“Tienes que elegir: puedes tener más petróleo o más agua limpia. El fracking no es bueno para el suministro de agua”

Michael Hudson

El fracking en México es un debate que divide al mundo entre la búsqueda de soberanía energética y la protección ambiental. La presidenta, Claudia Sheinbaum, abre la puerta a esta práctica: defiende el uso de tecnologías de extracción de gas no convencionales a través de la fracturación hidráulica y reconoce el posible daño ambiental. Sin embargo, asegura que es una forma de “fortalecer” la soberanía energética del país en la próxima década con técnicas de “bajo impacto ambiental”. Lo ha llamado “fracking sustentable” y sostiene que reducirá la dependencia del gas importado, particularmente desde Estados Unidos.

Ante el anuncio, más de 80 organizaciones ambientales, sociales y de derechos humanos, entre ellas Greenpeace México, Alianza Mexicana contra el Fracking y el Centro Mexicano de Derecho Ambiental, advirtieron que permitir la explotación de hidrocarburos no convencionales representa un giro político que contradice compromisos previos del gobierno. Afirman, con estudios en mano (más de 2,300), que el fracking sustentable no existe en la práctica; el enfoque, señalan, debería ser la transición energética, no los combustibles fósiles que ponen en riesgo la salud y el agua.

En contraposición, la industria petrolera llama al gobierno a generar condiciones de certidumbre para detonar inversiones en el sector energético, en medio del nuevo enfoque oficial hacia el desarrollo del gas natural. En tanto, la Asociación Mexicana de Empresas de Hidrocarburos respaldó dicha estrategia para fortalecer la soberanía energética a través del desarrollo del gas, recalcando que el país requiere condiciones competitivas para atraer inversión privada. Para ello, considera indispensable contar con certidumbre de largo plazo, seguridad física y reglas claras que detonen inversión, tecnología y desarrollo operativo.

El gobierno, bajo la premisa de soberanía energética, pretende reducir la dependencia de importaciones de gas natural mediante el uso del fracking con matices técnicos, una estrategia que, según expertos, busca el desarrollo industrial, pero conlleva serios riesgos ambientales como la contaminación de mantos acuíferos, alto consumo hídrico, sismos y emisiones de metano; es decir, crecimiento económico a costa del medio ambiente. Además, se cuestiona la falta de experiencia y viabilidad económica de Petróleos Mexicanos.

El documento “100 pasos para la Transformación”, publicado durante el arranque de campaña de la mandataria federal, estableció en el paso número 87: “No se va a permitir la explotación de hidrocarburos a partir del fracking”. Incluso su antecesor, el expresidente Andrés Manuel López Obrador, dijo en más de una ocasión: “No al fracking. Ni aquí, ni allá, ni hoy, ni nunca… No vamos a producir más gas con fracking porque no tendríamos agua”.

En este sentido, las organizaciones cuestionaron que se pretenda evaluar la viabilidad del fracking mediante un comité científico, cuando existe evidencia suficiente sobre sus impactos nocivos al medio ambiente y a la salud pública. Señalan: “Explorar una versión sustentable del fracking puede sonar prometedor en el discurso, pero en los hechos no existe. Nos preguntamos si no sería más oportuno enfocar el trabajo científico mexicano en buscar soluciones para acabar con la dependencia de los combustibles fósiles y, en su lugar, dar pasos decisivos y acelerados hacia la transición energética”.

El debate está por subir de tono: dos posturas, la del sector energético que busca su implementación y la ambientalista, que la rechaza tajantemente por los riesgos irreversibles al planeta y, por consiguiente, a la salud. De reactivarse el fracking en México, en corto tiempo podríamos recrear, en vivo y a todo color, el drama del documental nominado al Oscar, Gasland. Los gases de la muerte son una realidad. Sumemos voces.