Cd. de México.- En 1989 nació el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), la principal agencia civil de inteligencia del Estado mexicano durante casi tres décadas.

Su misión era obtener información estratégica, identificar riesgos y advertir al Gobierno sobre amenazas a la seguridad nacional.

México aún transitaba los momentos finales de la Guerra Fría y el narcotráfico estaba próximo a convertirse en la principal amenaza, junto con los movimientos estudiantiles y anárquicos.

Tres décadas después, el CISEN desapareció.

En su lugar nació el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), una institución que heredó archivos, infraestructura, personal y buena parte de las capacidades construidas desde finales de los años ochenta.

La transformación fue presentada en 2018 como parte de una reestructuración de los aparatos de seguridad del Estado.

Siete años después, la inteligencia civil mexicana no sólo sigue vigente, sino que atraviesa una etapa de expansión y profesionalización que no tiene precedente desde la creación del propio CISEN.

Datos oficiales, reformas legales, nuevos estatutos laborales y cambios organizacionales muestran que el Gobierno federal ha fortalecido las capacidades de inteligencia, investigación y análisis mediante la contratación de personal especializado, la creación de nuevos esquemas de carrera, la incorporación de herramientas tecnológicas y la ampliación de estructuras dedicadas a procesar información estratégica.

La apuesta ocurre en un momento particularmente complejo, pues México enfrenta organizaciones criminales con capacidad para operar drones, infiltrar instituciones, mover recursos financieros a escala internacional y utilizar tecnologías cada vez más sofisticadas.

Al mismo tiempo, el Estado debe atender amenazas cibernéticas, vigilar infraestructura crítica, combatir el tráfico de drogas sintéticas y enfrentar desafíos asociados a eventos internacionales de gran escala como la actual Copa Mundial de Futbol 2026.

Lejos de los reflectores que suelen acompañar a los operativos militares o los despliegues de Guardia Nacional, la respuesta del Gobierno ha sido fortalecer el componente menos visible de la seguridad: la inteligencia.

El nacimiento del CISEN

El CISEN fue creado en febrero de 1989 durante el Gobierno de Carlos Salinas de Gortari.

Su aparición respondió a la necesidad de sustituir estructuras heredadas de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), organismo que había quedado marcado por acusaciones de espionaje político, represión y vínculos con actividades ilícitas.

La nueva institución fue concebida como un órgano civil especializado en la obtención, procesamiento y análisis de información relevante para la seguridad nacional.

Durante los siguientes años, se convirtió en una pieza clave para el monitoreo de conflictos políticos, movimientos armados, amenazas internacionales y fenómenos vinculados al crimen organizado.

A lo largo de tres décadas, el CISEN atravesó prácticamente todas las grandes crisis contemporáneas del País.

Estuvo presente durante el levantamiento zapatista de 1994, participó en labores de inteligencia relacionadas con grupos armados clandestinos, monitoreó conflictos políticos y sociales y acompañó la evolución del narcotráfico, desde los grandes cárteles regionales hasta las organizaciones criminales transnacionales que hoy operan en territorio mexicano.

También fue objeto de fuertes críticas.

Diversos sectores cuestionaron el uso político de labores de vigilancia, el seguimiento de opositores y activistas y la falta de mecanismos suficientes de supervisión.

Esas críticas acompañaron al organismo durante buena parte de su existencia.

La desaparición

En diciembre de 2018, el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador decretó la desaparición del CISEN.

La decisión fue presentada como parte de una transformación más amplia de las instituciones de seguridad. El Presidente aseguró entonces que terminarían las prácticas de espionaje político atribuidas al antiguo organismo.

En su lugar surgió el Centro Nacional de Inteligencia. Aunque el cambio generó la percepción de una reducción de capacidades, en los hechos gran parte de la estructura fue conservada.

Personal especializado, instalaciones, bases de datos, sistemas tecnológicos y experiencia acumulada permanecieron dentro de la nueva institución.

La diferencia principal radicó en el nuevo enfoque.

Mientras el CISEN había sido concebido en un contexto dominado por conflictos políticos y riesgos tradicionales para el Estado, el CNI comenzó a operar en un entorno marcado por el crecimiento del crimen organizado, las amenazas digitales y los desafíos transnacionales.

Los primeros años del CNI coincidieron con una reconfiguración más amplia del sistema de seguridad federal.

La creación de la Guardia Nacional, el fortalecimiento de las áreas de investigación de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana y la creciente participación de las Fuerzas Armadas modificaron la forma en que el Gobierno produce y utiliza inteligencia.

Lejos de limitarse al seguimiento de actores políticos o movimientos sociales, la inteligencia comenzó a orientarse cada vez más hacia fenómenos criminales complejos.

La producción de drogas sintéticas, las redes de tráfico de armas, el lavado de dinero, las estructuras financieras de los cárteles, la vigilancia de fronteras, la seguridad aeroportuaria, y la protección de infraestructura estratégica.

La información dejó de ser un producto aislado para convertirse en una herramienta operativa utilizada de manera cotidiana por corporaciones civiles y militares.

Uno de los cambios más relevantes ocurrió en el tamaño del aparato de inteligencia.

Diversas áreas vinculadas con investigación e inteligencia registraron incrementos de personal durante los últimos años.

El fortalecimiento no sólo implicó más plazas. También supuso la incorporación de perfiles especializados en análisis criminal, tecnologías de la información, ciberseguridad, inteligencia financiera, vigilancia tecnológica y explotación de datos.

La expansión refleja una tendencia observada en otros países. Mientras durante décadas la inteligencia dependió principalmente de fuentes humanas de trabajo en campo, actualmente una parte creciente de la información proviene de sistemas digitales, monitoreo tecnológico y procesamiento masivo de datos.

También la capacidad para analizar esa información se convirtió en una prioridad estratégica, así como la tarea de profesionalizar a los agentes.

El Gobierno federal emitió un estatuto laboral para personal dedicado a tareas de investigación e inteligencia dentro de la SSPC. El objetivo es construir una carrera especializada similar a la existente en otros cuerpos de seguridad.

El modelo contempla procesos permanentes de evaluación, capacitación y certificación.

Los agentes deberán acreditar controles de confianza, exámenes médicos, evaluaciones psicológicas, revisiones patrimoniales y pruebas de desempeño para ingresar, permanecer o ascender dentro de la estructura.

La intención es generar cuadros profesionales capaces de desarrollar investigaciones complejas y producir inteligencia de largo plazo.

Para las autoridades, la especialización resulta indispensable frente a amenazas cada vez más sofisticadas.

La batalla digital

Una de las áreas con mayor crecimiento es la relacionada con tecnologías de información.

Las organizaciones criminales utilizan plataformas digitales para coordinar operaciones, mover recursos y comunicarse.

La inteligencia gubernamental ha debido adaptarse a esa realidad.

Las capacidades de monitoreo cibernético, análisis digital y procesamiento de información electrónica se han vuelto cada vez más relevantes.

La protección de redes gubernamentales, sistemas estratégicos y bases de datos forma parte de las nuevas prioridades.

El fenómeno no es exclusivo de México.

En todo el mundo, los servicios de inteligencia destinan una proporción creciente de recursos a la vigilancia de amenazas digitales.

La evolución tecnológica transformó por completo el trabajo de inteligencia.

Los antiguos expedientes físicos dieron paso a sistemas capaces de integrar millones de registros provenientes de distintas fuentes.

Hoy, una investigación puede combinar información migratoria, financiera, telefónica, comercial y geográfica para reconstruir redes completas de operación criminal.

La capacidad para cruzar y procesar datos se convirtió en uno de los principales activos de cualquier servicio de inteligencia moderno.

En ese terreno, el fortalecimiento institucional busca cerrar brechas frente a organizaciones criminales que también utilizan herramientas tecnológicas avanzadas.

Los nuevos desafíos

La expansión del aparato de inteligencia ocurre en un contexto especialmente complejo. Los grupos criminales ya no sólo trafican drogas.

También operan esquemas financieros internacionales, utilizan criptomonedas, emplean drones para reconocimiento y ataque, desarrollan redes logísticas sofisticadas y aprovechan plataformas digitales para coordinar actividades ilícitas.

La respuesta gubernamental exige capacidades de análisis cada vez más especializadas.

A ello se suman riesgos asociados a la seguridad nacional, amenazas cibernéticas, fenómenos migratorios, protección de infraestructura crítica y eventos internacionales de gran escala.

El Mundial de Futbol de 2026 representa uno de esos desafíos.

La protección de millones de visitantes, delegaciones extranjeras y personalidades internacionales dependerá en buena medida de capacidades de inteligencia construidas durante los últimos años.

La institución invisible. A diferencia del Ejército, la Marina o la Guardia Nacional, los organismos de inteligencia rara vez aparecen en fotografías oficiales o ceremonias públicas.

Su trabajo suele desarrollarse lejos de los reflectores.

Sin embargo, gran parte de las decisiones estratégicas del Estado dependen de la información que

producen.

Treinta y siete años después de la creación del CISEN, la inteligencia civil mexicana atraviesa una nueva etapa.

El nombre cambió. Las estructuras fueron reorganizadas, las amenazas evolucionaron, pero la lógica permanece, y es la de anticipar riesgos antes de que se conviertan en crisis.

Sobre todo ahora, en un país marcado por la violencia del crimen organizado y por desafíos cada vez más complejos.

CISEN: éxitos y fracasos

El CISEN no evitó el asesinato de Luis Donaldo Colosio ni anticipó el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), dos episodios que sacudieron al País en 1994.

Pero Luis Miguel Dena Escalera, ex mando de inteligencia en el CISEN en los 90, sostiene que la historia de la agencia civil no puede reducirse a esos fracasos ni a las acusaciones de espionaje político que marcaron parte de su existencia.

En entrevista con REFORMA, Dena afirma que el CISEN desarrolló capacidades para contener grupos armados en Guerrero, monitorear al terrorismo internacional, seguir actividades de la organización separatista vasca ETA, analizar amenazas químicas, biológicas y escenarios relacionados con armas de destrucción masiva.

También, dice, elaboró diagnósticos estratégicos para los niveles más altos del Gobierno federal.

"El CISEN no desapareció", sostiene. "Cambió de nombre y cambió de orientación, pero la función de inteligencia del Estado mexicano continuó".

Creado en 1989, tras la desaparición de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), el organismo surgió como una agencia civil encargada de producir inteligencia estratégica para la toma de decisiones del Estado.

La DFS había quedado marcada por escándalos de corrupción y por los vínculos de algunos de sus integrantes con el narcotráfico.

Dena rememora que, al llegar al Gobierno federal en 1986, ya existía un desgaste profundo de esa institución.

"Había un desgaste brutal en términos de la reputación de esta institución, manchada por la corrupción y por la vinculación de algunos de sus miembros", señala.

El CISEN, afirma, nació con una misión distinta: identificar amenazas a la seguridad nacional y generar información con grado de certidumbre para la conducción del Estado.

"La inteligencia estratégica no existe para perseguir delincuentes. Existe para anticipar riesgos que amenazan la estabilidad, la continuidad y la gobernabilidad del Estado mexicano", asegura.

De acuerdo con Dena, la seguridad pública formaba parte de la Agenda Nacional de Riesgos, pero no era su único eje.

"En esa agenda, para esos entonces, claro que contemplaba al crimen organizado, pero también al terrorismo, la gobernabilidad del País y el entorno internacional", explica.

El parteaguas fue 1994.

"El México es antes del 94, con muchas historias, y después del 94", dice.

El levantamiento zapatista obligó a revisar procesos internos, diagnósticos y mecanismos de recolección de información.

"Hubo un sismo, un surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Entonces se tuvo que hacer un diagnóstico de cuál era el proceso de producción de inteligencia", recuerda.

Dena admite que el CISEN no logró evitar episodios de alto impacto.

"La muerte de Colosio el 23 de marzo es una piedra en el zapato muy fuerte. El surgimiento del EZLN, aunque se tuviera identificado al Frente de Liberación Nacional y a todos sus liderazgos, aunque se tuviera identificado dónde practicaban", indica.

Afirma que en el caso del EZLN hubo información previa, pero no se actuó con la fuerza necesaria por una decisión política.

"Una decisión del Presidente Salinas determinó que había que mantener reserva, porque era más importante que naciera el Tratado de Libre Comercio que darle luz a un organismo de disrupción a la gobernabilidad existente", dice.

Tras esos episodios, el organismo enfocó parte de sus esfuerzos en organizaciones armadas con presencia en Guerrero, Oaxaca, Estado de México, Ciudad de México y Nuevo León.

Entre ellas figuraban el Ejército Popular Revolucionario (EPR), el Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI) y otras escisiones.

"Se interrumpió la llegada del EPR y su nacimiento en Oaxaca", señala.

"El EPR se dividió en ERPI, en otros grupos; impactó Guerrero, pero también la Ciudad de México, Monterrey y el Estado de México".

Dena afirma que el trabajo de inteligencia permitió caracterizar estructuras, liderazgos, zonas de influencia y actores vinculados a esos movimientos.

"Fuimos capaces como institución de atender dentro del tema de movimientos sociales, caracterizar cada organización, caracterizar a cada actor", menciona.

La agenda del CISEN también incluyó terrorismo internacional.

Dena recuerda que, después de 1994, se fortalecieron diagnósticos sobre terrorismo del País Vasco, terrorismo yihadista y amenazas no convencionales.

"Con ello nacen, en el 94, para hacer frente a esta amenaza a la seguridad nacional que se constituía en el EZLN, en el terrorismo del País Vasco, en el terrorismo yihadista, que poco se veía, pero que después el 9-11 nos comprobó que estaba muy presente", explica.

El organismo, asegura, llegó a contar con un grupo antiterrorista que permitió contener actividades de ETA en México.

"Al CISEN le salió muy bien tener un grupo antiterrorista que delimitó la expansión del terrorismo en México, del terrorismo etarra", afirma.

"También cuidó que las organizaciones criminales de tráfico de personas no se excedieran para traficar por nuestro País a terroristas. También desarrolló políticas de manejo de temas químicos, biológicos y de armas masivas de destrucción".

Dena admite que existieron equipos de intercepción de comunicaciones privadas.

"Recuerdo cuando el Presidente Vicente Fox quiso desaparecer al CISEN y desmanteló la estructura de redes que se tenía, y desmanteló los equipos de intercepción de comunicaciones privadas", menciona.

El ex funcionario sostiene que el organismo no investigaba asuntos personales, sino fenómenos que podían afectar la gobernabilidad o la seguridad nacional.

"Recuerdo que un juez de distrito me decía: 'Oiga, ¿y ustedes nos espían a nosotros?'. Y yo le dije: 'Aquí no se espía a nadie. Aquí se hace inteligencia'", relata.

"Si usted tiene un motivo, una justificación, si usted está afectando la gobernabilidad de este País, si usted atenta contra la seguridad nacional de este País, claramente va a ser investigado".

Dena explica que la recopilación de información incluía inteligencia humana, entrevistas, vigilancia humana, vigilancia electrónica, inteligencia de señales, imágenes, geográfica, fuentes abiertas y monitoreo de comunicaciones.

"No andabas investigando a tu vecina, estabas investigando fenómenos que impactaban y podrían convertirse en fuentes de peligro, amenazas, riesgos a la seguridad nacional", afirma.

El ciclo de inteligencia, agrega, comenzaba con una fase de planeación, seguía con la recolección de información, el procesamiento, el análisis, la difusión y la retroalimentación.

"Había una fase de planeación, que venía desde cómo te requerían la información, a través de órdenes de investigación, consignas, solicitudes expresas o la observación de un fenómeno", detalla.

El despliegue nacional, añade, llegó a contar con cerca de 32 estaciones de inteligencia y unas 180 subdelegaciones.

La información se procesaba en sistemas internos y después era analizada por equipos especializados.

"Había una Dirección de Análisis que tenía, perdóname, los mejores analistas de México", dice.

"Gente extraordinaria que tenía la capacidad de recibir la información, desarrollar una síntesis, cribar esa información, valorarla y atender con objetividad, pertinencia y verosimilitud tanto la fuente como la información misma".

Los productos iban desde informes ejecutivos e informes relámpago hasta panoramas diarios, semanales y documentos estratégicos para el Presidente, Secretarios de Estado, mandos federales y gobiernos estatales.

"Cada hoja tenía un valor y cada hoja tenía un código de confidencialidad para la dependencia a la que se le enviaba", recuerda.

Para Dena, el problema actual no es sólo el cambio de nombre del CISEN al Centro Nacional de Inteligencia (CNI), ocurrido en 2018, sino la subordinación de la inteligencia estratégica a la lógica de seguridad pública.

"La discusión no se centra en la desaparición o cambio de nombre del CISEN al Centro Nacional de Inteligencia", señala.

"La pregunta es cuándo vamos a contar con una política de inteligencia de Estado que anticipe y gestione las amenazas más complejas, y que use la inteligencia estratégica como instrumento de gobernabilidad democrática".

Dena considera que

el CNI cumple hoy con las tareas que se le piden, sobre todo en inteligencia criminal, combate al crimen organizado, reducción de homicidios, migración, fentanilo y movimientos sociales.

Sin embargo, advierte que México necesita recuperar una visión más amplia de seguridad nacional.

"Celebro que fortalezcan sus capacidades, que incorporen tecnología, pero es lo que les piden", dice.

"Nuestra agenda ha cambiado, y la agenda no sólo debe incorporar temas de seguridad pública, sino de inteligencia estratégica y de seguridad nacional".

Treinta y siete años después de la creación del CISEN, Dena sostiene que la inteligencia mexicana debe prepararse no sólo para enfrentar amenazas criminales, sino riesgos cibernéticos, terrorismo, crimen transnacional, conflictos sociales, amenazas geopolíticas y afectaciones a infraestructura crítica.

"Los objetivos nacionales de este País, cualquiera que sea el proyecto de nación, requieren de un órgano de inteligencia en el ámbito estratégico para preservar la seguridad nacional", concluye.