En una sobremesa cualquiera en Chihuahua alguien revisa un iPhone, otro compra en una plataforma china, una adolescente escucha K-pop y alguien propone ver una serie estadounidense; sobre la mesa hay tacos, pero también Coca-Cola, quizá mañana habrá ramen y seguramente alguien dirá outfit, feedback o streaming sin sentir que está hablando otro idioma.

Parece una escena cotidiana. También es geopolítica.

Durante siglos aprendimos a reconocer el poder por sus formas más evidentes: ejércitos, dinero, fronteras, tratados, sanciones. Joseph Nye, politólogo de Harvard, puso nombre a una modalidad menos visible: soft power, la capacidad de influir mediante la atracción; conseguir que otros admiren una cultura, valores o formas de vida hasta incorporar parte de ellos voluntariamente.

Estados Unidos entendió bien el mecanismo. Hollywood, la música, las universidades, Silicon Valley, las marcas y posteriormente las plataformas consiguieron algo extraordinario: volver cotidiana su influencia. México está además profundamente integrado a su economía; en 2026 alrededor del 83% de nuestras exportaciones tienen como destino ese país y Chihuahua ocupa una posición estratégica dentro de esa relación.

Pero el tablero cambió.

China pasó de representar para muchos mexicanos la etiqueta de un producto barato a formar parte de un ecosistema de teléfonos, automóviles, comercio electrónico, telecomunicaciones y aplicaciones; en mayo de 2026 México importó desde ese país más de 11 mil millones de dólares, según Data México. Aquí aparece otra dimensión del poder: shaping power: la capacidad de moldear el terreno donde los demás toman decisiones.

Corea del Sur ofrece una ruta diferente y fascinante. El consumo de K-pop en Spotify México creció más de 500% en cinco años; después de la música llegaron series, cosméticos, comida, moda, idioma y turismo. La influencia cultural abre curiosidad; la curiosidad genera afinidad y la afinidad puede convertirse en mercado.

El poder aprendió a viajar ligero.

México tenía en 2025 casi 105 millones de usuarios de internet, según INEGI; eso significa que la disputa por nuestra atención ya cabe en el bolsillo. Los algoritmos seleccionan contenidos, la repetición produce familiaridad y aquello que vemos suficientes veces puede terminar convertido en tendencia, consumo, lenguaje o aspiración.

Aquí conviene detener la paranoia: utilizar tecnología china no nos convierte en instrumentos de Pekín; escuchar BTS tampoco nos vuelve coreanos ni Netflix estadounidenses. Las sociedades siempre han intercambiado cultura. El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos quién define aquello que vemos, deseamos y consideramos normal.

Porque México también tiene poder blando. Gastronomía, música, cine, literatura, patrimonio, turismo, culturas originarias y millones de mexicanos en el exterior proyectan una identidad reconocible en el mundo; la pregunta incómoda es si sabemos convertir esa enorme capacidad cultural en estrategia o simplemente celebramos que los tacos y el Día de Muertos sean universales.

Nos enseñaron a desconfiar del poder cuando amenaza; falta aprender a reconocerlo cuando seduce.

No hace falta prohibir canciones, aplicaciones, series ni productos extranjeros; hace falta formar ciudadanos capaces de identificar por qué desean lo que desean, quién administra su atención y qué intereses participan en la construcción de sus aspiraciones.

Mañana, antes de compartir una tendencia, comprar porque apareció veinte veces en pantalla o repetir una idea que el algoritmo sirvió como propia, hagamos una pregunta incómoda: ¿esto lo elegí o aprendieron a hacer que lo eligiera?

El poder más eficaz quizá no sea el que consigue obediencia.

Es el que consigue que llamemos elección a su influencia.

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