Chihuahua vuelve a colocarse en el centro del debate nacional, no solo por la efervescencia electoral, sino porque las figuras que hoy se mueven en el tablero representan intereses, grupos y respaldos que van mucho más allá de nuestras fronteras estatales. Y es justamente ahí donde vale la pena detenernos.
En Morena, la senadora por Chihuahua Andrea Chávez ha sido señalada por presunto trabajo electoral anticipado. No es un señalamiento menor: habla de la presión interna por posicionarse antes de tiempo, y de la mano visible de quienes la respaldan. Detrás de ella está el senador Adán Augusto López, uno de los operadores más activos del oficialismo; pero no es la única figura que genera ruido.
La representante en el Senado por Chihuahua, Andrea Chávez, con un estilo confrontativo y una presencia mediática constante, se mueve con el impulso de un grupo nacional poderoso. Su cercanía con el senador conocido como "el de la barredora" la coloca como una posible carta que podría alterar por completo el escenario político local.
Su eventual nominación no solo tensaría el proceso interno de Morena; también pondría bajo la lupa —y con razón— cada paso que se dé en la contienda. Porque cuando alguien se adelanta, no es "estrategia": es el viejo reflejo de querer ganar por ruido, no por resultados. Y hoy, eso ya no alcanza.
Por otro lado, en el PAN el mapa es distinto, pero no menos complejo. Cruz Pérez Cuéllar, aunque pertenece a Morena, es una figura que el panismo observa con atención: representa al rival a vencer, incómodo y real. Su relación con Ricardo Monreal le da un respaldo nacional que no se puede ignorar, y el gobierno estatal lo sabe.
Gilberto Loya ha crecido desde el ámbito técnico con el apoyo de la gobernadora Maru Campos. Ella ha sido cuidadosa —extremadamente cuidadosa— de no mostrar preferencias abiertas por nadie, al menos hasta ahora. Pero esa prudencia también sirve para medir perfiles y separar a los que trabajan de los que solo se acomodan en la foto: dejar que Loya avance por desempeño y que Daniela Álvarez, desde la dirigencia estatal del PAN, consolide trayectoria con articulación interna y oficio político.
Y en medio de todo esto aparece Marco Bonilla. Su principal fortaleza no es un padrino político nacional; es el ritmo de trabajo. Su presencia constante en territorio y la cercanía con la población y con los grupos sociales lo han colocado, hoy por hoy, como el perfil más adelantado. Sí: a veces la juventud le gana y le juega en contra; reacciona con espontaneidad cuando la prudencia sería mejor consejera. Pero en política —y más en tiempos como estos— pesan más los resultados que los discursos, más la gestión que la pose, más el trabajo que el aplauso fácil.
Mientras tanto, las fuerzas vivas del estado también envían mensajes. El grupo Bafar, al frente del cual se presenta Eugenio Baeza, vuelve a colocarse en el plano nacional al ofrecer al gobierno de la República 20 hectáreas en una de las zonas de mayor crecimiento de Chihuahua —donde el metro cuadrado ronda los 4,000 pesos— para construir los hospitales que tanto demandan los derechohabientes del IMSS y del ISSSTE.
Este gesto no solo habla de responsabilidad social empresarial, sino de la urgencia de atender un rezago histórico en materia de infraestructura de salud. Chihuahua está en un punto de definición: entre proyectos, respaldos nacionales, trayectorias locales y ambiciones personales. La pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿quién se necesita realmente en Chihuahua? Y la respuesta, como siempre, la dará la ciudadanía; pero también la dará el trabajo, la congruencia y la capacidad de cada actor para sostenerse más allá del discurso.
Se acabó el discurso. Chihuahua quiere integridad, capacidad probada, empatía y trabajo: resultados. El que no lo entienda, que no estorbe: se queda de aspirante.
