Después de un golpe de Estado fallido en 1992, Hugo Chávez ganó las elecciones democráticamente en Venezuela en 1998 y asumió el poder en febrero de 1999. Con ello dio inicio a lo que se conocería como el régimen chavista o la Revolución Bolivariana.
En México, el partido Movimiento de Regeneración Nacional ganó las elecciones en 2018 y puso en marcha el proyecto denominado Cuarta Transformación, un cambio de régimen profundo que recientemente ha cumplido siete años en el poder. Para evaluar los resultados de transformaciones políticas de esta magnitud es indispensable comparar períodos equivalentes. La construcción —o destrucción— de un país no ocurre de la noche a la mañana: es un proceso lento, silencioso y, en muchos casos, engañoso. Los resultados inmediatos suelen ser visibles y políticamente rentables; los sostenibles en el largo plazo, en cambio, son difíciles de alcanzar y aún más de preservar. Por ello, el ejercicio más objetivo es comparar los primeros siete años del chavismo con los primeros siete años de la Cuarta Transformación. Solo así es posible contrastar proyectos a partir de datos y hechos, y no de percepciones u opiniones. Hechos y decisiones en los primeros siete años En Venezuela, durante este período inicial, se redactó una nueva Constitución, se crearon nuevos poderes públicos, se fortaleció el culto a la personalidad de Hugo Chávez y se profundizó la polarización social. El gobierno amplió su control sobre las instituciones y, de manera particular, sobre Petróleos de Venezuela (PDVSA). Se llevaron a cabo expropiaciones emblemáticas —difícil olvidar la frase “¡Exprópiese!”— y se implementaron programas masivos de apoyo social, incluyendo subsidios generalizados a los alimentos. Todo ello ocurrió en un contexto excepcional: un incremento extraordinario en los precios del petróleo, que otorgó al Estado ingresos suficientes para financiar su proyecto político y social. El resultado fue una popularidad altísima: en 2006, Chávez registraba hasta 82.7 % de opiniones positivas y una intención de voto estimada entre 55 % y 60 %, según distintas encuestadoras. En México, los primeros siete años de la Cuarta Transformación se han caracterizado por decisiones de alto impacto: la cancelación del aeropuerto de Texcoco; grandes obras de infraestructura como Dos Bocas, el Tren Maya, el AIFA y el Tren Interoceánico; la universalización de programas sociales —que ya existían, pero fueron ampliados—; la desaparición de órganos autónomos; y una mayoría absoluta en el Poder Legislativo, en medio de fuertes cuestionamientos sobre su legitimidad. Un punto particularmente relevante ha sido la elección de jueces y ministros por voto popular, lo que derivó en una Suprema Corte de Justicia integrada por personas con vínculos previos con el gobierno, militancia partidista o afinidad explícita con el proyecto de la Cuarta Transformación. Para financiar estas acciones, se desmantelaron fideicomisos, se utilizaron fondos acumulados durante décadas, se incrementaron algunos impuestos de forma aislada y se incurrió en un déficit fiscal que no se observaba desde 1986. Los niveles de popularidad presidencial, al igual que en Venezuela, han sido elevados durante este período inicial. Resultados económicos comparables ¿Cuáles han sido los resultados económicos tras siete años de gobierno en ambos países? Con base principalmente en cifras del Banco Mundial, en Venezuela, entre 1999 y 2006, el PIB per cápita en dólares corrientes creció 65.5 %. En México, entre 2018 y 2025, el crecimiento fue de 40.1 %. En términos de PIB total en dólares corrientes, Venezuela registró un crecimiento de 567 %, al pasar de 59.3 mil millones de dólares a 393 mil millones en 2006. México, por su parte, mostró un crecimiento más moderado: de 1.286 billones de dólares en 2018 a aproximadamente 1.830 billones en 2024 (la cifra oficial de 2025 aún no se da a conocer). Respecto a la inversión pública en infraestructura como porcentaje del PIB, Venezuela se ubicó entre 1.5 % y 2.5 % durante el período analizado, mientras que México se situó entre 2.9 % y 3.6 %. En cuanto a la deuda externa, Venezuela prácticamente no mostró variaciones relevantes, al pasar de 48.9 mil millones de dólares a 49.4 mil millones. En contraste, la deuda externa de México se incrementó de aproximadamente 450 mil millones de dólares en 2018 a 623 mil millones en el primer trimestre de 2025. Un indicador clave para evaluar la sostenibilidad del crecimiento es la deuda pública total como porcentaje del PIB. En este rubro, Venezuela cerró 2006 con un endeudamiento de 23.8 %, mientras que México alcanzó un 52.3 % en 2025. Algunas conclusiones relevantes El ejercicio comparativo podría ampliarse a otros indicadores, pero incluso con estas cifras es posible extraer algunas conclusiones: 1. Para anticipar la trayectoria de un régimen en el largo plazo, es indispensable analizar variables estructurales como infraestructura, deuda pública y crecimiento económico. 2. En sus primeros siete años, el chavismo mostró resultados económicos extraordinarios, incluso superiores a los observados en los primeros siete años de la Cuarta Transformación. 3. Cuando las decisiones políticas y económicas son similares, es razonable esperar que los resultados de largo plazo también lo sean. 4. Afirmar que “México está mejor que la Venezuela actual” ignora que los efectos de las decisiones políticas y económicas no son inmediatos, sino de largo plazo. Tal vez la pregunta correcta no sea si hoy estamos como Venezuela, sino si podemos llegar a estarlo. Desde mi punto de vista, la respuesta es clara: sí, es posible, si no se corrige el rumbo. Si las decisiones de gobierno se basan en ideología y no en técnica; si se descuida la educación, la infraestructura y la seguridad; si se permite un crecimiento descontrolado del endeudamiento; si se debilita el Estado de derecho y las instituciones; y si se fomenta la polarización en lugar de la cohesión social. Construir un país exige decisiones impopulares, visión de largo plazo y responsabilidad institucional. No busca el aplauso fácil, ni la popularidad inmediata, ni el voto a cualquier costo. Y esa, precisamente, es la lección que no deberíamos ignorar.