El Callao, Perú.- Lima no es una ciudad que sepa de silencios. En esta urbe de concreto y humedad, el silencio es una anomalía, un espacio en blanco que alguien siempre se encarga de llenar con el claxon de un micro o el pregón de un vendedor de tamales. Pero cuando el calendario marca abril de 2026 y las Elecciones Generales se asoman como un abismo o una esperanza, el ruido adquiere una frecuencia distinta. Es el sonido de un país que se juega la piel cada cinco años, una coreografía de caos que, curiosamente, tiene su propia armonía.
La capital peruana despertó en estos días decisivos envuelta en esa bruma gris ceniza que los limeños hemos bautizado con resignación como "panza de burro". Es una nube que no termina de ser lluvia pero que empapa el ánimo. Sin embargo, este gris tradicional se vio violentado por un estallido cromático sin precedentes. Desde la Panamericana Norte hasta los callejones de Gamarra, no había poste, puente peatonal o fachada que no hubiera sido colonizado por la estética electoral. Gigantografías con rostros tan retocados por el Photoshop que parecían versiones digitales de sí mismos vigilaban el tráfico, prometiendo el paraíso en una ciudad que a las seis de la tarde parece más bien un círculo del Dante.
Faltaban apenas unas horas para que iniciara la restricción oficial, ese periodo donde la ley ordena que los candidatos desaparezcan de la esfera pública para dejar que el ciudadano reflexione. Pero en el Perú, el "silencio electoral" es una figura mística, casi una leyenda urbana. La ley dice que los altoparlantes deben callar, pero las paredes, esas viejas confidentes de la política peruana, siguen gritando.
En los distritos periféricos, como San Juan de Lurigancho o Villa El Salvador, la madrugada previa a la veda fue una zona de combate simbólico. Brigadas de "pintas", armadas con brochas gordas y baldes de cal, se apresuraban a cubrir con blanco los murales de los rivales para estampar el símbolo propio. Es la supervivencia del más apto en formato de propaganda: el territorio se marca con pintura, como si el color del muro determinara el destino del voto.
En el centro de la ciudad, en cambio, el ambiente era de una calma tensa, una suerte de ojo de la tormenta. Los limeños caminaban con paso apurado, pero no por un súbito fervor democrático, sino por una urgencia mucho más pragmática: la "ley seca". Esa otra tradición republicana que convierte a los supermercados y bodegas en escenarios de una rapiña civilizada. Carritos de compras cargados de packs de cerveza y botellas de pisco desfilaban por las cajas antes de que el reloj marcara la prohibición. "Para aguantar el flash electoral, joven", decía un señor mientras acomodaba sus botellas, resumiendo en una frase la idiosincrasia de un país que prefiere recibir sus crisis —o sus victorias— con un vaso en la mano.
Si la política peruana tuviera que ser sintetizada en un paladar, tendría que ser necesariamente agridulce. Como una buena chicha morada. En los mercados de Surquillo y el Rímac, el verdadero pulso de la nación no se sentía en los debates televisados de la noche anterior, sino entre el vapor de los puestos de comida y el tintineo de los cubiertos contra los platos de loza.
Allí, entre el olor al culantro del arroz con pollo y el picante del ají, la política se discute con la familiaridad de quien habla del clima o de los problemas del transporte. "La política es como la chicha, joven: si no se hierve bien con su canela y clavo, sale desabrida", sentenciaba la tía veneno, una vendedora que ha visto pasar más presidentes que alcaldes distritales, mientras servía un vaso helado a un transeúnte que sostenía un folleto electoral como si fuera un mapa para salir de un laberinto.
El tramo final de la carrera trajo consigo una sensación de déjà vu. Los nombres en la parte alta de las encuestas (esas que se leen entre líneas por la prohibición de publicarlas) eran rostros conocidos, casi parientes incómodos en la cena de Navidad.
Por un lado, "La China", Keiko Fujimori. En su cuarto intento por alcanzar el sillón de Pizarro, Keiko demostró que es, quizás, la política con mayor resiliencia de la historia moderna del Perú. Se movía por los cerros de Lima, donde el fujimorismo aún conserva sus bases más duras, con la cadencia de quien conoce cada peldaño de la escalera de cemento. Su campaña fue un ejercicio de disciplina casi militar, un mar de color naranja que apelaba a la memoria de un orden pasado, a la "mano dura" contra la delincuencia y a una estabilidad económica que hoy se siente amenazada. Pero su mayor enemigo no era el rival de turno, sino ese "antivoto" que, como un fantasma, la acecha siempre en la línea de meta.
En la otra acera, desde el Palacio Municipal, "Porky" (Rafael López Aliaga) jugaba sus cartas con la astucia de un empresario que sabe vender esperanza y miedo a partes iguales. Su retórica, por momentos atropellada y cargada de un fervor religioso que conecta con la Lima más conservadora, resonaba con fuerza. "Porky" prometía convertir a Lima en una potencia mundial, una hipérbole que muchos compraban no por convicción, sino por el cansancio de la mediocridad. Su figura representaba ese sector que pide "mano dura", menos burocracia y una limpieza (literal y figurada) de las instituciones.
Y en medio de este banquete de egos y promesas, la Inca Kola. No es solo una gaseosa; es el pegamento social de este país. En las pollerías de Miraflores, no importaba el color del candidato: el vaso de Inca Kola estaba ahí, amarillo y burbujeante. Analizar las encuestas con una "Inca" en la mesa es el ritual máximo de peruanidad. Es la aceptación tácita de que, aunque el sabor sea un misterio y el color sea demasiado brillante para ser natural, es lo que nos une. Es la metáfora perfecta del sistema político peruano: algo que no debería funcionar bajo ninguna lógica científica, pero que ahí está, siendo consumido por todos con una mezcla de placer y costumbre.
Al caer la tarde del sábado previo al domingo de votación, con el sol ocultándose tras la silueta del Morro Solar en Chorrillos, Lima entró finalmente en una suerte de tregua.
Las pantallas de televisión proyectaban gráficos, analistas de saco y corbata desmenuzaban el "margen de error", y en las redes sociales la guerra sucia alcanzaba niveles de toxicidad respirable. Pero en las calles, el ciudadano de a pie ya había tomado una decisión, o quizás, como es costumbre, estaba esperando al último segundo frente a la cédula para que el instinto decidiera por él.
La crónica de estas elecciones de 2026 no termina con el conteo de los votos, ni con el ruido de las portadas de los diarios del lunes. Termina en la resaca silenciosa de una ciudad que sabe que, gane quien gane, la realidad es un muro que no se tumba con un voto. El lunes, el "Metropolitano" seguirá yendo lleno, la humedad seguirá oxidando las ventanas de los microbuses y el tráfico será el mismo monstruo de mil cabezas.
Sin embargo, hay algo en el aire limeño, algo que sobrevive a las crisis presidenciales, a los cierres del Congreso y a las traiciones políticas. Es una esperanza terca, tan dulce y persistente como el sabor de la Inca Kola. Es la creencia de que, quizás, esta vez no nos equivocaremos. Que quizás, esta vez, el elegido o la elegida entienda que Lima no necesita un salvador, sino alguien que simplemente no le estorbe su camino hacia adelante.
Al cierre de esta crónica, el mapa del Perú queda indefinido ante un conteo pausado que no define quien enfrentará a la “China” Fujimori en la segunda vuelta.
Nublado con claros de incertidumbre. La visibilidad es baja para el largo plazo, pero la temperatura social es alta. Se recomienda Chicha Morada para los momentos de reflexión y análisis crítico; e Inca Kola helada para celebrar la victoria o, en su defecto, para pasar el trago amargo de la derrota con la dulzura de lo conocido.
ESPRESSO COMPOL
Una Lima pragmática. Una ciudad que vota con el corazón en la mano, recordando sus heridas, pero con el bolsillo en la mente, cuidando lo poco o mucho que ha logrado construir en estos años de turbulencia. El destino del Perú está en un vaso. Puede ser morado, puede ser naranja, puede ser amarillo brillante. Lo único seguro es que, al final del día, todos compartiremos la misma mesa, esperando que el mañana no sea solo una repetición del ayer.
