La reunión a la que acudió la presidenta de México en España tiene más de fondo que una simple reunión de Estado; más allá de las discusiones estériles sobre si la Madre Patria debe pedir disculpas, o si Claudia Sheinbaum debería tener más cuidado con quién se junta —sobre todo si hablan mal de nuestro vecino Donald Trump—, están esos aliados “progresistas” que van sin rumbo, sin apoyo y sin futuro.
Demostraron que son muy pocos, contados con los dedos de una mano, quienes tratan de mantener esa filosofía frente al neoliberalismo, que se reestructura con grandes triunfos en Estados Unidos, Argentina y Europa; y, en el otro extremo, el neosocialismo representado por potencias como China y Rusia.
“Ningún país tiene derecho a imponer reglas a otros”, replicaron diversos medios internacionales como parte de los mensajes que marcaron el tono de la cumbre celebrada en Barcelona, liderada por el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, centrándose supuestamente en la defensa de la democracia, el rol de la ONU y los conflictos que amenazan la paz internacional.
La reunión de gobiernos progresistas celebrada en Barcelona el fin de semana, denominada la IV Reunión en Defensa de la Democracia y la Global Progressive Mobilisation, fue copresidida por Pedro Sánchez y Luiz Inácio Lula da Silva, con la participación de Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro y Cyril Ramaphosa.
Según ellos, se presentan como un frente unido contra el “avance de la ultraderecha” y la supuesta amenaza al orden liberal, por lo que no faltaron las críticas a Donald Trump en Estados Unidos y a Javier Milei como ejemplos de ese giro.
La reunión de estos cinco mandatarios —entre ellos Claudia Sheinbaum— se observa completamente desconectada de la realidad geopolítica y económica global.
Para los líderes “progresistas”, el ascenso de la derecha es un riesgo existencial para la democracia, el multilateralismo y los derechos humanos, pero omiten que ese ascenso ha sido, en gran medida, una respuesta democrática y electoral a los fracasos palpables de políticas progresistas previas: inflación descontrolada, crisis migratorias, estancamiento económico y una agenda cultural que, según sus críticos, debilita la esencia de los pueblos y las familias.
Ese progresismo artificial decidió ignorar —o bien sus “padres” los dejaron solos—, pero la cumbre revela una contradicción ideológica al no estar presentes los verdaderos poderes socialistas del planeta: China y Rusia.
Queda claro que estos países no se suman a este tipo de foros porque no comparten el marco liberal-internacionalista que los progresistas defienden: China, bajo el Partido Comunista, practica un socialismo con características chinas que combina control estatal férreo, capitalismo de mercado y proyección global.
Por su parte, Rusia, aunque poscomunista, mantiene un modelo autoritario-estatista con énfasis en la soberanía y la multipolaridad. Ambos critican el “orden liberal” como hegemonía estadounidense, pero no lo hacen desde el progresismo socialdemócrata de Sánchez, Lula o Petro; lo hacen desde posiciones de poder real.
Su ausencia no sorprende; no necesitan unirse a una “movilización progresista” que, en el fondo, sigue orbitando alrededor de instituciones occidentales como la ONU, la UE y hasta las declaraciones de los derechos humanos liberales.
Mientras los progresistas debaten en Barcelona sobre la “reforma de la ONU” y el “combate a la desinformación”, China y Rusia avanzan en un orden paralelo donde la soberanía nacional y el pragmatismo económico priman sobre la retórica democrática. Esta omisión expone que la cumbre no es un frente global de la izquierda, sino un club de socialdemócratas occidentales y latinoamericanos que han perdido relevancia frente a potencias no liberales.
La citada cumbre progresista se presenta como alternativa al “populismo de derecha”, pero ignora que el populismo de izquierda también ha generado fatiga electoral en varios casos, España incluida, donde el PSOE de Pedro Sánchez gobierna en minoría y con alianzas polémicas.
Además, al centrar el ataque en Donald Trump y Javier Milei, los participantes evitan confrontar que el “avance de la derecha” incluye victorias democráticas en contextos donde el progresismo fue probado y rechazado por los votantes. No es un golpe contra la democracia; es la democracia funcionando.
A nuestra presidenta, Claudia Sheinbaum, la recibieron con mariachis en el país que dio identidad e historia a México; pero, más allá de ello, no se observa ningún beneficio, salvo unas merecidas vacaciones de un par de días para la primera mujer que dirige nuestra nación. Ojalá no sea un paso hacia ese progresismo obsoleto y sin futuro.
