Cientos de adolescentes españoles —muchos con mocasines, pantalones blancos entallados y cortos, chalecos acolchados o chaquetas de caza Barbour— estallaron en vítores cuando una banda de chicos con atuendos similares presentó su exitosa canción desde el escenario.

“Esta canción es obvia, explica nuestros orígenes”, dijo uno de los cantantes al abarrotado patio de un exclusivo colegio católico en una noche lluviosa en Madrid. “¡Esto es lo que somos y no vamos a cambiar!”

Con eso, el grupo Avenida tocó los enérgicos acordes iniciales de su exitosa canción “Cayetano”, un término usado a menudo para describir a los jóvenes conservadores españoles con una afición por la ropa “pija”. Cuando llegaron al coro, el público cantó “Todos mis amigos se llaman cayetano” con alegría al unísono.

A nadie pareció importarle que la canción fuera, en realidad, una versión de casi una década de antigüedad de un éxito de otra banda española que la había usado para burlarse del mismo tipo de personas que ahora cantaban a todo pulmón. Que Avenida se hubiera reapropiado del insulto cayetano, un nombre de pila que suena aristocrático y que a menudo se asocia con familias adineradas, ejemplificaba la recién descubierta confianza de los jóvenes conservadores españoles.

El movimiento “cayetano”, retro y a veces revanchista, se ha erigido en abanderado de la contracultura en España, al oponerse a un gobierno de izquierda que ha dirigido el país durante casi una década.

Los autodenominados cayetanos —cuyo estilo ha impregnado las calles de Madrid, los mítines políticos nacionales y los conciertos de pop— se irritan en sus camisas planchadas y vestimentas florales sueltas ante el apoyo del gobierno de izquierda a la migración o su oposición a tradiciones españolas como las corridas de toros.

Sus opiniones son menos uniformes que sus atuendos. Algunos son figuras habituales de la sociedad española acomodada y miembros del principal partido conservador de España, pero la estética cayetana también se puede ver en los mítines de Vox, el principal partido de extrema derecha y antiinmigrante de España. Durante la pandemia, también fue una característica de las protestas en el barrio más exclusivo de Madrid contra los confinamientos por el coronavirus, una ola de manifestaciones que los medios de comunicación españoles apodaron “la revuelta de los cayetanos”.

En conversaciones con decenas de exponentes del estilo cayetano, a menudo se molestan ante la idea de que mantienen posturas racistas, sexistas u homofóbicas, o de que no se adhieren a las libertades civiles de la democracia española moderna. Pero también describieron los excesos del feminismo, el multiculturalismo y la política “progre” como una amenaza para la identidad tradicional de España.

Dicen que están en la primera línea de una batalla por la reversión cultural y política de Europa, con una adhesión renovada a las instituciones religiosas, los roles de género tradicionales y, para muchos, la política del nacionalismo.

“Es una respuesta contra la ola de antinacionalismo. Queremos estar orgullosos de las raíces de nuestro país, los toros, la iglesia, la forma en la que vestimos”, dijo Gonzalo Fernández de Heredia, de 22 años, un estudiante de Ingeniería y autodenominado cayetano.

Llevaba el uniforme pijo de los cayetanos mientras le añadía ron a su refresco de naranja en las gradas de la plaza de toros de Madrid en una tarde de junio.

“Queremos volver al pasado”, dijo.

Es una visión con la que algunas jóvenes españolas se sienten igualmente cómodas. “Ser cayetano es un estilo”, dijo Pilar Izquierdo, una consultora de 24 años, que aprueba ese look, y agregó que también era “una forma de estar en el mundo”.

Los liberales, incluidos los funcionarios del gobierno encabezado por el primer ministro Pedro Sánchez, cuyo nombre mismo es una maldición en los círculos de cayetanos, están preocupados de que los jóvenes conservadores sean potencialmente una amenaza para la democracia española, una acusación que a los conservadores les parece exagerada y, en sí misma, antidemocrática.

Los izquierdistas a menudo citan una encuesta del año pasado que mostró una creciente aprobación entre los jóvenes españoles de la dictadura de derecha de Francisco Franco, que terminó en 1975. Para los líderes de izquierda, los cayetanos son lobos franquistas con ropa tipo Ralph Lauren, los totalitaristas con mocasines del partido de extrema derecha de España, Vox.

A pesar de ese desprecio —o quizás debido a él—, los cayetanos están cada vez más presentes en todo el panorama cultural español, extendiéndose más allá de los círculos políticos y empresariales de élite de Madrid y el sur de España. En 2022, Burger King lanzó un anuncio en España, al ritmo de una versión operística de la canción “Cayetano”, que mostraba a una familia de españoles de clase alta, muchos de ellos llamados Cayetano, evaluando qué hacía que las hamburguesas de la cadena fueran tan elegantes. Ese año, un pódcast del periódico liberal El País preguntó: “¿Por qué nos fascinan los ‘cayetanos’?”. En 2024, María del Carmen Méndez Santos, de la Universidad de Vigo, publicó un artículo sobre “la lexicalización del antropónimo Cayetano”, en el que exploró cómo el término se había vuelto tan generalizado.

El surgimiento de la banda Avenida subrayó la llegada de los cayetanos como una fuerza cultural.

A fines de 2025, Javier Navarro, un cazatalentos de Universal Music Group, vio que uno de los videos musicales de Avenida se volvía viral. Los comentaristas se habían burlado del grupo de aspecto impecable llamándolos “Vox Street Boys”, una referencia al partido político de derecha. Pero Navarro y su sello discográfico vieron potencial.

“‘Hombre, tienes oro’”, dijo que sus colegas le dijeron después de que fichó al grupo.

Conocí a los cinco miembros de la banda, todos educados y afables, en uno de sus apartamentos, en una sala de estar decorada con un tríptico católico y un artículo de revista que los declaraba “buenos chicos”. Un mueble de zapatos detrás de la puerta tenía muchos mocasines.

La energía cultural, e incluso la vanguardia contracultural, está ahora en la derecha, dijo Nacho Gómez, uno de los cantantes principales de la banda, “sobre todo porque la gente quiere un cambio, ¿no? Si el cambio ahora es volver a lo que había antes, pues venga, entonces cambiamos”.

Dijo que lo genial ahora era ir a misa y tomar una cerveza los domingos, volver a cómo eran las cosas antes, porque “Lo antiguo mola. Políticamente, también”.

‘Queremos volver al pasado’

Los expertos dicen que el aspecto cayetano es redescubierto en lugar de nuevo, y se remonta a la nobleza terrateniente que vivía o veraneaba en el sur de España en el siglo XIX.

“Esta es una tradición que proviene de la alta sociedad andaluza”, dijo Carlos Sánchez de Medina, un destacado historiador de la moda.

Los hombres de esa clase a menudo miraban a Inglaterra, el máximo exponente de las clases terratenientes, y tomaron prestados los pasatiempos ingleses de la caza y la equitación, dijo Sánchez de Medina.

Poco a poco, los terratenientes adoptaron la estética de la caza y las marcas de ropa inglesas, como Barbour, y las camisas de vestir que se desabrochaban para dar un toque del sur de España. “Lo que ahora llamamos el cayetano”, dijo Sánchez de Medina, tuvo como modelo al “aristócrata terrateniente andaluz”.

Con el tiempo, dijo, el código de vestimenta adquirió un significado político. Había excepciones claras, dijo, pero en general era un aspecto conservador para personas conservadoras. En 2017, la banda de indie rock Carolina Durante categorizó a los adeptos al estilo como “cayetano” en su exitosa canción del mismo nombre. “Siempre tres botones desabrochados”, cantaba la banda refiriéndose a las camisas de pecho descubierto de los cayetanos. “Menudo pelazo”.

En Madrid, los aficionados a la estética a menudo se visten en Castellanos, una popular zapatería en el elegante barrio de Salamanca que ha prestado su nombre al estilo de mocasines preferido por los cayetanos.

En una tarde reciente, Luis Eugui, de 23 años que trabaja en finanzas, llevaba una camisa de botones abierta en una profunda V que exponía una maraña de cruces de oro y collares con medallones. Llevaba zapatos con borlas de Castellano y mostraba con orgullo el nuevo par que su padre, el director ejecutivo de una empresa de construcción, le había comprado.

Eugui rechazó el término cayetano como un insulto y dijo que era reduccionista pensar “que tu forma de vestir deba mostrar tu ideología política”. Podría votar por cualquiera, dijo.

Aun así, reconoció que su estilo de vestir más impecable estaba más asociado con la derecha, y su padre casi se atora ante la sugerencia de que su hijo pudiera apoyar al presidente liberal del gobierno español.

“Sánchez”, confirmó Eugui, “no es mi estilo”.

‘¡Vivan los cayetanos!’

Este verano, grupos de jóvenes vestidos de forma idéntica llenaron Las Ventas, la plaza de toros más famosa de Madrid. Muchos de ellos no estaban mirando: estaban de pie charlando en las gradas altas con la espalda hacia la acción mientras el torero luchaba por poner fin al sufrimiento del último toro de la noche.

Finalmente el toro cayó, y un grito de “¡A las terrazas!” estalló en las gradas. Grupos de jóvenes espectadores corrieron hacia el vestíbulo, mostrando sus identificaciones a los guardias de seguridad que abrían camino hacia los balcones. La corrida de toros se había convertido en una gigantesca fiesta de cayetanos.

Vestirse con las mejores camisas y mocasines para las corridas de toros se ha convertido en un acto político para los jóvenes conservadores españoles, aunque muchos de ellos, en realidad, no miren las lidias. Impulsados por la oposición del gobierno de izquierda a la tauromaquia, han contribuido a revivir el interés por la tradición española tras años de descenso de la asistencia a las plazas de toros.

Los gerentes de Las Ventas han aprovechado el momento. Para disgusto de los puristas taurinos, instalaron bares después del evento para atraer a los jóvenes a lo que se convirtió en una escena de citas conservadora, con la esperanza de que algunos también se enamoraran de la tauromaquia.

En octubre de 2025, el torero estrella Morante de la Puebla ofreció una actuación superlativa, después de dedicar su faena a Santiago Abascal, el líder de Vox que estaba sentado en la primera fila. Eso impulsó a cientos de aficionados taurinos jóvenes, vestidos al estilo cayetano, a invadir el ruedo. Tal exuberancia no se había permitido en el pasado, dijo Carlos Ruiz Villasuso, un funcionario de Las Ventas, en parte porque los espectadores eran generalmente demasiado mayores “para saltar la barrera”.

Ahora, dijo, las plazas de toros de todo el país estaban copiando su modelo de eventos posteriores. Estimó que alrededor del 30 por ciento de los poseedores de boletos de Las Ventas tenían ahora menos de 30 años. Y muchos de ellos, reconoció, llevaban el uniforme cayetano.

“No creo que sea una regla, es una forma de vestir”, dijo, y agregó: “¡Vivan los cayetanos!”

Pasada la medianoche, dos amigos, ambos vestidos como cayetanos, estaban de pie junto al borde de la terraza, hablando de política y comparando sus mocasines. Nicolás Paredes, de 20 años, llevaba mocasines pulidos, mientras que Lucas Fernández, de 19, llevaba unos con borlas.

“Estos son los dos tipos de zapatos”, dijo Paredes, un orgulloso partidario de la extrema derecha española.

Fernández dijo que Vox se había convertido en “el partido de los cayetanos”, incluso si el partido en sí había ampliado su atractivo para los votantes de clase trabajadora, con muchos miembros nuevos luciendo botas en lugar de mocasines.

Pero Fernández dijo que la ropa no siempre hace al hombre, ni a su política.

“Me gustan los socialistas”, dijo, casi en un susurro. “Soy el extraño aquí”.