Chihuahua, Chih.- La Agrupación Femenil Manos Amigas A, C. está por cumplir 40 años el próximo 21 de abril, en un entorno complejo y muchos retos para las familias.

La presidenta actual, Rebeca Hinojos, contadora de profesión, explica que la forma de operar ha cambiado. Antes no había tantos apoyos como ahora, pero la problemática está complejizada.

Hubo que dar un giro en las actividades, con nuevos programas, con una modernidad que trajo nuevos retos, planteándose en ser agentes de cambio.

Vieron la luz nuevos programas como escuela para padres, actividades integradoras entre padres e hijos, atención psicológica y creación de redes.

Todo ello, pensando en que formar una familia no es asunto de dos, no es asunto privado, es asunto de interés social, en un aprendizaje donde los hijos sin hablar enseñan el camino.

Recuerda que la agrupación nació en el lejano 1978 por inquietud de mujeres visionarias y con alto sentido de responsabilidad social.

Sus primeras integrantes acudían a colonias y zona rural cercana a la ciudad para brindar ayuda de asistencia social y humanitaria.

En una extensa entrevista, la presidenta de Manos Amigas habla de las nuevas presiones surgidas, violencia normalizada, fragmentación digital, relativismo en valores, y soledad en el hogar.

El resultado, dice, es un desafío mas profundo, la fragmentación del tejido familiar y comunitario, que las familias enfrentan con culpa y confusión.

Todo un reto recuperar la mesa, entendiendo que la presencia real no es quitarle el celular a nadie; es reconstruir aquello que hace que valga la pena estar juntos.

Hábleme del trabajo que ha desarrollado Manos Amigas

La Agrupación Femenil Manos Amigas inició con programas asistenciales, brindando servicios de asistencia social, ayudas con despensas, festejos por el Día del Niño, dando clases de secretariado, en colonias tales como Los Pinos, Campesina, Cerro de la Cruz, San Jorge, Martín López, y otras.

En esos años no estaban tan apoyadas las organizaciones de la sociedad civil, por el gobierno, por lo que todo el trabajo que realizaban era con ayudas de empresarios o campañas de colectas, ventas de pays e incluso las mismas integrantes aportaban recursos.

La agrupación vio la necesidad de dar un giro a sus actividades y enfocarlas al desarrollo humano.

Nacieron proyectos como Parentalidad positiva, rescate de espacios públicos, prevención del delito y cultura de la legalidad, ya con recursos de donantes estatales y nacionales.

Hemos trabajado en el municipio de Aquiles Serdán y Chihuahua.

Recuerdo con mucho agrado cuando trabajamos en el modelo de Impacto Colectivo en la colonia Lealtad 1, fue un proyecto con mucho éxito y generó gran participación de la comunidad.

Después surgieron proyectos como: Pequeños Grandes Agentes de Cambio y Seamos agentes de Cambio, realizado durante 9 años consecutivos en diversas colonias de la ciudad.

En el 2017 fue diseñado el modelo de atención el cual tiene cuatro ejes, Escuela para padrescrianza positiva, actividades integradoras entre padres e hijos, atención psicológica y creación de Redes.

Los últimos ocho años hemos trabajado este modelo de atención en proyectos denominados Seamos agentes de cambio, porque estamos convencidas que los integrantes de las familias podemos ser agentes de cambio, primero en nuestro entorno primario, después en nuestra colonia y luego en la comunidad.

Detrás de toda asociación hay una historia de inspiración. En su caso personal, ¿cuál fue el momento exacto en el que decidió que el cuidado de la familia debía ser su campo de batalla?

Yo no llegué a este trabajo por una vocación abstracta. Llegué por algo muy concreto, el día que nació mi primera hija.

En ese momento, con ella en brazos, no pensé en estadísticas ni en políticas públicas. Pensé en qué mundo le estaba entregando. Qué valores iba a encontrar afuera. Qué tan sola iba a estar si yo no construía algo sólido adentro de nuestra familia.

Esa pregunta no me abandonó. Y con el tiempo, al ir formando una familia con seis hijos, al ejercer mi profesión y al dar clases, fui entendiendo que lo que yo vivía en casa no era un asunto privado. Era un asunto social.

Las familias chihuahuenses estaban enfrentando los mismos dilemas que yo, pero muchas sin herramientas, sin redes, sin acompañamiento. Y ahí encontré mi lugar.

No lo llamo campo de batalla, lo llamo campo de siembra. Porque lo que hacemos en Manos Amigas no es pelear contra algo, sino construir algo. Cuarenta años de trabajo nos han confirmado que vale la pena. Que una familia fortalecida cambia una colonia, y una colonia cambia una ciudad.

Mi primera hija me enseñó eso sin decir una sola palabra.

¿Ha cambiado la visión de la asociación desde su fundación hasta hoy, considerando que el concepto de 'familia' enfrenta muchos retos?

La visión central no ha cambiado. Lo que ha cambiado es nuestra comprensión de los contextos en los que esa visión tiene que operar.

Cuando Manos Amigas nació, hace cuatro décadas, el entorno era distinto. No más sencillo, distinto. Las familias enfrentaban otros tipos de presión: económica, migratoria, de acceso a servicios básicos.

Hoy esas presiones siguen, pero han sumado otras: la violencia normalizada, la fragmentación digital, el relativismo en los valores, la soledad dentro de los propios hogares.

Lo que no ha cambiado es nuestra convicción de que la familia, con su estructura, con sus compromisos, con sus valores, es el núcleo desde el cual construyen todo lo demás. Eso no lo hemos negociado en cuarenta años y no lo vamos a negociar.

Lo que sí hemos aprendido es que defender esa convicción requiere escuchar más, no menos. Porque las familias que llegan a nosotras hoy traen realidades más complejas que antes. Y si no somos capaces de acompañarlas donde están, no les servimos de nada.

Entonces nuestra visión no ha cedido en el fondo, pero sí ha madurado en la forma.

¿Cuál es el desafío que enfrentan las familias hoy en día, más allá de lo económico?

Desde mi experiencia trabajando directamente con familias en Chihuahua, el desafío más profundo que veo hoy, más allá del dinero, es la fragmentación del tejido familiar y comunitario.

Las familias están perdiendo los espacios y los tiempos para estar juntas, para hablar, para resolver sus conflictos internamente. No porque no quieran, sino porque el ritmo de vida, la violencia en el entorno, la migración forzada y la desconfianza entre vecinos han ido erosionando esos vínculos.

Al enfrentar las familias el tema de las pantallas, ¿Cómo rescatan la presencia real, personal, en la era de la distracción digital?

Desde nuestra experiencia en campo, las familias no enfrentan este tema con estrategias, lo enfrentan con culpa y confusión.

Los padres saben que algo no está bien, pero no tienen herramientas para nombrarlo ni para actuar. Y muchas veces ellos mismos están igual de enganchados al celular que sus hijos.

El problema real no es la pantalla. Es el vacío que la pantalla llena. Cuando en una casa no hay conversación, no hay ritual, no hay tiempo compartido con sentido —la pantalla ocupa ese espacio. Es la respuesta más accesible al aburrimiento, a la soledad, al agotamiento.

Entonces, rescatar la presencia real no es quitarle el celular a nadie. Es reconstruir aquello que hace que valga la pena estar juntos.

En la práctica, lo que funciona es recuperar la mesa. Que exista, aunque sea una comida al día sin pantallas y con conversación real.

Tener rituales familiares pequeños y constantes. Un juego, una caminata, una tarea compartida. Algo que le dé identidad al grupo.

Dicen que 'se han perdido los valores'. ¿Usted cree que se han perdido, o que simplemente no sabemos cómo aplicarlos a las nuevas dinámicas sociales?

Los valores no se han perdido. Lo que se ha perdido es el contexto que los hacía visibles.

Antes, la transmisión de valores ocurría de forma natural en espacios cotidianos: la mesa, el trabajo compartido, la convivencia intergeneracional. Esos espacios fueron fragmentados —no por maldad, sino por las presiones de la vida moderna: jornadas largas, migraciones, pantallas, aceleración-.

El problema no es que las familias ya no valoren la honestidad, el respeto o la responsabilidad. El problema es que no saben cómo aterrizarlos cuando la vida transcurre en pantallas, en ausencias, en rutinas agotadas.

Un adolescente que pasa horas en redes no está buscando el vacío, está buscando pertenencia, reconocimiento, identidad. Esos son valores humanos de siempre. Solo que ahora los busca donde puede encontrarlos.

¿Considera que las políticas públicas actuales son 'amigables' con la familia?

Desde nuestra experiencia de 40 años acompañando familias chihuahuenses, la respuesta honesta es: no del todo.

No porque haya una intención deliberada de dañar a las familias, sino porque las políticas públicas frecuentemente están diseñadas para atender síntomas, no causas. Atienden la pobreza con transferencias, la violencia con refugios, la deserción escolar con becas. Todo eso es necesario, pero ninguna de esas intervenciones fortalece a la familia como unidad.

En un mundo que cambia tan rápido, ¿pareciera que el concepto de 'familia tradicional' está en crisis, es cierto esto? ¿Por qué?

La palabra "crisis" implica que algo está fallando. Yo diría que lo que está en crisis no es la familia tradicional —es la comprensión que tenemos de ella.

Durante décadas redujeron la familia tradicional a una estructura: papá, mamá, hijos bajo el mismo techo. Y cuando esa estructura es modificada —por migración, por divorcio, por muerte— concluyen que la familia "se rompió". Pero eso es confundir la forma con el fondo.

Lo que define a la familia tradicional, desde nuestra perspectiva en Manos Amigas, no es una configuración específica de personas. Son los valores que la sostienen: el compromiso, la fidelidad, la responsabilidad compartida, el amor traducido en presencia y en sacrificio. Eso no ha desaparecido. Sigue vivo en miles de familias chihuahuenses que nadie documenta porque no generan escándalo.

Lo que sí está en disputa es el significado de esos valores en el discurso público. Hay una presión cultural muy fuerte para relativizarlo todo, para decir que cualquier forma de convivencia es equivalente. Y nosotras no coincidimos con eso, con todo respeto.

Muchos expertos aseguran que la seguridad pública empieza en la casa, ¿será por ello que los valores familiares son relevantes?

Completamente. Y no es una metáfora —es una realidad que vemos operar todos los días.

Cuando hablamos de seguridad pública, inmediatamente pensamos en policías, en leyes, en cárceles. Pero esas son respuestas al problema ya instalado. La pregunta más importante es anterior: ¿por qué una persona llega a ejercer violencia, a integrarse al crimen, a perder el sentido de lo que está bien y lo que está mal?

La respuesta casi siempre tiene una historia familiar detrás.

No estoy diciendo que las familias sean las únicas responsables —eso sería injusto e inexacto. Hay factores económicos, sociales, institucionales que pesan enormemente. Pero sí estoy diciendo que una persona que creció en un entorno con vínculos seguros, con límites claros, con adultos que modelaron integridad, tiene más recursos internos para resistir la violencia y la corrupción.

En Manos Amigas lo hemos visto en dirección contraria también: familias que llegan a nosotras después de perder a un hijo en el crimen organizado, y cuando reconstruimos la historia, encontramos años de ausencia, de violencia no atendida, de vínculos rotos que nadie acompañó a tiempo.

“Lo que define a la familia tradicional, desde nuestra perspectiva en Manos Amigas, no es una configuración específica de personas. Son los valores que la sostienen: el compromiso, la fidelidad, la responsabilidad compartida, el amor traducido en presencia y en sacrificio. Eso no ha desaparecido. Sigue vivo en miles de familias chihuahuenses que nadie documenta porque no generan escándalo"

Rebeca Hinojos, Presidenta de Agrupación Femenil Manos Amigas A, C.

Los valores familiares son relevantes precisamente porque son la primera escuela de convivencia. Ahí aprenden —o no aprenden— a resolver conflictos sin violencia, a respetar al otro, a ser responsable de las propias acciones.

La seguridad no empieza en la patrulla. Empieza en la mesa de la casa.

Algo que agregar…

Cerrar esta historia sin reconocer a las mujeres que dieron origen a Manos Amigas sería dejar fuera lo más valioso de estos 40 años.

Fueron mujeres con visión, pero sobre todo con una profunda sensibilidad social, que decidieron salir de la comodidad para encontrarse con realidades difíciles y actuar. Sin grandes recursos, pero con una enorme convicción, caminaron colonias, tocaron puertas y construyeron, desde lo más básico, una obra que hoy sigue transformando vidas.

Su legado no está solo en lo que hicieron, sino en lo que sembraron. Gracias a su compromiso, hoy existe una asociación sólida que continúa trabajando por el fortalecimiento de la familia y la comunidad.

Cuarenta años después, nuestra respuesta sigue siendo la misma: unidas para ayudar. Porque ninguna familia debería enfrentar sola lo que todas podemos sostener juntas.

Facebook: Agrupación Femenil Manos Amigas; Instagram: @ manosamigas.ac