Nada es más humillante que una derrota indigna. Eso es lo que estamos presenciando y, si lo duda, basta con observar la historia que corre ante nuestros ojos; no la que difunden los medios captados por las grandes corporaciones televisivas o las cadenas de noticias, ni la que replican los amanuenses locales a nivel estatal o nacional, quienes toman dictado de sus amos en turno para referir solo la verdad cómoda a esos intereses, dejando de lado su cita con la historia, que abrirá documentos y dirá quién fue capaz de referir la verdad y no la soslayó por mezquindad o avaricia.
Lo sucedido esta semana —la masacre perpetrada por el genocida Benjamín Netanyahu en Líbano— ocurre cuando ya se hablaba de haber acordado un alto al fuego. Paralelamente, se desarrolla una encerrona que busca acuerdos, al momento de escribir estas líneas, en Islamabad, que actúa como mediadora en la búsqueda de la paz de esta absurda guerra, desencadenada —según esta visión— por la avaricia petrolera de Donald Trump y los afanes expansionistas de Netanyahu.
Al momento de redactar, llegan refuerzos negociadores de Irán, mientras cañoneras estadounidenses pretenden engañar con el señuelo de que han abierto el estrecho de Ormuz, cuando en realidad retroceden ante el amago de los misiles y drones iraníes.
La súbita agresión del pasado 28 de febrero, al presenciarse la masacre —a manera de un holocausto inentendible— de 175 niñas en la escuela de Minab, en una región agrícola de Irán, ocurrió casi a la par de la muerte de su líder político-teológico, el ayatolá Alí Jameneí, quien falleció ese día a los 86 años tras un ataque conjunto de EE. UU. e Israel contra su residencia en Teherán. La televisión estatal iraní confirmó su fallecimiento y el gobierno declaró 40 días de luto. El ataque causó también la muerte de varios familiares.
SACRIFICIO Y MARTIRIO
Sin duda, este fue el detonante inimaginable para que hoy Estados Unidos e Israel enfrenten las consecuencias de la guerra que ellos mismos generaron al dar muerte y, en consecuencia, martirizar a cerca de 200 personas en un hecho que puede calificarse como holocausto y decapitación. Ante ello, Irán se unificó frente al adversario común: el Goliat bicéfalo que amenazaba no solo a ese país, sino a toda la región.
Por eso, no debe sorprender que hutíes, iraquíes, libaneses y otros actores —aunque no muestren abiertamente su postura— entiendan que frenar a este poder es una tarea obligada, antes de que intente derribar más naciones, como ya ocurrió en Irak, Afganistán, Libia o Siria.
Lo sorprendente es que tanto a Benjamín Netanyahu como a Donald Trump sus propios pueblos los requieren en las plazas públicas para que abandonen el poder. No debe extrañar que cientos de miles de personas salgan a las calles en Estados Unidos para exigir la salida de Trump, a quien no aceptan en su pretendido actuar como rey. Del mismo modo, las calles se llenan en Tel Aviv y otros centros urbanos en Israel para pedir la salida de Netanyahu, a quien —según esta visión— le espera la cárcel al dejar el poder.
En contraste, miles de personas respaldan con su presencia en las calles —sin importar los bombardeos— a sus líderes en Irán. Se manifiestan en concentraciones multitudinarias y, según reportes, hasta 7 millones de iraníes han expresado su interés en sumarse al ejército para defender a su país ante una eventual invasión. Vaya contraste.
DESENLACE
Nadie sabe cuál será el resultado. Trump actúa de forma impredecible y puede optar por cualquier salida, particularmente la del engaño. Afirma que Ormuz está abierto cuando él mismo lo cerró; niega acuerdos que previamente aceptó; envía más barcos y aviones con jóvenes militares estadounidenses para defender intereses que sus críticos califican como ajenos al interés público.
Figuras como Jared Kushner, su yerno, y actores del ámbito inmobiliario, junto con J. D. Vance, conforman un entorno de decisiones que, según esta narrativa, arriesga incluso la vida de quienes participan en negociaciones.
Al cierre, cuando usted lea estas líneas, el conflicto puede haber tomado distintos rumbos: una prórroga para continuar el diálogo; la ruptura definitiva y la continuación de la guerra; o un reacomodo de fuerzas por parte de Estados Unidos e Israel. Esta última, quizá la opción más indeseable, podría escalar con la participación de la OTAN.
Esperemos no presenciar una repetición de escenarios como los de la antigua Yugoslavia o Libia bajo Muamar el Gadafi. Sería profundamente lamentable. Intentar arrasar a Irán y prolongar el conflicto podría abrir la puerta a una guerra generalizada, antesala de un conflicto mundial con posible componente nuclear.
COROLARIO
Hasta este momento, desde esta perspectiva, el ganador es Irán, con su control estratégico del estrecho de Ormuz, cuyo impacto ya no se mide en dólares, sino en yuanes, y con la fortaleza de un pueblo que honra una tradición de más de 3,000 años, aparentemente ignorada por la Casa Blanca.
Asimismo, se ha obligado a frenar al gobierno israelí encabezado por Benjamín Netanyahu.
Bien por Irán, que hoy recuerda —en esta visión— al triunfo de Vietnam.
