Se acabó el Mundial en México y también para una selección mexicana con un espíritu que arrancó ovaciones, pese a caer 3-2 contra Inglaterra.

Y no, no fue el Mundial de la trascendencia Tricolor, pero sí el de historias inolvidables: el de las cuatro victorias consecutivas, el de los cuatro goles de Julián Quiñones, el del adiós de Guillermo Ochoa y el bautizo de Gilberto Mora, y muchas otras que hicieron vibrar al País.

Ayer, impulsado por una valiente afición, el Tricolor respondió con arrojo al doble mazazo de Jude Bellingham, con goles al 36' y 38'.

México no se achicó.

En las gradas, el "¡¿Y si sí?!" mutó en el "¡Sí se puede!".

En la cancha, Quiñones metió un riflazo que se celebró hasta en el hogar más recóndito.

Porque en este Mundial quedó claro que al mexicano le hierve la sangre: a veces para cometer descuidos, como el penal que Harry Kane convirtió al 60'; otras, para reaccionar de inmediato, como ocurrió con el cobro acertado por Raúl Jiménez al 69'.

Sonó el silbatazo final y los ingleses se desplomaron cual soldados de plomo, exhaustos por la altitud y la presión de un rival y una afición que vendieron cara la derrota.

En las gradas hubo llanto, pero no mucho; en la cancha, también, pero no tanto.

El mexicano se despidió orgulloso de una Selección Nacional, a la que arropó con ovaciones y aplausos.

Cuando se entrega la piel y el alma, como reconoció el técnico Javier Aguirre, hasta en las caídas se canta.