“Porque tuve hambre y no me distes de comer, tuve sed y no me distes de beber…”
Mateo 25:42
Una de las contradicciones más dolorosas de nuestra sociedad, que pocas veces nos detenemos a analizar, es la facilidad con la que una persona que apenas ha logrado construir una vida de clase media, termina despreciando a quien permanece en condiciones de pobreza. Es como si haber conseguido un poco más que el vecino, borrara de nuestra memoria las dificultades que nosotros mismos tuvimos que enfrentar.
El conservadurismo ha promovido, durante décadas, una idea particularmente atractiva y engañosa, que es la de la meritocracia, entendida esta en el sentido de que quien trabaja duro necesariamente progresa y quien permanece pobre lo hace porque no se esfuerza, porque no sabe administrar su dinero o porque espera que el gobierno resuelva sus problemas. Pero la realidad es mucho más compleja.
Nadie elige las condiciones económicas en las que nace, esto es, no se decide nacer en una familia con recursos o en una donde desde pequeño tenga que trabajar. De la misma forma, tampoco se elige recibir una buena alimentación, educación, atención médica y oportunidades, o crecer en un entorno donde esas posibilidades simplemente no existen. Por eso, decir que “el pobre es pobre porque quiere”, es una vil barbaridad, pues es desconocer que las oportunidades están distribuidas de manera profundamente desigual.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), ha establecido que las condiciones socioeconómicas de los padres pueden influir considerablemente en las oportunidades de los hijos y que, la movilidad social, puede ser limitada entre generaciones. Es decir, la pobreza puede convertirse en un fenómeno generacional.
Entonces, quien nace pobre no está condenado necesariamente a morir pobre, pero sí inicia desde una posición mucho más complicada. Y si además tiene que abandonar la escuela para trabajar, carece de acceso adecuado a servicios de salud o vive en una comunidad con pocas oportunidades laborales, la famosa “competencia en igualdad de condiciones” deja de ser una realidad y se convierte en un discurso.
Que existen historias de éxito a pesar de las adversidades, pues sí las hay, pero están sumamente lejos de ser alcanzables siquiera para una minoría. Y en la mayoría de los casos se trata de personas de clase media, que viven endeudadas, que pagan una hipoteca o una renta, que tienen dificultades para cubrir los gastos escolares de sus hijos y que saben perfectamente lo que significa enfrentar una emergencia económica, pero, a pesar de eso, paradójicamente terminan convencidas de que los programas sociales son simplemente una manera de “regalar el dinero de los mexicanos”, a los más desfavorecidos. Qué absurdo.
Si alguien que trabaja toda su vida y llega a la vejez sin recursos suficientes, ¿acaso una pensión social es un regalo o una forma de garantizarle un mínimo de dignidad? Si un joven necesita una beca para continuar sus estudios, ¿es un privilegiado por recibirla o estamos evitando que abandone la escuela por falta de recursos? Si una familia no puede cubrir sus necesidades básicas, ¿el Estado debe simplemente observar y decirle que se esfuerce más? El cuestionamiento no debería ser por qué se ayuda a quien menos tiene, sino por qué una sociedad necesita todavía hacerlo.
El combate a la pobreza en México ha ido avanzando, con resultados sumamente significativos, pero aún falta camino por recorrer. Los programas sociales han sido un factor clave para abatir esa desigualdad social, y para nada implican despojar a alguien de lo que se supone le pertenece. Es destinar los recursos del erario para abatir esas disparidades por demás marcadas.
Si bien, no podemos negar que los empresarios contribuyen a la generación de riqueza, tampoco se puede afirmar que lo hacen por sí solos. En la producción de fortunas las personas trabajadoras son un factor imprescindible. El problema se presenta, cuando la parte que aporta el capital pretende figurar como la única generadora de prosperidad, soslayando al trabajador y posicionándolo simplemente como una parte más del gasto corriente de su corporación. Sin trabajadores, resulta prácticamente imposible generar esas riquezas.
El problema no estriba en confrontar a trabajadores y empresarios, a ricos y pobres o a los beneficiarios de los programas del bienestar con quienes pagan impuestos. La discusión debería centrarse en cómo hacer para que las condiciones de desventajas en las que millones de personas nacen, puedan cambiar en algún punto de sus vidas y no les marquen por generaciones.
Por eso es tan preocupante, aberrante y contradictorio, que muchas personas que viven en la pobreza —o que aparentemente han logrado salir de ella— desprecien a otros pobres, pues como se ha mencionado reiteradamente, cuando alguien que apenas consiguió subir un peldaño de la escalera y comienza a despreciar a quien permanece abajo, termina defendiendo una estructura que también puede hacerlo caer y llegar a ser despreciado.
En tal virtud, la meritocracia pudiera adquirir sentido si hubiese una igualdad de oportunidades auténtica, no cuando algunos inician con múltiples facilidades (patrimonio, influencias, estabilidad económica, etc.) y otros lo hacen desde la miseria (con carencias en todos los sentidos). Esa es una amplia diferencia que imposibilita competir y, que por mucho esfuerzo que se le imprima para salir adelante, será profundamente complicado lograrlo. Es pretende contender desde la nada.
Por eso los programas de bienestar no deben ser considerados como dádivas que los pobres reciben de los mexicanos “que sí trabajan”, ya que muchos de quienes reciben apoyos también han trabajado toda su vida y, de distintas formas, han contribuido a sostener la economía del país. Entonces, el desafío es lograr que esos apoyos sean un medio hacia mejores oportunidades, más no una condición permanente de vida.
Antes de voltear a ver con desdén a los pobres, habría que preguntarnos qué oportunidades tendríamos de haber nacido exactamente en sus condiciones. Tal vez así entenderíamos que la pobreza no siempre es falta de esfuerzo, sino falta de oportunidades.
La justicia social no es aquella que convierte la desigualdad en virtud, sino aquella en la que ninguna persona nace condenada a la miseria.
