En un pequeño taller ubicado en la avenida Niños Héroes, a unos metros de la calle 25, el sonido metálico de engranes, agujas y motores cuenta una historia que no comenzó ayer: la de un oficio heredado de manos expertas y una tradición familiar que ha logrado sostener generaciones. Ahí trabaja Pedro Antúnez Hernández, un técnico en reparación de máquinas de coser que ha convertido su oficio en una forma de vida.

Con 56 años de edad y más de tres décadas de experiencia, Pedro no sólo arregla máquinas, devuelve el sustento a hogares, talleres y negocios.

“Yo hago la reparación de máquinas industriales y familiares, para amas de casa, tapiceros, modistas, zapateros… todo tipo de máquinas de coser”, explica con la naturalidad de quien ha crecido entre herramientas y mecanismos.

Originario de Cuernavaca, Morelos, llegó a Chihuahua hace aproximadamente 24 años, en busca de mejores oportunidades.

Pero su historia con las máquinas comenzó mucho antes. “Es herencia de mi padre, él nos enseñó a mis hermanos y a mí; yo aprendí lo básico con ellos y después tomé cursos en México para especializarme en máquinas industriales y más complejas”, relató.

Ese conocimiento no quedó en una sola generación. Hoy, sus hijos y sobrinos también han aprendido el oficio, convirtiendo el taller en una escuela viva donde el conocimiento es transmitido de mano en mano.

En su taller conviven máquinas de todas las épocas: desde las antiguas de manivela y pedal, hasta modernas electrónicas con sensores. Cada una representa un reto distinto.

“Las más complicadas ahora son las electrónicas porque traen sensores y cualquier variación de voltaje las daña, es más difícil encontrarles la falla”.

En contraste, las máquinas industriales destacan por su potencia y resistencia, diseñadas para largas jornadas de trabajo pesado.

Pedro describe con precisión las entrañas de estos equipos: piezas como el cangrejo o lanzadera, la bobina, el tirahilos, los dientes de arrastre o el prensatelas, que trabajan en sincronía para lograr una costura perfecta.

“Todo tiene que estar bien calibrado, especialmente en máquinas de trabajo pesado, como las que cosen lonas o cinturones de seguridad para tráileres”.

Entre las joyas que han llegado a sus manos, recuerda con especial atención las máquinas más antiguas, como las de sistema de lanzadera, verdaderas reliquias que aún pueden volver a la vida con el cuidado adecuado.

A lo largo de los años, este trabajo le ha permitido sacar adelante a su familia, brindando estabilidad económica y oportunidades de estudio a sus hijos. “De aquí ha salido todo, gracias a Dios, es un trabajo honrado que me ha dado para vivir”, dijo con orgullo.

También se dedica a la compra y venta de máquinas, así como a la comercialización de refacciones como agujas, bobinas, carretes y otros accesorios esenciales.

El taller de Pedro no sólo es un punto de servicio, sino también un refugio para quienes buscan rescatar una máquina olvidada en casa. “Si tienen una máquina arrumbada, aquí la revisamos. Muchas veces todavía tienen vida”.

En tiempos donde lo desechable parece dominar, oficios como el de Pedro Antúnez resisten, recordando el valor de reparar, conservar y dar nueva vida a lo que parece perdido. Su historia es la de muchos mexicanos que, con esfuerzo y conocimiento, mantienen vivas tradiciones que no solo cosen telas, sino también historias familiares. Para quienes necesiten de sus servicios, Pedro está en la avenida Niños Héroes y calle 25, o puede ser contactado al teléfono 614-189-3203.

Ahí, entre el sonido constante de una aguja que sube y baja, sigue latiendo un oficio todavía clave para muchos negocios.