Cuando Andrés Manuel ganó las elecciones en el 2018 -sobremanera quienes votaron por él- dijeron “no nos puede ir más mal”. En lo particular no me importaba tenerlo seis años de presidente. Ya habíamos tenido tan mala suerte con Vicente Fox; fue un muy buen opositor, extraordinario candidato y si calificamos su gestión con generosidad pasaría de panzazo. A Felipe Calderón lo consideré un tipo inteligente, decidido, rebelde (por eso le gusta el corrido “el hijo desobediente”) pero posiblemente su enfermedad le haya ganado la partida. De Enrique Peña Nieto tenía buenas referencias como gobernador del Estado de México. Decían mis colegas y amigos toluqueños que era férreo, osado, mano dura, realista, inclemente, casi casi el perfil de El Príncipe de Maquiavelo, fiero como un león y astuto como una zorra, pero reflejó todo lo contrario. Gobernó con el objetivo de que su sucesor fuera AMLO. Y tenemos razones para sostenerlo; ni de él ni de Carlos Salinas de Gortari se acuerdan los morenistas. Lo malo que ocurre en el país es culpa de, ya saben, Calderón. A los dos mencionados, se les exoneró –y eso que no se hicieron morenos- de cualquier pecado.

Un sexenio como quiera pasa, el país es tan fuerte que no puede ser destruido en seis años a pesar de la experiencia con Luis Echeverría que lo intentó con todas sus fuerzas, si bien este objetivo lo lograron José López Portillo y Miguel de la Madrid. Lo que me preocupaba –y ese pesimismo se convirtió en una tristísima realidad- es que llegando al poder ya no lo dejara. Ya fuese él como persona –en este Maximato que vivimos- o en una reelección –cuyas condiciones no se dieron para proponerla- o una extensión del mandato –que tampoco fue posible-. Pero de que sigue mandando desde Palenque, sigue mandando. Y lo querrá hacer por mil años (por qué será que la 4T siempre me recuerda al 3er Reich).

Ya tiene en sus manos el poder ejecutivo, el legislativo, el judicial y ahora, para no correr riesgos quiere dominar el Instituto Federal Electoral. Se afirma que al menos siete gubernaturas están en riesgo para los guindas, bueno, para eso necesitan una reforma electoral que les garantice el triunfo.

También es cierto que, de continuar así las condiciones actuales, se cumplirán los deseos de permanecer en el poder por lo menos setenta años. Sí, como el PRI. Al tricolor no lo sacaron de Los Pinos los opositores, sino la división interna. Lo mismo le puede ocurrirle a Morena en pocos años porque las tribus están peleando por el poder. Y están pensando en el 2030. Por lo pronto descarte a Andy López Beltrán, está haciendo lo imposible –y lo está logrando- para no ser el nuevo macho alfa. Su decadente popularidad no se la debe a sus enemigos políticos, ni a los terribles y maléficos líderes de la derecha, ni a los fifís, sino a sus propias amistades y lo repetimos, a él mismo. El segundo de la lista es Gerardo Fernández Noroña. Soñó con la presidencia y por lo menos continuar en la política –senador, diputado, jefe de gobierno, lo que sea porque vivir fuera del presupuesto es vivir en el error- pero se engolosinó con el poder, presumió lo que no debe ostentarse y como se sabe perdido hace y dice lo que quiera porque sabe que ya terminó su carrera política. No tiene nada que perder, ni nada que ganar.

El tercero es Adán Augusto López. Su caída política se debió a su soberbia. Y sobre todo a quienes lo conocen bien, muy bien y abrieron la boca y los expedientes ¿Quiénes sabían de sus negocios lícitos e ilícitos? ¿quién sabía de sus nexos con La Barredora? ¿de sus sinceros sentimientos por Andrea Chávez? Pues sus allegados… pero por eso se dice “no te cuides de tus enemigos, sabes que tratarán de hacerte daño. Cuídate de tus amigos, porque ellos te conocen todas tus correrías”. Ergo, el único que puede detener la dictadura de Morena es, paradójicamente, Morena.

Mi álter ego no tiene planeado leer “Grandeza” de Andrés Manuel López Obrador. Pero un amigo me platicó que ya lo leyó y que ahí dice que los toltecas inventaron –en el año 1018- el refrigerador sin escarcha. No se les dio el mérito más que merecido porque todavía no había donde conectarlo.