El 6 de noviembre de 2024, Estados Unidos experimentó una especie de terremoto político con la victoria electoral de Donald Trump. En consecuencia, cambiaron las élites, la ideología, las prioridades, las reglas, el discurso y las acciones.
El nuevo liderazgo obtuvo la mayoría en el Senado, la Cámara de Representantes, la Suprema Corte de Justicia y la mayoría de los gobiernos de los estados. Además, Trump consiguió la mayoría del voto popular, algo que no había obtenido en 2016. Ese fue el momento para implementar el Proyecto 2025 de la mano de la Heritage Foundation que plantea una reinterpretación radical de la Revolución de Independencia de 1776 que dio nacimiento a la República estadounidense y al orden constitucional hoy en crisis. Esa reinterpretación aboga por la mayor concentración posible de poder en la figura del primer mandatario. Y resquebraja la división de poderes y la rendición de cuentas en Estados Unidos.
En este plano, el Escudo de las Américas anunciado hace unos días, debe leerse junto a la Doctrina de Seguridad Nacional y a la Estrategia Nacional de Defensa vigentes. Una trayectoria de realismo crudo y abandono del idealismo político. En este sentido, la Administración Trump quiere alcanzar la supremacía completa en el planeta por la vía de la fuerza militar, el control político, amenazas, tarifas arancelarias, retiro de visas, acusaciones de vínculos al crimen organizado, intervención abierta en los procesos electorales, así como obtención de nuevos territorios y recursos minerales y energéticos. Incluso a través de la guerra para recuperar el codiciado estatus perdido de hiperpotencia; una receta para el caos y la inseguridad a escala global en un contexto multipolar. Por cierto, en los pasillos y los jardines de la Casa Blanca se prepara una gran fiesta en la víspera del 250 aniversario de la Independencia de Washington. Celebración que va a coincidir con el cumpleaños 80 del primer mandatario.Asimismo, celebra el regreso del Departamento de Guerra y su "ethos", así como el relanzamiento de la Industria de la Defensa, no visto en el último siglo, aseguran. Un sistema que coadyuvó a tres cosas entre 1883 y el desplome de la URSS en 1991. Uno, el desarrollo de una economía de guerra que ganó dos conflagraciones mundiales incluyendo el Proyecto Manhattan, que concibió la bomba atómica y la Guerra Fría. Dos, el ascenso de Estados Unidos de gran súper potencia a hiper potencia en 1991. Tres, la hegemonía estadounidense como una potencia global que fue capaz de establecer el orden mundial, tanto en 1945 como en 1991. Sin embargo, en el 2025, Estados Unidos ya no es la única súper potencia en el sistema internacional y el continente; Rusia y China ganaron presencia. En especial, este último creció en términos económicos y tecnológicos de manera alarmante, por lo que se puso en la mira de Washington.
También se exacerbaron las amenazas transnacionales e híbridas en la región y el mundo. Por lo tanto, Estados Unidos ha invocado el regreso de la Doctrina Monroe, justificando la supremacía en el hemisferio occidental y el mundo. En esa perspectiva, son "irrelevantes" los procesos de integración en América del Norte, la Unión Europea y la seguridad de Japón y Corea del Sur, en el cinturón euroasiático, que gravitan en el paraguas de seguridad nuclear estadounidense. Lo prioritario a sus intereses de largo plazo es la seguridad interior, las fronteras terrestres, la cercanía marítima y la seguridad de sus cielos. En esa renovación de la interoperabilidad, es cardinal identificar que en sus elementos doctrinarios en seguridad y defensa se eleva(n) la(s) guerra(s) y se ejerce el control político, así como la búsqueda de la dominación y de la subordinación. En la veta global, vía el Consejo de Paz. En la dimensión continental, a través del Escudo de las Américas y en el plano regional, mediante el Golden Dome. Así se gestiona una parálisis de la Organización de las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, incluyendo el Comando de Defensa Aeroespacial de America del Norte. Es decir, las organizaciones internacionales y sus alianzas no son más útiles. Esas son muy malas noticias para la mayoría global, la soberanía y el respeto al derecho internacional, porque avanza un nuevo (des)orden mundial en un reacomodo de sus zonas de influencia; algo que aplaude Rusia. Trump quiere todo para la America First y eso es una trayectoria para el conflicto multi-escala. En esa danza, el escalamiento en la guerra contra el narcoterrorismo de la mano de la Doctrina Monroe sirve a veces de manera conjunta o por separado para amenazar a México y a Canadá. En realidad, esa postura imperante ha dibujado una nueva geografía del poder y ha ampliado su perímetro de seguridad sin rubor, el cual va de Ottawa a Groenlandia, pasando por el Golfo de México, el Caribe-Cuba y desciende a las aguas y yacimientos petroleros de Venezuela y la Amazonia compartida por Brasil y Colombia. Interesante que esos países no fueran requeridos en Florida. De acuerdo a la Doctrina de Seguridad Nacional, la Estrategia de Defensa Nacional, el Escudo de las Américas y el Domo de Oro, la apuesta del Presidente de Estados Unidos es por el alineamiento ideológico, el control y el sometimiento del continente americano. No de la construcción de una seguridad compartida, comprometida y de largo aliento, alimentado por los expertos y la pluralidad de intereses de 35 estados sino por una sola voz. La estrategia está destinada a no combatir las fuentes de la amenaza consumo, dinero ilícito, armas, redes de distribución, la mayoría de ellas se encuentran en Estados Unidos y se desplazan en las Américas por más de un siglo. Ahora que ha decidido desconocer la diplomacia multilateral -ONU y OEA erige una narrativa en la que las víctimas son Estados Unidos. Una política que está destinada a la intervención y el sometimiento, pero no a la construcción de una verdadera gobernanza continental. El filo de la convocatoria en Doral, Miami, asoma los verdaderos estímulos de Trump. Groenlandia, el "Estado 51" en Canadá, intervención militar en México, el Canal de Panamá, cambio de régimen en Cuba, sometimiento de Venezuela, amenazas militares a Colombia, diferencias estructurales con Lula da Silva y su rol con los BRICS. Luego entonces, amasar el mayor número de yacimientos petroleros en el mundo y el acceso a minerales raros, le renuevan. Mientras, los tambores de la guerra reactivan jugosos contratos, ávidos de guerras y nuevos campos operacionales para administrar el conflicto. Ahora bien, la proclamación de Trump firmada por los Mandatarios asistentes a la coalición militar contra cárteles de las Américas es la base para una nueva guerra contra las drogas. Una estrategia prioritaria y continental que tiene como eje su combate en México y en el hemisferio. El documento apunta a favor de la "demolición" de los cárteles, "entrenamiento de los ejércitos" de la región para su combate, monitoreo de amenazas extra hemisféricas. Nada sobre la responsabilidad de Estados Unidos en la construcción de la amenaza y su atención a sus causas en Washington. Sin duda, es un peligro transnacional y una responsabilidad hemisférica compartida, pero su plan es parcial.La encrucijada para México
Al compartir la frontera sur de un país con vuelos de supremacía global, regional y hemisférica, México se convierte en una pieza más en esta nueva disyuntiva. Esto no pinta bien, incluso para Estados Unidos que libra una guerra en el Medio Oriente que pone en peligro al mundo y atrae ese conflicto a nuestro continente con consecuencias todavía impredecibles frente a Irán. En el plano global enfrenta a China, Rusia y Corea del Norte. Por lo tanto, entre el plano global y hemisférico, la carga sobre México es de dimensiones geopolíticas, estructurales y existenciales. Estados Unidos se está expandiendo y este nuevo ímpetu apenas inicia. A México, le urge un cambio de timón, redefinir el calibre de las amenazas internas y externas, elaborar un plan maestro, colocar en el centro los intereses permanentes del Estado y la nación y no de partido, y lanzar una coalición internacional de nuevas alianzas, ¿habrá tiempo, visión y liderazgo para ello? *Profesor Investigador del Departamento de Estudios Internacionales de la Ibero. SNI 3.
