Opinión
23 Dic, 2025
Navidad en familia: la noche más luminosa… y la más vulnerable para otros
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Karla Chairez Arce

La víspera de Navidad, la casa huele a canela, a pan recién partido, a risas que se reencuentran. Y aun así, bajo las luces del árbol, hay algo que casi nadie quiere mirar de frente: para muchos adolescentes y adultos, diciembre es temporada alta de presión, riesgo y silencio.
Nos venden la postal perfecta: posadas, piñatas, villancicos, la mesa larga, el abrazo que llega tarde, el “¡salud!” que pretende taparlo todo. Pero aquí va la verdad: a veces la reunión familiar, más que celebración, es una auditoría. Siempre están los cuestionamientos, las comparaciones, que se “curan” con chistes. Se presume lo que se tiene y se señala lo que falta. Los adolescentes lo saben: a veces se aíslan para protegerse; están “en su mundo” porque escapan de un entorno que los examina.
La Navidad afecta la salud mental de adolescentes al intensificar la ansiedad, la depresión y el aislamiento debido a rupturas de rutina, presiones familiares y exposición en redes sociales. Cambios como irritabilidad o impulsividad requieren atención inmediata, ya que las expectativas de “felicidad” contrastan con realidades emocionales complejas. En esta etapa, riesgos como el consumo de sustancias o pensamientos suicidas aumentan durante las fiestas.
Esa tensión no aparece como por arte de magia: se fabrica con frases pequeñas: “yo nomás te pregunto”, “no te enojes”, el típico “así nos llevamos”. En diciembre, durante las reuniones familiares, la gente se siente con licencia de opinar sobre cuerpos, noviazgos, calificaciones, sueldos y el eterno “¿para cuándo?”. Lo que para un adulto es conversación, para un joven puede ser vergüenza pública. Ahí se rompe la paz social: cuando el hogar deja de ser refugio y se vuelve escenario. La violencia no siempre grita; a veces sonríe, brinda y remata con un “era broma”.
En paralelo, las redes no descansan. Si en vacaciones baja la convivencia cara a cara, el “grupo” se vuelve pantalla: chats, historias, invitaciones. Quedarse fuera del WhatsApp —ser borrado, ignorado o no enterarse— puede disparar la sensación de no pertenecer, justo cuando la familia exige “convive”. El resultado es cruel: soledad afuera, presión adentro. Muchos terminan huyendo al celular porque ahí nadie los interroga de frente… aunque sí los compare.
¿La salida? Volver la reunión un espacio seguro, con reglas mínimas pero firmes, para que la paz social se note en lo real: en lo que decimos y en lo que evitamos decir. La paz no se declara: se practica en cada comentario, en cada mirada y en cada límite que se pone a tiempo.
Para eso propongo una guía exprés para una Navidad sin preguntas incómodas (y sin vergüenzas públicas):
Cambia “¿y tú cuándo…?” por “qué gusto verte”.
Evita: “¿y el novio?”, “¿y el bebé?”, “¿cuánto ganas?”, “¿por qué subiste de peso?”, “¿todavía sigues con esa carrera?”.
Mejor: “Me da gusto verte”, “¿qué fue lo mejor de tu año?”.
Regla de oro: no comentes cuerpo, edad ni decisiones personales. Ni “de broma”.
Elogia el esfuerzo, no la apariencia: “te admiro por cómo has llevado este año”.
Pregunta sin invadir: “¿qué te ilusiona para enero?”, “¿qué música traes?”.
Cuando alguien se equivoca: salva, no remates. “No pasa nada, aquí estamos”.
Cero chistes sobre salud mental, rupturas, economía, sexualidad, escuela o comparaciones entre primos.
Habla de logros sin competir: “¿qué necesitas para estar mejor este año?”.
Ahora, el pacto: dos momentos sin pantalla (cena y brindis), cero alcohol para menores y una palabra clave (“ponche”) para pedir ayuda y cambiar de tema o de lugar sin explicaciones.
Tradición no es repetir el canto; es repetir el gesto de proteger al que llega más frágil. Si el plan de la noche incluye cohetes, incluye también supervisión. Si incluye fiesta, incluye transporte seguro y un “si necesitas que vaya por ti, voy”.
Un cierre que funciona: el brindis de lo positivo. Cada quien dice una sola frase: “Este año te agradezco…”, “yo reconozco en ti…”, “te deseo paz en…”. Sin discursos, sin ironías. Es increíble cómo cambia el ambiente cuando el primer comentario de la noche no es una crítica, sino un reconocimiento. Incluso cuando un adulto se atreve a decir: “perdón si este año te presioné”, la casa respira.
Si alguien se resbala con una pregunta hiriente, se corrige en caliente y con respeto: “eso no se pregunta aquí”. No para humillar al que preguntó, sino para proteger al que fue expuesto.
Y si algo se sale de las manos, no improvises. Si notas aislamiento extremo, impulsividad o frases sobre hacerse daño, actúa: pedir ayuda es parte de la fiesta. A veces la familia cree que “se le va a pasar” y a veces no. En salud mental, el tiempo importa. En Chihuahua, el IMPAS ofrece atención psicológica continua vía 072 (ext. 2259 y 6028).
La Navidad no se mide por cuántas luces se prenden, sino por cuántas alertas se apagan a tiempo. Si hoy tu familia puede reír, abrácenlo. Pero también pongan reglas para cuidarse entre todos. El riesgo no avisa y la adolescencia no perdona el abandono.
Hazlo esta noche: antes de la cena, acuerden el pacto. Si algo no cuadra, no lo tapes con villancicos. Se habla de inmediato, se atiende y así se protege.