Cd. de México.- Hasta 38 toneladas de alimentos son tirados a la basura por minuto en el País, de acuerdo con el Banco de Alimentos de México
A principios de año, Alicia Bárcena, titular de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales de México (Semarnat), subió a un panel en Davos y dijo algo que suena fácil, pero cumplirlo es otra historia: "No más economía lineal. No más extractivismo".
Tres meses después, la misma Secretaria presentó la edición más completa que el Gobierno mexicano haya publicado de su diagnóstico nacional de residuos. Las dos cosas juntas deberían ser una noticia enorme. Sin embargo, apenas causaron ruido. El Diagnóstico Básico para la Gestión Integral de los Residuos 2026, publicado hace unas semanas, confirma hábitos sociales en poco más de 300 páginas de datos, con una precisión que debería avergonzarnos colectivamente: de las 140 mil toneladas de basura que este País produce cada día, 40 por ciento son residuos orgánicos. Y no sólo eso, la fracción alimentaria encabeza la lista con casi 30 toneladas de cada 100; es decir, casi una tercera parte de residuo fue, en algún momento, comida. O pudo haberlo sido.En un análisis, Kim Durand, CEO de la plataforma Cheaf, sostiene que el problema no es únicamente de manejo de basura, sino de un sistema alimentario que desecha productos aptos para el consumo por criterios comerciales, mientras millones de personas enfrentan inseguridad alimentaria.
Durand plantea que la reglamentación de la nueva Ley de Economía Circular incorpore medidas para obligar a grandes generadores a rescatar y redistribuir alimentos antes de que se conviertan en basura, con incentivos para quienes lo hagan y sanciones para quienes no. El Banco de Alimentos de México lo traduce de otra manera: 38 toneladas de alimento desperdiciado por minuto. En el tiempo que tarda alguien en leer esta columna, México habrá tirado suficiente comida para alimentar a una ciudad mediana. Y eso es sólo lo que se registra. Lo que ni siquiera llega al camión recolector las toneladas diarias que se quedan en las calles, los ríos y los terrenos baldíos no entran en ninguna contabilidad o inventario. Dicho así parece un problema de basura. No creo que lo sea. Es un problema de alimentos. Llevo años viendo el mismo ciclo: alimentos perfectamente consumibles como lo son frutas con una mancha, pan del día anterior, lácteos a días de su caducidad que el comercio descarta porque el sistema está diseñado para la perfección estética y la rotación rápida, no para aprovechar lo que existe. Eso llega eventualmente a la basura. Y la basura, en México, llega en el mejor de los casos a un relleno sanitario. El diagnóstico de Semarnat confirma que el mejor caso es la excepción: sólo 52 de los 2 mil 250 sitios de disposición final del País cumplen con todos los requisitos de la norma oficial. Catorce estados no tienen ni uno. Y lo que ocurre después importa. Cuando un alimento descartado llega a un relleno sanitario, no simplemente "desaparece". Al descomponerse, libera gases contaminantes, genera líquidos que se filtran al suelo y al agua, y contribuye a saturar una infraestructura que ya opera al límite. Lo que va al bote de basura no desaparece, se transforma en otro problema. Lo que sí desaparece de la conversación pública es quién carga con las consecuencias. Los tiraderos a cielo abierto no están en las colonias de mayor ingreso. Están en las periferias. En los municipios que menos recursos tienen para exigir infraestructura digna. Y en esas mismas geografías viven también las personas con mayor inseguridad alimentaria. El tiradero y el hambre comparten dirección. Es la misma lógica de abandono expresada de dos formas distintas. Bárcena tiene razón cuando habla de la urgencia de un cambio de paradigma. El problema es que esto no se logra por decreto o por diagnóstico. Cambia cuando se toman decisiones incómodas. Una de las más urgentes: México no tiene todavía un inventario oficial de pérdida y desperdicio alimentario articulado con su sistema de residuos. Para los residuos peligrosos existe. Para el alimento que se desperdicia antes de llegar al camión, no. Cuantificar el desperdicio alimentario obliga a nombrar a responsables en la cadena, pero es también el camino para actuar. La Ley de Economía Circular, representa algo que no teníamos: un reconocimiento formal, por primera vez en la historia legislativa de México, de que los recicladores de base son actores clave del sistema. Eso importa. Las estimaciones hablan de hasta 400 mil personas y familias enteras, que sostienen informalmente buena parte de la valorización de materiales del País. Nombrarlos en una ley es el primer paso para protegerlos, integrarlos y dignificar su trabajo. Pero la ley no menciona, al menos no con la especificidad necesaria, a otros actores: las organizaciones de rescate alimentario; los bancos de alimentos, las empresas sociales, las plataformas de redistribución que operan en la cadena de residuos, justo antes de que el alimento se convierta en basura en vez de nutrir. Si la reglamentación de esa ley tuviera que incorporar una sola medida que conecte el sistema de residuos orgánicos con la redistribución alimentaria, sería esta: responsabilidad extendida del productor aplicada a la cadena alimentaria. Que los grandes generadores comerciales de excedentes estén obligados a gestionarlos y hacer todo lo posible antes de que acaben como residuo. Con incentivos fiscales para quien lo haga bien. Con consecuencias para quien no. Hay algo que aprendí en Francia y que México me confirma cada día: los países que mejor gestionan sus residuos orgánicos no son los que tienen los mejores rellenos sanitarios. Son los que menos alimento llevan a ellos. La solución no es enterrar mejor. Es rescatar antes, evitar que sigan siendo parte de la estadística. Redistribuirlos. Valorarlos como lo que son: alimentos que alguien, en algún lugar de este país, necesita. El diagnóstico de Semarnat describe con precisión el sistema de residuos que tenemos. Lo que no describe es el sistema alimentario que queremos. Eso lo tenemos que construir todos como sociedad. Y el primer paso requiere decidir que el alimento que todavía tiene la capacidad de nutrir no puede llamarse basura mientras alguien tiene hambre.
