La jurista sudafricana y ex jefa de Derechos Humanos de la ONU, Navi Pillay, quien actualmente es magistrada ad hoc en la Corte Internacional de Justicia, ganó el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos para promover la paz y el derecho internacional.

"Pillay es una fuente de esperanza e inspiración para todos aquellos que buscan lograr un mundo más pacífico", dijo Jørgen Watne Frydnes, presidenta del Comité Noruego del Nobel, al anunciar su victoria en Oslo, Noruega.

Su victoria seguramente será vista como una reprimenda de alto perfil al Presidente estadounidense Donald Trump y al Primer Ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quienes han rechazado las conclusiones de una comisión de la ONU que dirigió de que Israel comete genocidio en Gaza.

Ambos líderes también han sido muy críticos con las instituciones donde ha trabajado Pillay.

Si bien su trabajo ha sido de alcance global, la crítica a menudo ha sido ferozmente local, especialmente en lugares como Israel y en la Sudáfrica de la era del apartheid, ya que ella y sus compañeros se enfrentaron a parte del mundo.

A sus 85 años, Pillay se ha forjado una sólida reputación internacional a lo largo de una carrera de varias décadas que comenzó en los tribunales sudafricanos y que este viernes fue coronada con el Premio Nobel de la Paz.

La jurista sudafricana alcanzó notoriedad mundial por sus contundentes denuncias de la represión ejercida por varios gobiernos contra movimientos de protesta en el mundo árabe, especialmente en Libia y Siria.

Entre 2021 y 2025 presidió una comisión de investigación creada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU para examinar las causas profundas del conflicto israelí-palestino.

El panel, que no habla en nombre de Naciones Unidas y fue duramente criticado por Israel, concluyó que en Gaza se está produciendo un genocidio desde el inicio de la guerra desencadenada por el ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023.

Pionera

Nacida en 1941 en Durban, en la costa este de Sudáfrica, en el seno de una familia de origen tamil, Pillay creció en un barrio humilde durante el régimen de segregación racial del apartheid.

Estudió Derecho en la Universidad de Natal antes de obtener una maestría y un doctorado en Harvard.

Se convirtió en la primera mujer no blanca en abrir un bufete de abogados en Durban, donde ganó reconocimiento por su defensa de opositores al apartheid.

En 1973, consiguió que los presos políticos recluidos en la prisión de Robben Island, donde estaba encarcelado Nelson Mandela, obtuvieran acceso a abogados.

Un año después de que Mandela llegara a la presidencia tras las primeras elecciones democráticas de Sudáfrica en 1994, Pillay hizo historia al convertirse en la primera mujer perteneciente a una minoría nombrada para un Tribunal Superior del país.

Poco después, Mandela la recomendó para integrar un tribunal de la ONU encargado de juzgar a los responsables del genocidio de Ruanda.

En 1998, formó parte del grupo de jueces que estableció por primera vez que una violación podía ser considerada un acto constitutivo de genocidio.

Diez años más tarde fue nombrada alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, cargo que ocupó hasta 2014.

Alzar la voz

Su infancia en la profundamente injusta sociedad del apartheid la impulsó a combatir la discriminación en todas sus formas y le valió la reputación de ser una defensora de las víctimas de la injusticia en todo el mundo.

"Sufrimos los peores insultos y la discriminación racial; nos maltrataron y nos trataron como si no fuéramos nada", recordó Pillay en una entrevista concedida a la AFP.

Ante esa realidad, explicó, solo había dos opciones: ser "débil y llorar" o "luchar".

"Siempre supe quién soy y cómo enfrentar cualquier forma de discriminación. Hay que atreverse a alzar la voz y condenarla. Eso es lo que hice en la ONU", afirmó.

En esa misma entrevista, reconoció que su labor al frente de la comisión de investigación de la ONU encargada de examinar las violaciones de derechos humanos en los Territorios Palestinos e Israel había sido probablemente la misión más difícil de su carrera.

Pillay fue acusada de antisemitismo a raíz de ese trabajo, una imputación que rechazó con la franqueza que la caracteriza: "Sería gracioso si no fuera tan absurdo".