En un café del Distrito Uno, en un concierto en la Plaza del Ángel, en un festival cultural, en el centro histórico o en un TikTok grabado desde un estacionamiento, escuchamos entre risas: “estoy cayendo en la locura”. Nadie piensa en un hospital psiquiátrico, nadie imagina un diagnóstico. Todos entienden otra cosa: romper las reglas.

Hoy “caer en la locura” significa, para una generación, recuperar la capacidad de pensar distinto.

Para Nietzsche la verdadera locura no era romper las reglas. La verdadera locura consistía en vivir exactamente igual que todos. El “espíritu libre” es quien deja de obedecer los valores heredados para crear los propios.

Michel Foucault explica que cada época decide quién está “loco” y quién no. Muchas veces el calificativo de “loco” se utiliza para controlar al diferente.

El que cuestiona, a quien le incomoda, los que que rompen la costumbre. En otras palabras: “La locura también puede ser una etiqueta social”.

Byung-Chul Han sostiene que hoy vivimos una sociedad que no necesita prohibir. Necesita que todos produzcan, que todos rindan, que sean eficientes.

Entonces…

¿Qué hace alguien que un miércoles decide desaparecer del celular?, ¿Qué hace quien rechaza la hiperproductividad? ¿Qué hace quien decide aburrirse? para muchos ya parece un locura.

Erich Fromm decía que una sociedad enferma puede considerar anormal a una persona sana.

Es una idea brutal. Tal vez no estamos cayendo en la locura o quizás estamos saliendo de una normalidad profundamente agotada.

No hablamos del trastorno mental, hablamos del placer de dejar de actuar para agradar, romper una rutina, tomar una carretera sin plan; renunciar a un empleo que consume, estudiar otra carrera, cerrar TikTok, dejar de pedir permiso.

Eso hoy también se llama “estar loco” y quizá por eso produce placer. Porque la libertad siempre incomoda.

Chihuahua ha construido históricamente una cultura del trabajo, de esfuerzo, del deber.

De levantarse temprano, “primero la obligación”, identidad que permitió construir empresas, universidades, industria y desarrollo.

Pero también dejó una herencia.

La culpa por descansar, de cambiar o de hacer algo solamente porque nos hace felices.

Por eso cuando un joven decide viajar, emprender contenido digital, hacerse tatuajes, vivir del arte, cambiar cinco veces de profesión o simplemente negarse a seguir el camino tradicional, todavía escucha frases como:

“Ya cayó en la locura.”

No siempre es crítica. Muchas veces es miedo.

Como dos formas distintas de entender la libertad.

Los adultos buscamos la

estabilidad como significado de supervivencia. Trabajo, casa, permanencia.

Los más jóvenes aseguran que la estabilidad ya no garantiza nada. Buscan experiencias, movilidad, autenticidad. Flexibilidad, porque sean irresponsables. Crecieron viendo que incluso haciendo todo “correcto” las certezas desaparecen.

La adolescencia es la etapa donde el cerebro desarrolla la capacidad de cuestionar normas.

Es el momento de hablar de identidad, aprendizaje social, pertenencia, de identidad.

Las redes sociales aceleran ese proceso. Antes uno era disruptivo frente a veinte personas. Hoy frente a veinte mil.

Por eso la sensación de “estar cayendo en la locura” también obtiene recompensas inmediatas.

Likes, comentarios, seguidores; “pertenencia”… dopamina.

La rudeza necesaria nos atrapa al hacernos conscientes de que toda metáfora necesita límites.

No toda ruptura es libertad.

Hay quien llama autenticidad a destruirse; rebeldía a la impulsividad.

Quizá la frase “estoy cayendo en la locura” nunca habló de perder la razón. Tal vez habla del instante en que dejamos de vivir únicamente para cumplir expectativas ajenas. La pregunta no es quién está loco. La pregunta es quién decidió qué significa estar cuerdo. Porque en una época donde todos corremos, producimos y repetimos el mismo guion, detenerse a pensar distinto puede parecer una locura. Y quizá esa sea la forma más sensata de recuperar la libertad.

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