador.
