Después de haber sido encarcelado injustamente durante 27 años, Nelson Mandela fue elegido presidente de Sudáfrica en las primeras elecciones democráticas multirraciales en aquel país, hace exactamente 32 años, para ser precisos, el 27 de abril de 1994.

Al asumir la presidencia, los grupos que representaba exigían venganza por años de opresión y segregación. Lo presionaban para que, en el poder, reivindicara los derechos de la población de color y despojara a los blancos de los privilegios que habían disfrutado y abusado durante generaciones.

Pero Mandela era un hombre de una estatura moral excepcional.

Sostenía que el perdón es el arma más poderosa para superar el miedo y se consideraba a sí mismo "un alma inconquistable", haciendo alusión al célebre poema Invictus de William Ernest Henley. Logró terminar con el apartheid y trabajó incansablemente por unir a la sociedad, evitando una guerra civil que parecía inminente.

Que lejos está el mundo de contar con líderes de esa estatura moral y espiritual.

Si revisamos la realidad política contemporánea en América, desde Estados Unidos hasta la Patagonia, donde predominan líderes que gobiernan mediante la confrontación, el rencor, la polarización y el abuso de poder; que manipulan a las masas a través de la demagogia, el engaño sin tapujos y la excentricidad, nos daremos cuenta fácilmente, que tan lejos estamos de la visión de unidad que caracterizó al estadista sudafricano.

Ante los liderazgos actuales, no es extraño que existan más de sesenta conflictos armados en el mundo, que la búsqueda de la verdad haya sido menospreciada y que el engaño, sin pudor ni vergüenza, sea el arma poderosa que estos seres diminutos utilicen para manipular a la población.

No debemos claudicar, sino seguir luchando por una sociedad más justa, mejor informada y más exigente con sus gobernantes, conscientes que de nuestras acciones, y de nadie más, depende nuestro futuro y el de nuestros hijos.

Y termino con las palabras finales del extraordinario poema de Henley:

Soy el amo de mi destino,

soy el capitán de mi alma