El notable pedagogo y escritor Profr. Doctor José Carrillo, Catedrático de la UNAM y de la Escuela Nacional de Maestros, en su libro “Sinopsis de Historia de la Educación” (Tercera edición C y A, México, 1955), hizo una crítica radical y penetrante del panorama histórico de la pedagogía universal.

Académico “erudito y con dominio de varias lenguas europeas, fiel a su credo filosófico, esgrime con singular acierto el Materialismo Histórico como herramienta ideológica para interpretar el vasto y complejo mare mágnum de la educación, sus teorías y realizaciones desde la remota época tribal hasta arribar a la etapa de las democracias populares de Europa y Asia”. Incluyendo la educación de los pueblos indígenas de la América Pre-Colombina; del dominio colonial, monárquico feudal de España y Portugal en Latinoamérica y el Caribe; así como la impuesta por el imperialismo en los países ‘coloniales y dependientes’ de África y Asia.

De tal manera, en las relaciones de producción de la sociedad humana: comunidad primitiva, esclavismo, feudalismo, capitalismo y socialismo —sus gobiernos o Estado-gobiernos—, tienen el deber o la autoridad de formular y constituir sus respectivos sistemas de educación, “acordes a sus intereses” o de la “clase dominante”.

De ahí, que en ese marco histórico, no debe extrañarnos, el controvertido contexto político del momento, caracterizado por el debate y/o discusión sobre los posibles ajustes que deben hacerse a los contenidos de los LIBROS DE TEXTO GRATUITOS, así como al MODELO EDUCATIVO de la Nueva Escuela Mexicana (NEM). Dejamos ahí el asunto, a reserva de tratarlo en próxima colaboración, para proseguir y ampliar nuestra colaboración del jueves 12 del presente mes (“Responsabilidad de la familia y la escuela”).

La experiencia como madres y padres, como tutores, nos indica qué habrá que enseñar a hacer a los hijos para poder, después, razonada y sistemáticamente pedirles que las hagan. Si a nuestro hijo (a) de seis años o más, le enseñamos a ‘recoger’ su cuarto, preparar su mochila, ordenar sus ropas, etc., le podemos dar como responsabilidad tener ordenado su cuarto o recámara, organizar sus materiales de la escuela,…

Por supuesto, que lo anterior exige tacto, estar pendiente de que se cumpla lo indicado y valorarlo positivamente. Requiere que siempre, sistemáticamente, la criatura lo cumpla para que se traduzca en un hábito o consciente disciplina. ¡Así se educa!

Es innegable que educar es una tarea compleja, lo cual hace que no por desconocimiento, sino por “comodidad” a veces, los padres permitan hoy, algo que mañana prohibirán y entonces caen en contra de lo que quieren lograr. Claro que tener buenas relaciones con los vástagos no implica hacer concesiones, sino que los asuntos se analicen y planteen en un tono afable y tranquilo, pero firme.

Las órdenes así presentadas, si están al alcance de los hijos, deberán ser cumplidas, si no, se analizará el por qué, sin alteraciones, pero sin relajamientos.

Los hijos como tales y como alumnos, necesitan normas para vivir. El adulto: padres, tutores o docentes debe establecerlas, explicarlas, propiciar que se cumplan y velar por ello metódica y permanentemente. Pero ante todo: PREDICAR CON EL EJEMPLO.

A menudo, los progenitores piensan que deben educar a los hijos como los educaron a ellos, “autoritariamente”, imponiendo, ordenando, ignorando las opiniones e intereses de sus hijos (as), sin explicación alguna.

Ninguna de estas formas o tácticas de educación familiar o escolar son convenientes para el estudiantado, porque no permiten el acercamiento positivo a la vida del hijo, del escolar. Con los hijos, con los escolares, hay que relacionarse, para poder — sin que se sientan vigilados—, conocer sus intereses, sus preocupaciones, sus afectos, las cosas que les agradan o desagradan, estar al tanto de su comportamiento general en la escuela, la actitud hacia los maestros, las dificultades con que tropieza. A veces esto no se logra, especialmente en la adolescencia, porque el cambio de tipo de relaciones que esta etapa de la vida exige no se produce, y surgen conflictos.

Siempre debe tenerse presente, que las relaciones de colaboración, de comprensión que se gesten en la adolescencia, entre padres e hijos o educadores y alumnos serán determinantes en la consolidación o estabilización de los rasgos de la personalidad del muchacho (a).

Es importante reflexionar acerca de lo que esperan los adolescentes de sus padres y maestros. Ellos quieren que sean justos, comprensivos, alegres, exigentes y, ¿qué encuentran a veces? Padres o docentes irritados, gritones, fatigados, que lejos de estimularlos los defraudan; que no confían en ellos, ni les permiten el desarrollo de su independencia, que les critican y tratan como si aún fueran niños. ¿Por qué se dan estas situaciones? Porque en general, se respeta poco la personalidad en formación de los menores educandos.

El niño, el adolescente, comprueba y siente que se le respeta cuando se le pone atención a lo que dice o piensa, cuando se le oyen sus juicios y opiniones, sus gustos e intereses.

Las cuestiones planteadas, deben llevarnos a una importante conclusión: para que padres y maestros puedan cumplir la importantísima función que la sociedad le confiere de EDUCAR e INSTRUIR a las nuevas generaciones, es fundamental que establezcan relaciones positivas de afecto, respeto y comprensión hacia aquellos que se educan.

Relaciones humanas que se fundamentarán en la profunda convicción de que podemos cumplir con éxito el desempeño más importante de nuestras vidas: la educación de las nuevas generaciones en consonancia con los anhelos y con los objetivos de la comunidad, de la sociedad toda.