¿Qué es la vida? pregunta teniendo una pistola en la mano
Alejandra Cárdenas toma la pluma y escribe: Un error primordial en las relaciones humanas consiste en creer que las piezas faltantes de uno pueden encontrarse en las piezas sobrantes del otro. El misterioso amor es, simplemente, las agitadas ecuaciones de los neurotransmisores, o los enganches en el engranaje de dependencias y patologías que los complementan, o la práctica de un egocentrismo extremo, o una aventura fuera del narcicismo. O un abismo compartido en donde la caída es el único vuelo disponible.
O, de pronto, algo obsesiona a Alejandra Rodríguez y la sobresalta. De eso también tratan sus cuentos. La monotonía se alerta. Las rutinas suelen tropezar con algo perturbador. Una hendidura en la pared, por ejemplo. ¿Y qué ve? ¿Qué ve quién? Porque en lo más hondo de sí misma, mira que la miran, y finalmente acepta: “Me parecía incómodo que un extraño pudiera echarle un vistazo a lo que yo nunca he podido ver en mí misma”.
O de pronto, aparecer en el centro de una historia, preguntándose ¿Qué es la vida? teniendo una pistola en la mano. El encanto de sus tramas reside en esos imperceptibles movimientos que alteran los escenarios que creíamos predecibles.
Todo lo que somos duerme en el insomnio, pero a las tres de la mañana tenemos la sensación de haber perdido algo. Extraviamos la brújula interior responsable de dar con el norte de la realidad.
A esa hora concurren todos los hilos de sus cuentos. Sus atmósferas acogen no a lo que aterroriza sino a lo que perturba. Soledad, vida efímera, la realidad sucede en una memoria melancólica, confusión entre realidad y alucinación, onirismos o memorias traicionadas, o desoladas cavilaciones.
Ahí está el verdadero perverso polimorfo, lo ominoso familiar, representados en sus forma más devastadoras: el hastío, el insomnio, la melancolía.
No es la acción sino la inmovilidad lo que vulnera. No es que los protagonistas se salven por un centímetro de la explosión del fuego. No. Alejandra Cárdenas apuesta al mundo íntimo. Ahí reside el vértigo.
Somos la casa que habitamos, con puertas y ventanas. Las paredes nos protegen y nos permiten el cultivo de lo íntimo, e indudablemente Alejandra Cárdenas ha conquistado su cuarto propio. Y ahí ha leído a los grandes autores que fluyen en su prosa. Ella ha acompañado a Ema Bovary, y ha estado en la orilla con Ana Karenina. Por ella pasan la perplejidad kafkiana, el laberinto de Borges, las cavilaciones de Virginia Wolf, la permanente vigilancia de sí mismas de Clarice Lispector o Alejandra Pizarnik, los guiños de Cortázar, y todos le han aconsejado explorar los mundos de las otras realidades para entender la propia.
Todo libro es un instrumento del autoconocimiento.
Alejandra Cárdenas es una narradora introspectiva, elegante, con un léxico preciso, con selectas y bien asimiladas lecturas. Pertenece a una nueva generación de mujeres que hacen a un lado al mundo, o lo dejan rodar a su antojo, para mirarse a sí mismas. En el río, en el espejo o en las pupilas de otro. Ya no son las cavilaciones mientras lavan los trastos, o las tundas que algunas le dan a El Cavenícola, o la develación de un erotismo enfebrecido. No. Alejandra aporta otra vivencia: la de la autoconciencia, o la de la fantasía, o la remembranza, el onirismo o el insomnio. Sus personajes – hechos de frágiles palabras - son objeto de sus arduas disecciones. Hable en primera o tercera persona, en uno o en otro género, se aprecia que es una mujer quien crea estas atmósferas de emociones nebulosas. En eso reside su encanto y originalidad: en la exploración del universo femenino (ese continente negro para Freud y para cualquiera), y cómo se genera una sinapsis, una relación de pareja apenas unida por las hebras del humo de algún café. Y cómo se desvanece. A veces la eternidad, dice, se termina demasiado pronto y esa persona, en todas sus versiones, termina siempre por marcharse. Quizá por ello, por esa familiaridad emocional, por esa amarga certeza, es que sus historias nos atrapan.
Con este libro, Alexandra Cárdenas Rodríguez se coloca en el grupo selecto de jóvenes mujeres escritoras a quienes se les augura un gran éxito, por su propuesta original, narrada desde una perspectiva novedosa. Ella dice: Nuestra verdadera historia es una eterna página en blanco.
Sí, pero también somos lo que logremos imaginar, y en eso Alexandra Cárdenas es prodigiosa.