Me hicieron llegar un video que circula en mi espacio digital: un merolico vestido con pieles de colores estridentes, que entre desplantes de sabiduría ranchera dictaba una serie de normas de conducta, es decir, de moral. Me detengo en una sola, porque es la columna vertebral de su postura: la célebre recomendación de “no sudar calenturas ajenas”.
En el habla cotidiana, la frase pretende sonar prudente, casi higiénica. Sugiere que cada uno debe ocuparse solo de lo suyo, que los problemas del otro no nos incumben y que la vida es más ligera si uno se mantiene al margen de las tribulaciones ajenas. Pero esa supuesta sabiduría práctica encubre una visión empobrecida del ser humano: una proclama solipsista, egocéntrica y, en el fondo, profundamente antisocial.
Porque si algo define a la persona humana es exactamente lo contrario. Somos seres sociales antes que individuos; nuestra existencia depende de una red de vínculos que nos antecede, nos sostiene y nos proyecta. Nadie llega al mundo por sí mismo, nadie se desarrolla en aislamiento, nadie construye identidad sin el espejo del otro. La autonomía no es un punto de partida, sino una conquista derivada de una trama previa de cuidados, afectos, lenguaje y cultura. Pretender que podemos vivir sin “sudar calenturas ajenas” es negar la genealogía misma de nuestra humanidad.
Quienes participamos en páginas editoriales lo sabemos bien. El oficio de escribir opinión consiste, precisamente, en hacerse cargo de los problemas de otros: metabolizar injusticias, desigualdades, violencias y omisiones que no necesariamente vivimos en carne propia, pero que afectan a la comunidad a la que pertenecemos. El columnista es un intermediario entre la experiencia social y la conciencia pública; su tarea es convertir el dolor ajeno en reflexión, advertencia o exigencia. Es, en el sentido más literal, un ejercicio de empatía intelectual.
Lo mismo ocurre en la investigación científica y social. Quien estudia pobreza, salud pública, derechos humanos, violencia de género o desarrollo comunitario se adentra en realidades que no son las suyas, se expone a historias que no vivió y se compromete con causas que no lo benefician directamente. La ciencia social es, en su raíz, una forma disciplinada de sudar calenturas ajenas. Sin esa capacidad de involucrarse, no existirían la epidemiología, la sociología crítica, la economía del bienestar ni la política pública. La indiferencia no produce conocimiento; la empatía sí.
Llevada al extremo, la consigna de “no sudar calenturas ajenas” conduce a un absurdo antropológico: un individuo aislado, autosuficiente, impermeable a la experiencia del otro. Ese ser no existe. Nunca ha existido. La vida humana es interdependencia o no es. La justicia, la democracia, la solidaridad, la memoria colectiva y la convivencia misma dependen de que nos importen los demás, de que nos afecte su sufrimiento, de que nos indignen sus agravios.
Por eso, más que una recomendación prudente, la frase es un síntoma de época: la normalización del individualismo posesivo, la exaltación de la autosuficiencia como virtud y la erosión del tejido comunitario. En un país atravesado por desigualdades estructurales, violencias cotidianas y omisiones institucionales, promover la indiferencia como forma de vida no solo es éticamente pobre: es políticamente corrosivo.
Sudamos calenturas ajenas porque somos humanos. Porque la vida en sociedad exige responsabilidad mutua. Porque la dignidad no es un atributo individual, sino un reconocimiento recíproco. Y porque, al final, la única forma de transformar la realidad es permitir que la realidad del otro nos importe, nos mueva y nos comprometa.
La alternativa —la indiferencia absoluta— no es prudencia: es deshumanización.
