“El hombre más feliz es aquel que
depende menos de la felicidad”:
SÉNECA
Nacemos con la idea de ser felices, crecemos deseando la felicidad, buscamos pareja con el proyecto de ser felices juntos y envejecemos con la sensación de que en el recuerdo y la memoria quedaron los momentos felices.
Ese anhelo de la felicidad se ha convertido en un conflicto que ronda permanentemente nuestras vidas. Creemos que la felicidad puede estar en un buen trabajo e ingreso económico solvente, en tener éxito profesional y de reconocimiento social, en viajar y recorrer el mundo, en tener una familia sana y libre de adicciones o en tener miles de seguidores en las redes sociales con enormes cuentas de likes y que nuestras fotos circulen por Facebook o Instagram promoviendo nuestra imagen y buena figura física.
Si bien, el concepto de felicidad es un estado de gran satisfacción espiritual y física, hemos eliminado la primera satisfacción e impulsado de más la segunda. El culto al cuerpo nos ha acaparado el tiempo y la atención, lo que nos ha llevado a una felicidad efímera y terrenal o una felicidad imperfecta como lo mencionó Tomás de Aquino.
Tanto Agustin de Hipona como Tomás de Aquino, ambos santos y filósofos cristianos ubicaron al ser humano entre la tierra y el cielo, entre lo terrenal y espiritual que ha sido la columna por siglos del dualismo -materia y alma- las dos naturalezas que poseemos los humanos. Entonces la felicidad es alcanzable en la medida que busquemos el equilibrio entre esas dos naturalezas: vivir como hombres y soñar como ángeles.
Todos decimos buscarla, nos desvivimos por alcanzarla, pero el problema es que no sabemos exactamente en qué consiste, cómo es y menos, cómo se logra. La corta existencia terrenal que tenemos se nos va en planes y proyectos para atraparla y cuando creemos que la hemos logrado, en un abrir y cerrar de ojos, se escapa. Y de nuevo volvemos a buscarla, como un círculo vicioso, hasta que llega el momento de la muerte y nos vamos al hoyo sin haber logrado esa meta.
Por siglos la hemos buscado y actualmente hemos creado recetas o menús para tener varias opciones de cómo disfrutarla. Como lo mencionamos anteriormente, puede ser en el éxito material, en el reconocimiento social con trofeos y diplomas, en triunfos o victorias, en numerosas menciones en redes sociales. Puede ser en la moda, en lujosos restaurantes y hoteles, en viajes de película o en cirugías estéticas, plásticas o artificiales.
El mercado, del cual bailamos al son que nos toca, marca la pauta para dictarnos qué es y qué no es. Impone modas, crea estereotipos, tatúa alma y cuerpo para exhibirnos usando la piel como pizarra y la tinta indeleble como gis sin opción de borrador.
Lamentablemente el humanismo, ahora contra la propia naturaleza del ser humano, queremos desaparecerlo para que no nos estorbe en la conciencia, en los gustos y en el placer. El argumento de querer identificar al humanismo con el pasado y lo obsoleto, crea una crisis interior que nos resistimos a aceptar, aunque por dentro sentimos hervir la sangre y buscar un espacio y sentido de la vida.
Hay corrientes que presumen que la vida moderna está impregnada de tecnología e inteligencia artificial, que debemos darle vuelta a una gran página de la historia. Escuchamos con insistencia términos como posthumanismo y transhumanismo que perturba y confunden lo poco claro que nos queda de la naturaleza humana.
El caso del posthumanismo como corriente cultural que cuestiona la idea de que el humano es el centro del universo y busca redefinir la naturaleza humana en la era tecnológica, con el propósito de superar el humanismo tradicional, integrando al ser humano con la tecnología, la naturaleza y otras especies. De ahí se desprenden modas como los llamados therian, de personas que se sienten y se asumen como animales. Buscan la conexión con lo no humano, alterando las capacidades físicas y cognitivas humanas a través de ingeniería genética o inteligencia artificial. Toma relieve la figura del cyborg humano como un organismo cibernético que combina biología y tecnología integrada. Un cyborg sería un hombre híbrido con la maquina como nueva forma de existencia.
El paso ha sido crucial y radical: nos quejábamos de que hubo un teocentrismo, donde Dios era el centro de todo y dimos el salto a un antropocentrismo, con el hombre en el centro y ahora vivimos un tecnocentrismo, con la tecnología en el centro de nuestras vidas. De Dios a las máquinas.
La vieja idea televisada de hombres biónicos, con partes de alta tecnología incrustadas en el cuerpo, como auténticos “supermanes”. Sin embargo, hay casos de implantes cocleares para oír mejor, mover músculos con el pensamiento o hasta sofisticados marcapasos que serían ejemplos de avances en la medicina.
Y el transhumanismo aboga por el uso de la ciencia y la tecnología avanzadas, como inteligencia artificial o ingeniería genética, superando los limites biológicos de la especie humana, pero enfrenta polémicas sobre la ética de “mejorar” humanos o mutarlos por otros seres.
El monje dominico Santo Tomás de Aquino murió en el año 1274, pero desde entonces, hace más de 750 años, decía que para ser felices deberíamos prestar atención a la pasión, el intelecto y la voluntad. De adentro hacia afuera buscar la felicidad.
Sostenía que la clave para alcanzar una mayor felicidad no reside en tratar de eliminar el sufrimiento, sino en manejarlo dentro de unos límites razonables y acentuar los numerosos aspectos positivos de la vida, pues los antojos y pasiones no son malos. Santo Tomás no era gnóstico ni puritano: creía que Dios creó nuestras pasiones, pero sugirió que deberíamos gobernar nuestros apetitos en lugar de ser dominados por ellos.
Esas pasiones pueden beneficiar la felicidad siempre y cuando estén bajo el escrutinio y control del otro ingrediente para la felicidad terrenal que es el intelecto.
Y el tercer elemento es la voluntad, según este filósofo cristiano, como fuerza rectora que dice: elige lo bueno que me lleva a lo que quiero a largo plazo, no lo malo que anhelo en este instante, y lo llamaba entendimiento.
En concreto eran tres cosas como estrategia para lograr la felicidad, según Santo Tomás de Aquino: “hay que generar una profunda autocomprensión, siendo estudioso de uno mismo, los hábitos, deseos, impulsos y tendencias emocionales”. El mundo actual nos tiene dispersos en la búsqueda de la felicidad en recursos externos y artificiales en la inmediatez superficial y pasajera.
Al conocernos a nosotros mismos, nos podremos dar cuenta, como segundo paso, que algunas pasiones son moral y prácticamente superiores a otras, lo que nos debe permitir hacer un inventario de esas pasiones y decidir cuál es cuál.
Y el tercer escalón para lograr esa felicidad imperfecta y posible en la tierra es desarrollar el autocontrol con base en ese inventario tomando en cuenta a la voluntad como un músculo que entre más ejercita da mejores resultados.
Siglos antes el filósofo griego Platón, había planteado que la decisión y felicidad de los hombres se logra cuando usamos las facultades de la naturaleza del cuerpo en el mismo orden en que lo tenemos: razón, emoción y pasión. La pasión debe estar sujeta a la emoción y ésta a la razón para tomar decisiones correctas y felices.
Para Santo Tomás, la pasión debe estar subordinada al intelecto y gobernada por la voluntad. Coincidencias de filósofos desde antes de Cristo y luego dentro del cristianismo.
Ahora, la tentación en las redes sociales es fingir ser felices, aparentar lo que no existe, así como engañar y engañarnos con actuaciones en búsqueda de un Oscar. La escritora española Reyes Monforte, lo dijo que la sobreactuación es el pecado de los mediocres.
1 BROOKS, Arthur (2026), Cómo ser feliz, según Santo Tomás de Aquino, The Atlantis, 31 de enero de 2026, sección Negocios, p. 18, 19, Milenio, México
