El viernes 12 de junio, hace cuatro semanas, en estas mismas páginas de El Diario escribía sobre el inicio del Mundial, con la participación de nuestro país y la inauguración en la Ciudad de México, una de las tres sedes del torneo, junto con Canadá y Estados Unidos.
Era 11 de junio y el país prácticamente se paralizó durante dos horas, cuando México derrotó 2-0 a Sudáfrica y nos hizo ilusionarnos a todos los aficionados al futbol, e incluso a muchos que no lo son, con avanzar, esta vez sí, a las instancias finales, lograr la mejor participación de nuestra historia y superar los cuartos de final, instancia alcanzada únicamente en los Mundiales de 1970 y 1986, cuando también fuimos anfitriones.
Ese día escribí: "Y a pesar de ser uno de los deportes en los que no nos hemos destacado a nivel mundial, donde cada cuatro años nos decepciona (y por lo cual, apenas termina el torneo, siempre escuchamos frases como 'Jugamos como nunca y perdimos como siempre', y la selección es llamada 'la decepción nacional')". Y sucedió una vez más.
El final de la participación de nuestro país ocurrió donde todo comenzó: en la Ciudad de México y en el Estadio Azteca, frente a una potencia de este deporte, Inglaterra, que nos derrotó por marcador de 3-2. Así terminó la algarabía y la esperanza nacional depositadas en nuestra selección, una ilusión que alcanzó a grandes y chicos, aficionados y no aficionados, reuniendo a amigos y familias, como sucede en cada Mundial.
También terminamos decepcionados, escuchando nuevamente las frases de siempre: "Jugamos como nunca y perdimos como siempre" y "Perdió otra vez la decepción nacional". Porque, inexplicablemente, a pesar de tratarse de un deporte en el que no somos potencia, el Mundial nos apasiona y nos une como país más que cualquier otro torneo.
Se repitió así la historia de cada cuatro años, quedando eliminados en octavos de final, como ha ocurrido en la mayoría de nuestras mejores participaciones, después de México 70 y México 86, donde alcanzamos los cuartos de final, instancia a la que no hemos podido regresar.
Sí, como cada cuatro años, la decepción y la tristeza fueron nacionales. Incluso diría que esta vez fueron mayores, por la expectativa que se creó después de ganar los cuatro primeros partidos sin recibir un solo gol, haciéndonos sentir, por momentos, una potencia mundial, hasta que el domingo 5 de julio Inglaterra nos devolvió a la realidad y nos recordó cuál es nuestro verdadero nivel.
Porque sí, la fe era lo único que sostenía la esperanza de que México avanzara a los cuartos de final cuando se confirmó el cruce con Inglaterra. Quizá, si hubiéramos enfrentado a otro rival en esa instancia y en la siguiente, como ocurrió con Argentina, habríamos llegado incluso a las semifinales. Pero no fue así. Mientras Argentina enfrentó a Egipto, ubicado en el lugar 24 del ranking mundial, México tuvo enfrente a Inglaterra, cuarto del mundo, mientras nuestra selección ocupa el sitio 14.
Como publiqué en mis redes sociales, la mejor manera de explicar por qué México no avanzó y por qué los rivales marcaron la diferencia es imaginar un torneo de futbol entre escuelas primarias, donde participan equipos de primero a sexto grado mezclados en los mismos grupos.
En ese escenario, los equipos de todos los grados quedan distribuidos en doce grupos de cuatro integrantes. México sería un equipo de cuarto grado. En la fase de grupos le tocaron rivales de tercero y cuarto, por lo que logró avanzar. Sin embargo, conforme avanza el torneo, comienzan a aparecer los equipos de quinto y sexto grado, que son los más fuertes.
En dieciseisavos de final México enfrentó a un equipo de cuarto grado y logró superarlo. Pero en octavos de final apareció un equipo de sexto grado, como Inglaterra, y ahí terminó el camino. Porque seguimos siendo un equipo de cuarto grado que ya puede competir de tú a tú con algunos de quinto, pero todavía no está en condiciones de derrotar con regularidad a los de mayor nivel.
Argentina, en cambio, tuvo la fortuna de enfrentar en octavos de final a uno de los pocos equipos de cuarto grado que llegaron hasta esa instancia y ahora disputará los cuartos de final frente a otro conjunto del mismo nivel, como Suiza. Si México hubiera tenido un camino similar, quizá hoy estaríamos hablando de la mejor participación de nuestra historia. Pero no ocurrió así y, una vez más, quedamos eliminados y decepcionados.
Por eso considero que no hay mucho que reprocharle a nuestra selección. En esta ocasión jugó de acuerdo con su nivel e incluso mostró momentos propios de selecciones de un escalón superior, como Francia, España, Inglaterra, Argentina, Brasil y Alemania —estos dos últimos eliminados sorpresivamente—, aunque todavía no nos alcanza para vencerlas de manera consistente.
Ahora toca esperar otros cuatro años y confiar en que, para entonces, México haya dado el siguiente paso, de modo que nuestras expectativas se sustenten no solo en la ilusión, sino también en el nivel futbolístico y en la realidad.
