No es algo irrelevante el hecho de que la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, camina a su primer año de gestión con una aprobación por encima del 70 por ciento, pese que las condiciones del país distan de ser las mejores, pero, sobre todo, a pesar de los propios morenistas que agrietan su escudo desde adentro de la 4T.

La primera mandataria de la nación, quien mañana rinde su informe oficial, aunque cumple los 12 meses hasta el comienzo de octubre, ha mantenido las políticas económicas y sociales de su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, además de que ha recompuesto y corregido las malas herencias que le dejó en diversos rubros, entre ellos el manejo de las relaciones institucionales, sin perder el toque beligerante que implica la transformación.

En sus primeros 11 meses, ha sabido la jefa del Ejecutivo navegar entre las bravatas y la guerra multifrentes de Donald Trump, quien igual amenaza con invasiones militares que con ataques arancelarios, en la desesperada búsqueda de mantener vivo al imperio de Estados Unidos sobre el mundo.

También ha logrado transitar entre la incertidumbre generada por la accidentada reforma al Poder Judicial y las ansias del clasista conservadurismo de los prianistas.

Ha soportado incluso que el tabasqueño le heredara a sus poderosos enemigos del obradorismo, pero no a sus amigos; y ha lidiado con los vaivenes de la moneda, la inflación, la volatilidad de los mercados y las presiones sobre la inversión extranjera.

Frente a los retos, ha mantenido la verticalidad como presidenta y un nivel de popularidad del que no goza casi ningún presidente municipal del país ni gobernador o gobernadora, incluidos los guindas, convertidos estos últimos en aliados dañinos en no pocos casos, como los de Baja California, Tamaulipas y Sinaloa.

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La presidenta con A y comandanta suprema de las Fuerzas Armadas ha sorteado con relativo éxito su misión, ayudada, principalmente, por el ridículo papel que han jugado los opositores.

Alejandro “Alito” Moreno del PRI, con todo el bótox del mundo en su frente, es uno los más necesarios enemigos del régimen y uno de sus principales impulsores. Sin quererlo, suponemos, ha hecho un fundamental papel de payaso que le da realce al gobierno del que dice ser opositor.

Otros que han sido clave para que Sheinbaum y el morenismo crezcan son las mayores vergüenzas del PAN de la historia, Lily Téllez, Ricardo Anaya, Marko Cortés y Jorge Romero, entre otros albiazules que harían a Manuel Gómez Morín pegarse un tiro en la sien; y, desde luego, los voceros contra la “dictadura” que esparcen fake news y críticas tan obsesivas como risibles en X, Facebook y WhatsApp, el campo minado de las redes sociales.

El pobre papel intelectual y político de la oposición, reflejado en su descarada obsesión por el poder y las escasas posiciones que lograron en el Senado de la República y la Cámara de Diputados, han sido factor de primer orden para que Sheinbaum Pardo pueda lustrarse los zapatos, tal como le enseñó, mañanera tras mañanera, López Obrador.

A esa oposición sin calidad moral alguna, a esa oposición de caricatura, debe la presidenta gran parte de su éxito en este casi primer año; en cambio, los baches y los desvaríos, las crisis políticas de su administración, son la gran obra de los impresentables de Morena.

Los prianistas no han hecho otra cosa más que el ridículo, exhibiéndose como voraces parásitos que patalean y muestran sus miserias cada vez que les tocan sus magnas instituciones, como los organismos dizque autónomos, el manoseado Poder Judicial, las gubernaturas que han perdido una tras y otra, el Instituto Nacional Electoral y demás refugios tomados como botín para el reparto de posiciones en la nómina pública.

Se han puesto de pechito ellos; ella y su equipo no han desaprovechado ocasión alguna para evidenciar la proclividad a la transa de la caducada clase política tricolor y albiazul.

Pero el daño que no ha hecho la oposición al régimen de la 4T lo hacen los mismos morenistas, con una lista de grupos y personajes vergonzantes, quienes han dado la espalda a la presidenta, literal y simbólicamente, por algún rescoldo de machismo, misoginia, enemistad, rivalidad interna, mezquindad o todo junto, factores tan presentes y vigentes en Morena como si fuera un PRI en ciernes.

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Una tras otra, los coordinadores legislativos de Morena, Adán Augusto López y Ricardo Monreal, han sido los principales generadores de inestabilidad para el régimen, desde su “descuido” de marzo -cuando prefirieron tomarse una foto con Andy López Beltrán en vez de saludar a Sheinbaum, en el marco de un evento masivo ante la amenaza arancelaria de Trump- hasta su abierto desafío a los principios de la 4T.

El líder de los senadores y patrocinador de los sueños políticos de la juarense Andrea Chávez, entrampó junto con Monreal la norma antinepotismo que propuso la presidenta para su entrada en vigor en 2027, para luego darle vuelo a una campaña cara, opaca, anticipada y turbiamente financiada para la gubernatura de Chihuahua, tan arriesgada y mal vista en Palacio Nacional que debió ser frenada con una mañanera.

No fue casualidad que desde el grupo de mayor poder morenista en la tierra de Adán Augusto fuera “barrido” el senador -y varios de sus proyectos, posiblemente también el de Chihuahua- tras ser acusado de tener a su narcosecretario de Seguridad, Hernán Bermúdez, cuando fue gobernador de su estado.

Esa grieta de “La Barredora” en el escudo de la 4T fortaleció la narrativa del narcogobierno morenista y les restó legitimidad a los señalamientos de años de los morenistas en contra del narcosecretario de Felipe Calderón, Genaro García Luna, el exfuncionario de mayor nivel de México condenado en una corte de Estados Unidos.

Otra grieta mayor fue ocasionada por el ataque directo al principio de la austeridad dictado por el hombre que decía traer nomás 200 pesos en la cartera y zapatos de oferta, rara vez boleados.

El viaje a España de Ricardo Monreal; las escapadas internacionales de los hijos de López Obrador; el VTP al Vaticano del hasta hoy presidente del Senado, Gerardo Fernández Noroña, a El Vaticano; los lujos y excesos del presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Gutiérrez Luna y su esposa víctima del escarnio público, pero favorecida por la calientita cobija morenista, son episodios que han marcado estos 11 primeros meses.

El último hecho es la violencia con la que cerró el primer año la legislatura federal, con el pleito entre “Alito” y Fernández Noroña, un porro corrupto y un operador político de cuarta, respectivamente, ambos de cola tan larga como la lengua; ambos autonombrándose víctimas del otro sinvergüenza.

El teatrito terminó de ensombrecer el primer año al que arriba Sheinbaum, pero reforzó la constante: los opositores están reducidos al papel de cirqueros bufones, mientras los morenistas, que traicionan, mienten, roban y son ineficientes a la hora de operar los asuntos trascendentales, son el verdadero peligro para Morena y la 4T.

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Sólo hay un pequeño paso, tal vez unos cuantos miles de pesos, entre el turismo legislativo a El Vaticano, unas vacaciones en España con cualquier pretexto y seis, ocho o 10 agentes de la Guardia Nacional destinados a cargarle las maletas al exgobernador de Chihuahua por el PAN y hoy senador de Morena, Javier Corral Jurado.

Si en el plano nacional son los Noroña y los Adanes, los Monreales y los Obradoristas -que no se resignan al retiro de Palenque y creen la patraña de que López gobierna desde las sombras-, en el plano local también Morena tiene demasiadas cargas y vergüenzas que, en vez de esconder, hasta presume.

En este primer año del segundo sexenio de la 4T, sin duda es Corral, por sus excesos que tuvo como gobernador y los que pretende mantener como legislador, el mayor lastre sobre la figura de la presidenta en el estado.

Pero también jalan a la baja la imagen del partido guinda otros tan perversos como convenencieros, que están en la Secretaría del Bienestar, en el Senado de la República, la Cámara de Diputados, el Congreso del Estado, algunos ayuntamientos y la dirigencia partidista estatal a cargo de Brighite Granados de la Rosa.

Si la administración de Sheinbaum puede reconocerse en lo general por esa alta calificación que le otorga la ciudadanía, no ocurre lo mismo con los personajes locales y nacionales que la rodean, quienes forman parte de su mismo partido, aunque ni siquiera comulguen con los ideales e incluso integren grupos que operan abiertamente en contra de su gestión, como ha quedado en evidencia.

Esos opositores internos de la 4T, que juran lealtad a Morena, pero traicionan a la menor provocación, son los que hacen grietas al escudo de la austeridad y honestidad que ha protegido a López Obrador y a Claudia Sheinbaum.

Esos enemigos del mismo bando son nocivos, pues, y además no son necesarios para la presidenta, como sí lo son los prianistas, a quienes requiere de enemigos y contrapesos para dar al menos la apariencia de democracia; los morenistas sí son dañinos para su proyecto, los otros no pasan de dar risa y pena ajena.

Así, es lógico suponer que, tras el informe de mañana, cumplido el año o encaminándose al cierre de 2025, Sheinbaum recurra a una limpia de su gabinete y las posiciones de poder que políticamente están supeditadas al Ejecutivo, para quitarse a esas rémoras o debilitarlas aún más, porque solo dan vergüenza a su movimiento tanto a nivel nacional como local.