Las portadas de matutinos nacionales pareciera que hablan entre sí. En El Universal, Reforma o La Jornada, los encabezados repiten un mismo hilo conductor: ajustes en la estrategia de seguridad, balances oficiales que apuntan a una supuesta contención de la violencia y declaraciones que buscan transmitir orden y control. Desde la Ciudad de México, la narrativa se construye con cifras, comparativos y promesas. El problema es que esa historia, por bien escrita que esté, no alcanza.
Basta mirar hacia el norte para entenderlo. En Chihuahua, la semana pasada no se vivió como una curva descendente en una gráfica, sino como una secuencia de hechos que vuelven a tensar el ánimo colectivo. Ejecutados abandonados en colonias donde antes se caminaba con cierta tranquilidad, ataques armados que rompen la rutina diaria, mujeres asesinadas cuya muerte pronto se diluye en clasificaciones burocráticas y familias que modifican horarios, trayectos y hábitos para reducir riesgos. Aquí, la violencia no es un concepto: es una presencia constante.
Las portadas de medios nacionales o que circulan desde la capital del país, fijan tendencias; las locales hablan de nombres, de calles, de horas exactas. Ahí se abre la grieta. Mientras el discurso central presume avances generales; estados como Chihuahua siguen cargando con una violencia persistente que no entiende de promedios. No se trata de negar esfuerzos institucionales ni de desconocer políticas públicas, sino de aceptar que la seguridad no se vive de manera homogénea, aunque así se intente comunicar.
Ciudad Juárez vuelve a aparecer como símbolo incómodo. No solo por el número de homicidios, sino por lo que representa: una ciudad que arrastra una memoria de violencia que nunca termina de cerrarse. Cada nuevo hecho reactiva miedos antiguos y confirma que el problema no ha sido superado, apenas contenido a ratos. Juárez se ha convertido, una vez más, en el recordatorio de que la violencia no desaparece cuando deja de ser titular nacional.
A este panorama se suma otro elemento que rara vez se discute con profundidad: la normalización. Las portadas nacionales siguen informando, sí, pero la violencia ya no siempre ocupa el lugar central. Compite con reformas, disputas políticas o declaraciones coyunturales. El riesgo no es que los medios informen menos, sino que la sociedad se acostumbre a convivir con el horror. Cuando leer sobre asesinatos deja de sacudir, algo se rompe en la conciencia colectiva.
En Chihuahua, esa normalización pesa más. Porque aquí la violencia no es excepcional, es estructural. Se acumula semana tras semana. Se hereda de una generación a otra. Y cada jornada sin respuestas claras refuerza la sensación de que el problema no se resuelve, se administra. Que no se enfrenta de fondo, se encapsula en discursos.
El contraste entre las portadas nacionales y la realidad local deja al descubierto una verdad incómoda: el poder sigue apostando al control de la narrativa antes que a la transformación de la realidad. No siempre se miente, pero sí se encuadra. Se decide qué decir primero, ¿qué suavizar? y ¿qué explicar después?. Y cuando alguien cuestiona ese relato, la respuesta suele ser técnica, fría, distante de la experiencia humana.
Pero la gente no vive en informes ni en conferencias. Vive con miedo. Vive calculando rutas, horarios y silencios. Vive preguntándose si volverá a casa. Y mientras esa pregunta siga presente, ninguna portada optimista podrá imponer tranquilidad.
Aquí está el punto que incomoda al poder. Chihuahua desmiente la narrativa nacional. No con opiniones, sino con hechos, por eso resulta incómodo, porque evidencia que el país que se describe desde el centro, no es el mismo que se vive en las regiones; muestra que la violencia no ha cedido, solo ha sido desplazada del discurso principal.
Un gobierno que controla la narrativa puede ganar tiempo, pero no puede ganar paz. Puede ordenar titulares, pero no puede ordenar el miedo. Y cuando el relato se impone sobre la experiencia, el costo no es político: es social.
Mientras las portadas nacionales sigan hablando de avances y estados como Chihuahua sigan contando muertos, la pregunta no es si la violencia va a la baja. La pregunta es a quién le sirve decir que todo va bien. Y esa, hoy, sigue siendo la más incómoda de todas.
O ¿usted qué opina?
