Ciudad Juárez.- La escena parece salida de una novela distópica, pero ocurrió en la vida real. En medio de la polémica nacional por los llamados a encuentros de therians —jóvenes que aseguran una conexión espiritual o identitaria con animales— el Congreso de Nuevo León recibió una propuesta formal: la llamada “Ley Therian contra el acoso”.
Un joven que se identifica como therian caballo llegó acompañado de su abogado para impulsar la iniciativa. El planteamiento busca obligar a las escuelas a implementar protocolos contra el bullying, capacitar a docentes, abrir líneas de denuncia y generar programas de sensibilización para proteger a quienes se asumen dentro de esta comunidad.
Hace apenas unos años, la sola idea habría parecido impensable, incluso cómica. Hoy es materia legislativa. La propuesta se inscribe en una época donde las identidades se multiplican y el derecho intenta alcanzarlas a todas. Pero la pregunta no es jurídica, sino social: ¿qué está ocurriendo con nuestras nociones de identidad, pertenencia y realidad?
En las aulas, donde antes se discutían uniformes o tareas, ahora podrían debatirse protocolos para estudiantes que se reconocen como lobo, gato o caballo. ¿Es esto una expresión legítima de diversidad que merece protección frente al acoso? ¿O es una señal de una sociedad que no sabe cómo acompañar a sus jóvenes en la construcción de sí mismos?
El dilema se vuelve íntimo. Si su hijo le dijera que se identifica como animal, ¿qué haría? ¿Lo abrazaría sin cuestionamientos, celebrando su autenticidad? ¿O buscaría ayuda psicológica, temiendo que detrás haya una confusión más profunda?
La iniciativa abre un debate incómodo. Entre el deber de erradicar cualquier forma de acoso y la necesidad de discernir hasta dónde debe extenderse el reconocimiento legal de identidades emergentes, la sociedad mexicana enfrenta un espejo. En él no solo se refleja una comunidad minoritaria, sino nuestras propias certezas tambaleantes sobre lo que somos.
