Opinión
25 Feb, 2026
Four in One, RUTF y Soleína: ¿terapia nutricional para bebés o para la humanidad?
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Armando Sepúlveda Sáenz

Durante cuarenta años hemos celebrado una de las grandes innovaciones humanitarias de nuestro tiempo: las raciones terapéuticas listas para usar (RUTF), diseñadas para rescatar de la desnutrición aguda severa a niños pequeños en contextos de guerra, sequía o colapso estatal. Pero si ampliamos el foco, aparece una pregunta incómoda: ¿por qué la terapia nutricional se reserva casi en exclusiva a los cuerpos pequeños y se niega, en la práctica, a los adolescentes, a los adultos y, sobre todo, a las mujeres gestantes?
La historia se puede contar desde Etiopía, años ochenta. En 1985, mientras las imágenes de la hambruna etíope sacudían conciencias en medio planeta, un grupo de voluntarios españoles se hizo una pregunta elemental: ¿qué podemos hacer nosotros, con lo que sabemos y con lo que tenemos? La respuesta fue un invento tan sencillo como radical: una galleta hipernutritiva, hiperenergética, capaz de resistir calor, humedad y almacenamiento prolongado. La bautizaron Four in One y la fabricó, contra la inercia de la industria, una empresa de Palencia, Galletas Gullón.
No había detrás un modelo de negocio, ni un portafolio de patentes. Lo que había era la intuición de que la ingeniería química, la farmacéutica y la tecnología de alimentos podían condensarse en una pieza comestible robusta, pensada para viajar miles de kilómetros y llegar, entera, a un cuerpo en estado de emergencia. Four in One fue, en muchos sentidos, el ensayo general de lo que después conoceríamos como RUTF: alimentos terapéuticos listos para usar, hoy estándar en la respuesta internacional contra la desnutrición infantil severa.
Las RUTF modernas —la más conocida es Plumpy Nut — están formuladas como una pasta densa de cacahuate, leche en polvo, azúcar, aceites vegetales y un complejo vitamínico-mineral ajustado con precisión. Su potencia no está solo en la fórmula, sino en el diseño completo del producto: actividad de agua muy baja, envases multicapa herméticos, estabilidad a temperaturas extremas, facilidad de distribución comunitaria sin necesidad de cadena de frío. Son, técnicamente, pequeñas unidades portátiles de terapia nutricional.
El problema no está ahí. El problema empieza cuando la arquitectura humanitaria decide que esta herramienta terapéutica, validada clínicamente, solo “merece” aplicarse a un segmento muy particular: los niños de seis meses a cinco años con diagnóstico de desnutrición aguda severa. Tan grave es el cuadro que la priorización se entiende. Lo cuestionable es que, alrededor de esa decisión técnica, se haya construido una especie de dogma implícito: la nutrición terapéutica es para bebés; el resto de la población tiene que arreglárselas como pueda.
Convertir el hambre en un problema exclusivamente pediátrico tiene consecuencias obscenas. La desnutrición de una mujer embarazada compromete, en un solo gesto biológico, su salud, la del feto y el futuro cognitivo y productivo de la siguiente generación. La desnutrición del adolescente limita su estatura, su fuerza laboral y su horizonte educativo. La del adulto campesino erosiona la base misma de la producción de alimentos. La del anciano se normaliza como fragilidad “natural” de la edad. En todos estos casos, la falta de calorías, proteínas y micronutrientes no es solo un problema de bienestar: es un deterioro clínico que aumenta morbilidad, mortalidad y dependencia.
Desde esa perspectiva, paliar el hambre de los adultos con intervenciones integrales —calorías, proteínas, vitaminas y otros elementos— no es caridad ni asistencialismo: es terapia. Es medicina social aplicada por vía alimentaria. No hay razón científica para que un alimento formulado y fortificado sea considerado “terapéutico” en un niño y meramente “ayuda” en un adulto. Si corregir la anemia, recuperar masa muscular, sostener un embarazo o mejorar la respuesta inmunológica no es un acto terapéutico, entonces hemos vaciado de contenido la palabra.
La pregunta de fondo es por qué el sistema internacional tolera esta fragmentación. Una parte de la respuesta es presupuestal: los recursos humanitarios son limitados y se prioriza donde la mortalidad es más alta y visible. Otra parte es política: “salvar niños” es un relato más vendible que “rehabilitar adultos desnutridos”. Y otra, más incómoda, es estructural: mantener con vida a los más pequeños, sin transformar las condiciones materiales de sus madres, padres y comunidades, es una forma de administrar el daño, no de cancelarlo.
Aquí es donde la memoria de Four in One y la aparición de innovaciones como Soleína pueden ayudarnos a reordenar el debate. Four in One fue un experimento humanitario que, con los recursos tecnológicos de su época, se atrevió a pensar un alimento hipernutritivo para contextos extremos. Soleína, por su parte, representa una ruptura tecnológica: una proteína que puede producirse a partir de microorganismos alimentados con electricidad, aire y nutrientes básicos, prescindiendo de la agricultura convencional. Una proteína “desanclada” de la tierra.
El hilo que las conecta no es solo tecnológico, sino político. La pregunta que deberían obligarnos a formular es esta: si ya podemos diseñar alimentos de alta densidad nutricional, estables, transportables, producidos incluso sin tierra cultivable, ¿vamos a seguir restringiendo su uso terapéutico a un tramo muy acotado de la vida? ¿O vamos a concebir, de una vez, una arquitectura de nutrición terapéutica a lo largo del ciclo completo: primera infancia, niñez, adolescencia, adultez, vejez con un énfasis explícito en mujeres gestantes y lactantes?
La verdadera innovación no es solo reformular galletas, pastas o proteínas de laboratorio. La verdadera innovación —la que marcaría un antes y un después— sería ética: reconocer que cualquier infraestructura alimentaria que salva bebés y abandona a sus madres, que recupera peso en un niño, pero ignora el cuerpo exhausto y famélico que lo carga, es una política de daño controlado. Y que la nutrición terapéutica, sea en forma de RUTF, de una Four in One renacida o de Soleína integrada a dietas locales, debe asumirse como un derecho humano a lo largo de toda la vida, no como una concesión excepcional a cuerpos pequeños en emergencia.