I de II partes

Chihuahua, Chih.- No son cifras. No son expedientes oncológicos. Son tres mujeres que tuvieron que aprender a vivir con el miedo, con un espejo que ya no reconocían y con un sistema de salud que, en muchos casos, las hizo pelear dos veces: una contra el cáncer y otra contra la burocracia.

Claudia, Alejandra y Yazmín enfermaron a edades distintas, con diagnósticos distintos y pronósticos diferentes. Pero comparten la misma cicatriz invisible: la incertidumbre, el desgaste emocional y la exigencia de que el derecho a la salud deje de ser una fortuna.

A Claudia le diagnosticaron cáncer de mama en agosto de 2014, a los 40 años. Carcinoma ductal infiltrante de alto grado, grado histológico 3, HER2 positivo. Hoy está en seguimiento oncológico, sin evidencia de enfermedad en estudios anteriores, pero en revisión constante por las secuelas del tratamiento.

Su historia tiene una escena que no olvida. El día que le dieron los resultados, la doctora le dijo que fuera esa misma tarde con el oncólogo. Esa misma tarde tenía programado su examen de grado de la Maestría en Derecho Penal Judicial. Tres años de esfuerzo.

"Recuerdo que salí del consultorio con ganas de encerrarme en mi casa, llorar y aventar todo. Pero también pensé ¿qué voy a conseguir con eso? Si llorar hubiera servido para quitarme el padecimiento o el miedo, habría llorado un mar entero".

Recogió los pedazos de su alma, como ella dice, y se presentó. Todos creyeron que estaba nerviosa por el examen. Nadie sabía que acababa de recibir un diagnóstico de cáncer. Aprobó. Al día siguiente fue a Oncología.

Para Claudia, lo más difícil no fue el tratamiento. Fue lo que nadie ve. La incertidumbre de no saber si el cuerpo va a responder, si el esfuerzo tendrá resultado. Aprendió una frase en el camino que hoy repite: se puede sonreír incluso en la oscuridad, pero no por eso la oscuridad es agradable.

Con el tiempo, mucha gente le pedía que hablara con familiares que estaban recién diagnosticadas porque ella "siempre se veía contenta". Su respuesta era firme: "¡Pues claro que llora! ¡Está viviendo algo muy difícil! Déjala llorar".

Claudia insiste en que hay que respetar el dolor. Que sonreír en una foto no significa que no haya habido noches de miedo. Que acompañar no es exigir que el otro esté bien para que nosotros nos sintamos tranquilos.

Hubo días en que quiso rendirse. No uno, muchos. Después de varias quimioterapias se sentía como en una pelea de box. Al principio te recuperas rápido, pero los golpes se acumulan y ya no quieres volver al ring. "La mitad del tiempo le echaba ganas y la otra mitad, echaba madres. Es importante decirlo porque a veces romantizan demasiado el proceso".

Lo que la sostuvo fue su fe, sus proyectos, sus ganas de vivir y una decisión: no ser espectadora pasiva. Siguió indicaciones al pie de la letra, cambió su alimentación, cuidó su cuerpo. Lo veía como un trabajo en equipo: los médicos ponían el tratamiento, ella ponía la disciplina.

Y aunque su evolución fue extraordinariamente favorable, sabe que en el cáncer no hay garantías. "Puedes seguir todas las indicaciones, cuidarte, tener una actitud positiva y hacer absolutamente todo lo que consideras necesario y, aun así, las cosas pueden no resultar como esperabas".

Su relación con el espejo también cambió. Tenía el cabello corto y le decían que entonces no importaba tanto perderlo. "¡Claro que importa! Y mucho. No fue una decisión mía". Entendió que preocuparse por la apariencia durante la quimio no es banalidad, es una pérdida más. Y que nadie tiene derecho a decirle a otra mujer cómo debe vivir su enfermedad, si con peluca, con pañuelo o sin nada.

A diferencia de muchas pacientes, Claudia tuvo una atención médica extraordinariamente positiva. No tuvo que pelear por citas o medicamentos. Y justo por eso, dice, le duele más pensar en las que sí tienen que hacerlo. Desde su formación jurídica lo resume claro: hay una diferencia enorme entre tener reconocido un derecho y poder ejercerlo efectivamente. El derecho a la salud no puede quedarse en el papel.

Hoy vive con revisiones periódicas. Al principio cada estudio le devolvía el miedo del primer diagnóstico. Con el tiempo aprendió a verlos distinto: no como una amenaza, sino como la oportunidad de detectar a tiempo si algo vuelve. No puede controlar el futuro, pero puede ocuparse de su presente.

No le gusta mucho la palabra sobreviviente o guerrera, porque siente que sugiere que quien murió no luchó lo suficiente. Ella se define más simple: "Soy una mujer que tuvo cáncer, que recibió tratamiento, que ha vivido sus consecuencias y que continúa con su vida. Y eso, para mí, es suficiente".

Su mensaje para quien empieza: "No siempre podemos elegir las circunstancias que nos toca vivir, pero sí cómo enfrentarlas".