“Hablar de suicidio suele llevarnos directamente al desenlace: la pérdida; al impacto devastador en quienes se quedan, pero pocas veces nos detenemos a mirar el territorio emocional que lo precede: ese espacio íntimo, muchas veces invisible, donde una persona comienza a desvanecerse por dentro mucho antes de desaparecer físicamente”.
Así lo refirió Karen del Valle Rosario, psicóloga especialista en violencia de género, quien explicó que el suicidio no empieza el día en que ocurre, sino mucho antes.
Las personas que atraviesan por el dolor de vivir no siempre están buscando morir, explica la psicóloga Karen del Valle.
De acuerdo con la especialista en salud mental, esto comienza a través de pequeñas grietas emocionales que se van ensanchando con el tiempo, con el cansancio profundo de existir, la sensación de no pertenecer, la desconexión silenciosa con uno mismo y con los otros.
DESCONEXIÓN SILENCIOSA
“Las personas que atraviesan este dolor no siempre quieren morir, muchas veces lo que desean es dejar de sentir como sienten. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas, pero cuando el sufrimiento se vuelve constante, abrumador y aparentemente interminable, esa diferencia comienza a difuminarse”. La psicóloga explicó que previo al suicidio suele haber una lucha interna intensa que no es una decisión impulsiva en la mayoría de los casos, sino el resultado de un desgaste emocional sostenido.
Proviene de una mente que no descansa, un corazón que no encuentra alivio, una narrativa interna que se vuelve cada vez más dura, más crítica, más desesperanzada. De igual manera Karen del Valle refirió que surge la idea de ser una carga, de no ser suficiente, de que nada va a cambiar.
“Poco a poco, la persona comienza a retirarse: deja de compartir, de pedir ayuda, de expresar lo que siente, no porque no lo necesite, sino porque muchas veces no encuentra palabras, o teme no ser comprendida.
El aislamiento se vuelve un refugio peligroso, donde el dolor crece sin ser visto. Hay también una profunda ambivalencia: una parte de la persona quiere quedarse, quiere encontrar alivio, quiere ser sostenida. Otra parte, agotada, busca una salida definitiva. Esa tensión interna es una de las experiencias más dolorosas que puede vivir un ser humano”.
Aunado a eso, la terapeuta señaló que el suicidio no puede entenderse únicamente como un acto final, sino que es la expresión de un proceso emocional complejo, donde el sufrimiento ha superado los recursos internos y externos disponibles en ese momento.
“Esta reflexión no busca generar culpa en quienes rodean a alguien que ha atravesado este proceso; tampoco pretende simplificar algo tan profundo.
Busca, más bien, abrir una mirada más compasiva y consciente, porque si algo necesitamos como sociedad es aprender a mirar antes del desenlace: aprender a escuchar lo que no siempre se dice, a validar el dolor sin minimizarlo, a sostener sin juzgar y, también, a reconocer que nadie debería tener que llegar a ese punto en soledad”.
Además, dijo que hablar de salud mental no es una tendencia, es una necesidad urgente. Crear espacios seguros donde las personas puedan mostrarse vulnerables puede ser en muchos casos, un puente entre la desesperanza y la posibilidad. Porque a veces, lo que salva no es tener todas las respuestas, sino sentir que alguien está dispuesto a quedarse, a escuchar y a no soltar.
En ese mismo sentido, manifestó que desde una perspectiva clínica es fundamental comprender que el suicidio está asociado a estados de desregulación emocional intensa, donde la persona percibe su dolor como interminable y sus recursos de afrontamiento como insuficientes.
Factores como la desesperanza, la rigidez cognitiva, la autocrítica severa y el aislamiento social suelen estar presentes, limitando la capacidad de la persona para imaginar alternativas posibles.
“En psicoterapia trabajamos precisamente en ese punto de quiebre: en ampliar la percepción de opciones, en flexibilizar la narrativa interna y en reconstruir el vínculo con uno mismo y con los otros.
Acompañar implica ofrecer un espacio seguro donde el sufrimiento pueda ser nombrado, validado y sostenido sin juicio”.
Del Valle enfatizó que la evidencia clínica muestra que cuando una persona logra sentirse escuchada genuinamente, su nivel de desesperanza puede disminuir, abriendo una pequeña pero significativa posibilidad de continuar y que no se trata de eliminar el dolor de manera inmediata, sino de ayudar a que deje de vivirse en soledad y de fortalecer gradualmente los recursos internos y relacionales. “Por ello, la intervención oportuna, el acceso a atención en salud mental y la construcción de redes de apoyo no son elementos secundarios, sino factores protectores esenciales.
Visibilizar el sufrimiento psíquico, intervenir antes del colapso y sostener procesos terapéuticos consistentes puede marcar una diferencia significativa en la trayectoria emocional de una persona. Hablar, escuchar y acompañar no es solo un acto humano: es también una forma de prevención”, finalizó.
