“La vulgaridad no es pobreza
material sino pobreza espiritual”
ALBERT MESA REY
Ahora que ha pasado el domingo 8 de febrero, donde la expectación del medio tiempo en el juego del Super Bowl, llegó a rebasar a los jugadores de equipos que peleaban por el galardón, es necesaria una reflexión sobre este fenómeno masivo que, para desgracia de la cultura, eleva lo vulgar a la máxima expresión de valores, sentido y significado de la vida.
Sin generar alarma de que el cantante Bad Bunny (conejo malo) es criticado desde una posición puritana o moralista, debemos al menos ser conscientes de lo que escuchamos. Y siendo sinceros, o al menos ese fue uno de los comentarios muy amplios, es que a pesar de cantar en español realmente no se entiende pues Bad Bunny no canta, sino balbucea, por lo general no se le entiende lo que dice. Y en ese constante repetir obsesivo de palabras se van colando ideas, figuras y palabras que denigran a la mujer, que tratan groseramente la sexualidad y se presenta a la mujer como objeto sexual.
¿Lo han tratado de escuchar?
Hay una canción que se llama Safaera que, para poder entender la idea, debemos reproducir parte de su letra y se vea lo que realmente canta. Y una disculpa adelantada, pero si no lo mostramos, nos pueden acusar de exagerados y mojigatos.
“Diablo, que Safaera…tú tiene un culo cabrón…muévelo, muévelo…
Vino ready ya, puesta pa una cepillá, me chupa la lollipop, solita se arrodilla, hey…Cómo te atreve mami a venir sin panti?...
“¡Que tu te cree? Jodio cabrón, je, je, yo hago lo que me da la gana, díselo conejo…”
“Chocha con bicho, bicho con nalga…cho-chocha con bicho, bicho con nalga, si. Chocha con bicho, bicho con nalga, te-te está rozando mi tetilla”
“Mami ¿qué tu quiere? Aquí llegó tu tiburón. Yo quiero perrearte y fumarme un blunt, ver lo que esconde ese pantalón. …Si tu novio no te mama el culo, pa eso que no mame” …”Yo quiero tirarme un selfie con esa nalgota…”
Y asi son varias canciones de este nuevo modelo de vulgaridad y que circulan profusamente por las redes sociales.
Y ha popularizado el llamado “perreo”, un baile urbano asociado al reguetón, caracterizado por movimientos sensuales de cadera, flexión de rodillas y, a menudo, el acercamiento íntimo de los cuerpos (faje), simulando movimientos de una relación sexual o apareamiento.
Se basa en movimientos de cadera, círculos con la pelvis y un "rebote" constante al ritmo de la música. Incluye el twerking (agitación de glúteos), movimientos fluidos de cadera y el uso de las rodillas para dar rebote. Y se caracteriza por no tener miedo a la expresión sexual y disfrutar del baile en la pista. Al final de cuentas, un humano simulando las relaciones sexuales de los perros.
No nos escandalizamos. Alguien diría que son los tiempos que vivimos, solo que una cosa es avanzar y otra es retroceder.
Por supuesto que cada uno puede bailar como quiera y simular coitos animales, pero no confundir con expresiones culturales musicales, porque estamos ante una era de decadencia que en lugar de ascender, por la tecnología que tanto presumimos, nos hemos desbarrancado en una vulgaridad que se burla de la racionalidad y nivel espiritual que la cultura eleva.
Además con una gran contradicción inexplicable, que por un lado se ha ido tejiendo una campaña en luchar contra el machismo, la “cosificación” sexual de la mujer, la violencia contra la mujer, pero se escucha y se baila a rabiar con personajes que justamente promueven, en la letra de sus canciones, una falta de respeto a la mujer.
Entonces, ¿en qué quedamos? Si perdemos la congruencia, perdemos el rumbo y alocamos a la brújula. Ya lo había dicho Neil Postman que “nos estamos divirtiendo hasta morir”.
Lo sostuvo Zarko Pinkas-Ramírez: “al final, el reguetón y lo que canta Bad Bunny simplemente es pornografía con música. Le quitas la música y quedan vulgaridades escritas en un baño público”.
Para el filósofo Umberto Eco, para no confundir ni que se nos califique de estar contra expresiones populares, fue claro y directo que “lo vulgar no es el pueblo, es la pereza”. Flojera mental y espiritual para crear algo que nos eleve como humanos y no que nos ponga de rodillas, a cuatro patas, como perros a “perrear”.
“Más allá de la obra de Bad Bunny, lo que evidencia este fenómeno (RAMIREZ) es cómo la sociedad ha permitido que lo vulgar se imponga sobre lo culto. Sus letras cargadas de sexualización extrema, drogas y violencia no buscan poesía ni erotismo, son pornografía disfrazada de música popular y este patrón se replica y amplifica en Tik Tok, Instagram y otras plataformas, donde la cultura se traduce en vulgaridad constante y no en expresión artística”
Y del negocio de la atención en las redes sociales, está por supuesto el negocio del consumo. Estas canciones de Bad Bunny, aunque no se le entienda y para no quedar fuera de la moda, se repiten y se “perrean” con un nuevo concepto de pornografía lingüística y de entrenamiento.
La pregunta que salta es ¿por qué hemos establecido un culto a lo vulgar y a lo soez?
A través de las redes sociales se ha diseminado la justificación de una “falsa rebeldía, donde lo vulgar se vende como transgresión. Decir lo que piensas aunque sea un insulto o ser real aunque sea cruel. Antes lo vulgar tenía contrapesos: instituciones educativas, medios rigurosos, figuras públicas que encarnaban cierta dignidad. Hoy, esos pilares se desdibujan, La escuela compite con Tik Tok, los periódicos con memes y la autoridad cultural la ejerce un streamer (alguien que transmite contenido de video en vivo a través de Internet) que grita obscenidades, sin filtros, todo se vale”
Quien dice lo anterior es un escritor que fue soldado enfermero en España, pero tiene una claridad para definir lo vulgar como un espectáculo de mal gusto, cuando “un influencer escupe a la cámara y consigue millones de likes, un político que gana votos con insultos en lugar de propuestas, un programa de televisión que convierte la humillación en entretenimiento en una sociedad que no solo tolera lo vulgar, sino que lo celebra. Eso ha generado que la vulgaridad, entendida no como pobreza material, sino como pobreza de espíritu, ha dejado de ser marginal para convertirse en moneda corriente. Las redes sociales, la televisión basura y hasta ciertos discursos políticos han normalizado la grosería, el escándalo y el pensamiento rápido como si fueran sinónimos de libertad”
Establece que las redes sociales funcionan con la economía de la atención, ese es el negocio. El algoritmo no premia la profundidad, sino el impacto. Un comentario hiriente, una grosería, insulto o vulgaridad genera más interacción que un análisis meditado o un gesto obsceno atrae más miradas que uno elegante porque la vulgaridad es un atajo que requiere menos esfuerzo y ofrece recompensas inmediatas.
El resultado es que “la vulgaridad se usa como arma politica, que fue uno de los mensajes de Bad Bunny, que tenemos un agotamiento cultural con lenguaje empobrecido y la normalidad de la agresividad terminando en una cultura del descarte donde lo vulgar es efímero por naturaleza en un mundo que idolatra lo inmediato y lo complejo -el arte, filosofía- quedan arrinconados como aburridos”.
E Iñigo Almuena señala que algo profundamente extraño sucede en nuestra psique colectiva cuando confundimos la ubicuidad con la grandeza y no es que no podemos explicar su éxito, es que nos da miedo admitir que el gusto popular ha tocado fondo.
La cantidad ha desplazado la calidad donde se privilegia el algoritmo de la mediocridad.
Entre Bugs Bunny y Bad Bunny hay un océano de diferencia. El primero es el conejo más popular desde 1938 hasta Bad Bunny cantante y compositor de trap (basura) y reguetón, un conejo muy vulgar pero idolatrado en este mundo raro.
¿Qué hay de nuevo, viejo?, preguntaba Bugs Bunny, pero el conejo malo, que retrata nuestro mundo, habla de perrear y de las relaciones sexuales explicitas con mujeres y éstas repiten y bailan sus rolas.
