Este ensayo concluye “El nuevo desorden mundial”, una serie que explora la desintegración del sistema internacional de la posguerra y cómo los países se están adaptando a medida que Estados Unidos se hace a un lado. Más sobre la serie, a continuación.
A estas alturas es evidente para la mayor parte de Estados Unidos y gran parte del mundo que Estados Unidos y lo que representa han cambiado. El rostro dominante de ese cambio es el presidente Donald Trump y sus esfuerzos decididos y deliberados por acumular mayores poderes que los que la Constitución le asigna al presidente, por crear un culto a la personalidad basado en el agravio y la venganza y por desafiar cada aspecto del orden global de la posguerra, degradando a los aliados y cortejando a los autócratas.
¿Es ese el futuro de Estados Unidos en el mundo? ¿Una superpotencia cada vez más autocrática, grosera e impredecible guiada por el populismo, el rencor y el capricho? ¿O acaso los estadounidenses, una vez que Trump se haya ido, intentarán restaurar a Estados Unidos como el depositario mundial de los valores democráticos y los derechos humanos?
Es difícil imaginar que incluso un sucesor de Trump con mentalidad MAGA (digamos, Marco Rubio o JD Vance) sería tan petulante, incoherente y vengativo como lo ha sido este presidente. Sin embargo, ya han cambiado demasiadas cosas en el mundo —más allá de cualquier cosa que haya hecho Trump— como para creer que el orden liberal, basado en reglas y guiado por valores que Estados Unidos y sus aliados forjaron después de la Segunda Guerra Mundial pueda volver por completo a lo que era.
Han surgido nuevas realidades desde que cayó el Muro de Berlín hace casi cuatro décadas: el ascenso de China como un rival económico y militar de Estados Unidos mayor de lo que jamás fue la Unión Soviética; el resurgimiento de Rusia como un Estado policial amenazante, que inició una guerra en Europa; el retroceso global de la democracia liberal, encabezado por la democracia más importante, Estados Unidos; y una tecnología en rápida evolución que asume tareas antes reservadas al cerebro humano. La globalización, que alguna vez prometió un mundo sin fronteras y prosperidad mundial, ha revelado su lado oscuro: migración masiva, desigualdad, ciberdelincuencia, polarización.
No hay un mecanismo de reinicio en la historia; no hay manera de volver al mundo convenientemente binario del siglo pasado, así como Trump tampoco puede hacer realidad las ilusiones del “Make America Great Again” (“Hagamos a Estados Unidos grandioso de nuevo”). El mundo sigue adelante.
¿Qué nos depara el futuro? No hay forma de saberlo. Pero debemos considerar posibles escenarios, aunque solo sea para prepararnos lo mejor que podamos. El ejercicio es especialmente crítico para los estadounidenses, porque cualquier acción coherente contra el desorden global tendrá que comenzar con el regreso de la democracia estadounidense, como sostiene Charles A. Kupchan en su libro Bringing Order to Anarchy: Governing the World to Come. Aunque Mark Carney, el primer ministro de Canadá, pudo haber articulado un anhelo generalizado en Davos en enero cuando instó a las potencias medias a unir fuerzas y “crear una tercera vía”, el poder, la riqueza y las tradiciones de un Estados Unidos renovado serían fundamentales para cualquier reversión significativa de las tendencias antiliberales y autocráticas.
Los escenarios que siguen, que miran unos doce años hacia el futuro, se basan en conversaciones con personas que se dedican profesionalmente a consultar la bola de cristal de la política y los asuntos mundiales, y en sus escritos, así como en conversaciones con personas preocupadas por lo que dejamos atrás. No pretenden ser científicos ni exhaustivos, sino reflexionar sobre este momento crítico, porque, como dijo una vez el gran sabio estadounidense Yogi Berra: “Si no sabes adónde vas, podrías terminar en otro lugar”.
Estados Unidos vuelve a levantarse
Este es nuestro escenario más esperanzador. Un líder comprometido con la primacía de la ley, la gobernanza honesta y la democracia liberal en todo el mundo ha vuelto a la Casa Blanca, y Estados Unidos ha empezado a recuperar, con esfuerzo, su lugar como la “ciudad resplandeciente sobre una colina”.
Los europeos han asumido una mayor responsabilidad por su defensa y, con cautela, están llegando a aceptar nuevamente a Estados Unidos como amigo y aliado. Vladimir Putin ha sido derrocado y el conflicto con Ucrania se ha congelado, lo que permite a Ucrania logre una rápida recuperación económica y, con el tiempo, recupere su territorio. China ha superado a Estados Unidos en lo económico, pero no en lo militar, y las dos superpotencias trabajan para evitar un conflicto y encontrar un modus vivendi.
Una Organización de Naciones Unidas revitalizada y con nuevos poderes, que ya no es socavada por Washington, se moviliza una vez más para combatir el cambio climático y los desafíos de salud pública, y para encontrar maneras de regular la inteligencia artificial. El consenso que se formó entre las naciones ricas después de la Segunda Guerra Mundial —que la ayuda a los países pobres genera estabilidad, fomenta el crecimiento y reduce el sufrimiento— se restablece mientras Estados Unidos se aleja del uso que hace Trump, bajo el lema “Estados Unidos primero”, de la ayuda exterior como una palanca puramente transaccional.
Antes de irse, Trump puso fin a la guerra en Irán y declaró la victoria, aunque Teherán conserva a sus mulás y su combustible nuclear. Pero al menos el Medio Oriente está en calma, y con el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, fuera del poder mediante los votos, el nuevo gobierno en Washington se pone a trabajar para iniciar otro proceso de paz entre israelíes y palestinos.
Con su propia casa en orden y sus aliados democráticos respaldándolo, Estados Unidos es capaz de comenzar a guiar al mundo hacia un nuevo orden. Las verdades dadas por sentadas durante mucho tiempo sobre los beneficios de la globalización, el libre comercio, la automatización, la tecnología digital y la democracia liberal han dado paso a un mundo mucho más fragmentado, con múltiples centros de poder compitiendo por influencia y estatus, pero que, al mismo tiempo, como escribe Kupchan, está “más ligado y es más interdependiente de lo que lo fue durante el siglo XX”. Comienza a tomar forma un nuevo sistema de gobernanza global, tal vez en la línea de lo que Kupchan concibe: un concierto global de las principales naciones para preservar la paz y la cooperación, al tiempo que se reconoce la diversidad ideológica y cultural de un mundo complejo.
La recuperación de Estados Unidos es central para este futuro. Por muy grande que sea la degradación de los ideales estadounidenses en la era MAGA, Estados Unidos sigue siendo único en su poder, recursos y valores arraigados, y en su capacidad para superar graves deficiencias. Tuvieron que pasar ochenta y siete años y una cruel guerra civil antes de que la proposición de que todos los hombres son creados iguales se ampliara para incluir a las personas negras, y un siglo adicional para traducirla en ley. Las mujeres tienen derecho al voto desde hace apenas un poco más de 100 años, y la lucha por la igualdad está lejos de haber terminado. Sin embargo, para tomar prestadas más palabras de Abraham Lincoln, Estados Unidos ha logrado “un nuevo nacimiento de la libertad” una y otra vez, y puede lograrlo una vez más.
Avanzamos a duras penas
En esta versión de nuestro futuro colectivo, el mundo sigue adelante más o menos como está. Un nuevo gobierno estadounidense pone fin a los aranceles de Trump e intenta restaurar las relaciones con los aliados y evitar conflictos, pero una profunda polarización sigue apoderándose de la política estadounidense, alimentando tensiones constantes entre las ramas del gobierno y desestabilizando al poder ejecutivo.
La riqueza y el poderío militar de Estados Unidos infunden temor y respeto, pero tras todos los vaivenes de los gobiernos de Trump y de Biden, la mayor parte del mundo —incluidos Europa y Canadá— ya no puede ver a Estados Unidos ni como el referente democrático ni como un líder moral. Las alianzas e instituciones económicas lideradas por Estados Unidos se debilitan. Gobiernos de todo el mundo forman agrupaciones económicas cambiantes y recurren cada vez más a China en busca de comercio y seguridad.
A medida que China supera a Estados Unidos en lo económico y se acerca en lo militar, Pekín forja lazos económicos cada vez más estrechos con Europa y las economías emergentes e intensifica la presión sobre Taiwán, aunque evita enfrentamientos que podrían provocar una acción estadounidense. Varios de los países que antes quedaban relegados al mundo en desarrollo —como India, México, Brasil e Indonesia— se acercan a la primera línea, pero sin una visión compartida sobre cómo debería trabajar el mundo en conjunto.
En Medio Oriente, Trump por fin encontró una salida en Irán antes de dejar el cargo y restableció el paso por el estrecho de Ormuz, pero los mulás, con buena parte de su uranio enriquecido, siguen en el poder en Irán. Netanyahu ya no está, pero Gaza sigue devastada, y los nuevos asentamientos israelíes en Cisjordania siguen alimentando el resentimiento palestino. Putin ha sido derrocado por una junta de siloviki —los barones militares y de seguridad a través de quienes gobernaba—, pero la guerra con Ucrania sigue siendo un estancamiento ardiente. Europa asume una mayor responsabilidad por su propia defensa, pero le cuesta encontrar un enfoque unificado frente a China, Rusia o los problemas del mundo.
Tareas globales como combatir el cambio climático avanzan a trompicones, sin grandes compromisos ni progresos. La Organización de Naciones Unidas y sus principales agencias, como la Organización Mundial de la Salud y Unicef, siguen siendo vistos con recelo por buena parte de Estados Unidos y, por lo tanto, tienen un alcance y un financiamiento limitados. El mundo está en gran medida en paz, pero esto puede cambiar en cualquier momento mientras China gana fuerza con rapidez.
Declive sin freno
Aquí, la polarización y las recriminaciones paralizan a Estados Unidos. La OTAN y otras alianzas lideradas por Estados Unidos pierden significado en una vorágine de guerras arancelarias y rencor mutuo. Las principales organizaciones internacionales —la Organización de Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional— zozobran mientras los países del norte y del sur buscan seguridad y comercio en alianzas y bloques comerciales cambiantes. Pekín logra anexar a Taiwán sin resistencia militar internacional, pero el crecimiento de China se estanca, lo que deja al mundo sin un centro dominante. La IA no regulada conduce a una serie de nuevas crisis: incursiones y ataques descontrolados, proliferación de desinformación, pérdida de innumerables puestos de trabajo, avances peligrosos en la guerra cibernética.
Un Estados Unidos que genera desconfianza en otras naciones y está atrapado en debilitantes luchas internas conduce a un mundo profundamente fragmentado e inestable, cada vez más vulnerable a las exigencias de China. La xenofobia y los agravios antiguos se convierten en la materia de la política local y las relaciones internacionales, lo que lleva a estallidos en el Cáucaso, los Balcanes, el Cuerno de África y otros lugares donde los demagogos avivan las animosidades.
El calentamiento global sin freno genera caos en todo el mundo, desde agua de mar que inunda el Bowery hasta inundaciones y sequías en África y Asia, y desencadena enormes migraciones y conflictos nuevos. Un colapso total de las alianzas y organizaciones internacionales deja al mundo expuesto a toda la gama de flagelos históricos, desde la hambruna hasta la guerra.
Rusia, con sus yacimientos de petróleo y gas golpeados por drones ucranianos, amenaza con un ataque nuclear táctico contra Ucrania. Estados Unidos e Irán siguen en un estancamiento de años, que hace que el paso por el estrecho de Ormuz sea esporádico y peligroso, empuja el precio del petróleo cada vez más alto y suma, de manera especialmente grave, a las penurias de los países en desarrollo y de los pobres, con costos crecientes de energía, transporte y alimentos. Arabia Saudita y otras potencias de Medio Oriente pierden la fe en Estados Unidos. Los atentados terroristas se multiplican en Israel y los territorios ocupados, con la amenaza de guerra pendiendo sobre la región.
Incluso en este escenario, un enfrentamiento importante entre grandes potencias —Estados Unidos, China, Rusia o incluso Europa— sigue siendo improbable, dado que esos conflictos suelen girar en torno a agravios históricos, crisis artificiales o fronteras regionales, pero la amenaza de que los conflictos regionales se salgan de control está siempre presente. Los hombres fuertes en el poder no están por encima de usar el conflicto para extender su control sobre sus súbditos.
El mundo es un lugar oscuro, y Estados Unidos ya no está ahí para ofrecer luz.
Hay, por supuesto, innumerables otras maneras en que las cosas podrían desarrollarse en los próximos años y décadas. Como dijo, según se cuenta, nuestro gran sabio estadounidense: “Es difícil hacer predicciones, especialmente sobre el futuro”.
Los peligros son enormes, pero el futuro no tiene por qué ser distópico. Se vea como se vea el viejo orden liberal, sus logros no pueden negarse ni deshacerse con rapidez. Aun cuando las autocracias se propagan, el anhelo de libertad sigue siendo fuerte. Los ucranianos han demostrado una determinación extraordinaria por seguir siendo libres; los jueces estadounidenses todavía se plantan a menudo a los esfuerzos de Trump por subvertir la ley; periodistas de todo el mundo arriesgan su libertad e incluso su vida para informar la verdad; y los países aún corren a ayudar a otros cuando golpea una catástrofe, como lo hicieron cuando las inundaciones devastaron Nepal y el Tíbet en agosto.
Las elecciones pueden revertir una deriva extremista, como ocurrió en Polonia y Hungría, pero también pueden encender señales de alerta, como los avances de Alternativa para Alemania en las recientes elecciones regionales alemanas. Las elecciones legislativas de Estados Unidos del próximo mes serán examinadas con lupa en todo el mundo, y la contienda presidencial de 2028, todavía más.
En las palabras del himno, el destino de la humanidad todavía depende de las decisiones que las personas y las naciones toman “en la contienda de la verdad con la falsedad”. No siempre toman la decisión equivocada. La clave es no esperar demasiado.
