"La luz de la Pascua nos impulsa a derribar las barreras que nos dividen". Papa Francisco
Vivimos tiempos complejos: de zozobra ante la falta de oportunidades; de miedo constante ante la inseguridad y la violencia; de ira social ante la falta de compromiso, sensibilidad, sororidad, solidaridad, justicia y resultados por parte de las autoridades. Son tiempos de impunidad, de corrupción naturalizada, de hogares disfuncionales, de adicciones, de violencia de género, de pérdida de valores y de falta de espiritualidad; de marginación, ignorancia y pobreza.
Basta ver los diarios, noticieros y redes sociales, que exhiben diariamente la toxicidad social. Lo valorado y aprendido en los años de pandemia duró muy poco; hoy, la sociedad reta permanentemente a la autoridad sin argumentos, no respeta el orden legal, es intolerante e impaciente, presenta trastornos de ansiedad y depresión, vive presionada por la aprobación social digital y su dependencia emocional la distorsiona de la realidad, todo por un “like” o “me gusta”.
Gran parte de la sociedad vive sin metas, bajo el lastre de la mediocridad; permanece a la espera del clientelismo político y no le interesa el progreso del país.
La Semana Santa, para los católicos (más de 1,400 millones en el mundo), es tiempo de reflexión, amor, perdón y sacrificio. Hagamos un alto en el camino para sanar las heridas producto del rencor, la ira, la tristeza, la depresión, la culpa o la pérdida de un ser amado. Dejemos atrás la oscuridad para renacer libres, con fe.
Se nos invita a ser mejores cada día, en todo lugar: a ser solidarios con quien menos tiene, responsables en nuestro actuar, humildes para reconocer nuestros defectos y errores, congruentes en el decir y el hacer, y sensibles en la toma de decisiones. Para ello, requerimos paciencia y tolerancia, que en conjunto construyen el respeto, base para convivir en armonía.
La Semana Santa no es recordar un hecho histórico cualquiera; es contemplar el amor de Dios, que permite el sacrificio de su Hijo; el dolor de ver a Jesús crucificado, la esperanza de ver a Cristo que vuelve a la vida y el júbilo de su Resurrección.
La muerte de Cristo nos invita también a morir, no físicamente, sino a luchar por alejar de nuestras almas el egoísmo, la soberbia, la avaricia, la irresponsabilidad, la incongruencia, el cinismo, el maltrato y la violencia. Resucitar en Cristo es volver de las tinieblas del pecado para vivir en la gracia divina. Ahí está el sacramento de la penitencia: el camino para revivir y reconciliarnos con Dios.
Como dice el Papa Francisco: “A rezar se aprende, como aprendemos a caminar, a hablar, a escuchar. Dime cómo rezas y te diré cómo vives”. Aprendamos a platicar y suplicar a Dios, sin importar la religión que profesemos; compartamos nuestras dichas, tribulaciones, necesidades y temores. El diálogo conforta nuestros corazones y, por ende, sana las relaciones con nuestras parejas, hijos, familiares, compañeros de trabajo y vecinos.
Que la Pascua esté presente en cada uno de nuestros actos. Fortalezcamos nuestra fe con el firme compromiso de ser mejores ciudadanos. Trabajemos en comunión para desterrar la pobreza, la miseria, la desigualdad, la corrupción, el abuso de poder y la violencia que, lamentablemente, tiñe de rojo a todo el territorio nacional.
Hagamos votos porque prevalezca un México justo, libre y democrático, con respeto a las creencias religiosas e ideologías políticas distintas a la nuestra. Vivimos en un mundo diverso; el diálogo es la única vía para construir acuerdos y alcanzar una democracia plena, donde el respeto y la paz sean los ejes rectores.
Sumemos voces de conciencia.
¡Felices Pascuas!
