Increíble la época que nos toca vivir, con sólo deslizar un dedo sobre la pantalla de un teléfono, podemos trabajar, estudiar o pedirle a una inteligencia artificial que resuelva un problema complejo en segundos, ¡qué padre verdad!; sin embargo, en esta aparente facilidad nos preguntamos: ¿qué le está pasando a nuestro cuerpo y cerebro cuando vivimos conectados 6, 12 o 18 horas del día
En un Congreso reciente, organizado por la Federación Nacional de Filósofos, la investigadora Silvia Irene Adame Rodríguez hizo una advertencia urgente desde la bioética: el uso desmedido de la tecnología además de dilemas morales, plantea que se están generando efectos adversos en la salud física, neurológica y emocional de las personas, especialmente en niños y jóvenes. Como ejemplo menciona que esta alteración física ocurre con el uso de lentes de realidad virtual. Para que nuestro cuerpo mantenga el equilibrio y sepa dónde está ubicado en el espacio, depende del sistema vestibular, una estructura especializada ubicada en el oído interno. Cuando una persona utiliza visores de realidad virtual, sus ojos perciben que está corriendo o volando dentro de un entorno digital, pero su cuerpo permanece completamente inmóvil. Esta discrepancia crea un conflicto sensorial entre lo que ve el ojo y el estímulo que recibe el oído interno. ¿El resultado?, trastornos del equilibrio, mareos, dolores de cabeza, vértigo e incluso náuseas que alteran el funcionamiento normal del cuerpo. El impacto más grave no ocurre en los oídos, sino en el cerebro. La corteza prefrontal es la región cerebral relacionada con la voluntad, el autocontrol, la capacidad de atención sostenida y la toma de decisiones. Durante la infancia y la adolescencia, esta área se encuentra en pleno desarrollo. Cuando sustituimos el esfuerzo mental por respuestas inmediatas de una pantalla o delegamos toda la memoria a los motores de búsqueda, caemos en dependencia de sistemas como la IA, lo que genera disminución de la capacidad de indagación crítica y creatividad. Un músculo que no se ejercita, se atrofia; de similar forma la memoria de trabajo y la capacidad de análisis se debilitan (atrofian) si dejamos de usarlas. Esto explica por qué hoy se observa un aumento alarmante de jóvenes con serios problemas para memorizar, concentrarse o mantener la atención en una lectura sencilla. A esto se le suma la adicción digital provocada por el "diseño persuasivo": algoritmos creados con técnicas para generar descargas continuas de dopamina a través de notificaciones y scroll infinito. Esta estimulación constante no sólo inhibe la voluntad, sino que altera drásticamente los ciclos de sueño (privación crónica), derivando en crisis de ansiedad y problemas de salud mental. El problema abarca también las etapas más tempranas del desarrollo. En los lactantes y niños pequeños (de 0 a 2 años), la maduración cerebral depende del contacto físico, el movimiento corporal y el apego seguro con sus padres. La exposición a pantallas o la "ausencia psicológica" de adultos hiperconectados interfiere en la regulación emocional a largo plazo y frena el desarrollo de la psicomotricidad fina, clave para el aprendizaje posterior de la escritura y la lectura. Evaluar la tecnología no puede reducirse a saber si un dispositivo funciona bien. Es indispensable preguntarnos si su uso prolongado daña la salud de quienes lo utilizan. El desafío actual no consiste en renunciar a la tecnología, sino en aprender a utilizarla con prudencia. Proteger las horas de descanso, limitar el tiempo de pantalla en los menores, ejercitar la memoria y recuperar el movimiento físico son pasos sencillos, pero urgentes para evitar que la búsqueda del progreso técnico termine pasándole una factura irreparable a nuestra salud. Análisis y reflexión tomado de: Adame Rodríguez, S. I. (2026, julio). Límites y fronteras de la libertad en la ciencia aplicada. Conferencia. VIII Congreso Nacional de Filosofía: Persona humana y libertad, Federación Nacional de Filósofos. Ciudad de México.